‘Economía a lo Tarzán’: Si la música es gratuita, ¿qué ganan los artistas?

Durante la década pasada, la industria musical interpuso centenares de acciones judiciales contra los consumidores en un intento de impedir la descarga ilegal de contenido digital. Aunque una parte significativa de la industria haya evitado este tipo de estrategia, persiste la dificultad de encontrar un modelo de negocio para la música digital. Si no se puede impedir la descarga y el intercambio gratuito de archivos, ¿cómo van a sobrevivir los músicos, ingenieros de sonido y los ejecutivos de los estudios de grabación?

Jim Griffin, consultor del Warner Music Group, tiene un plan que puede solucionar ese problema.

En el reciente congreso Supernova, en San Francisco, Griffin — que habló en un panel titulado “¿Existe el negocio de medios?” — caracterizó el dilema de la industria musical como una especie de economía “a lo Tarzan”: “Nosotros nos agarramos a la liana que mantiene nuestros pies lejos del suelo de la selva. Al mismo tiempo, sin embargo, tomamos impulso para agarrar la próxima liana, porque queremos seguir siempre adelante. El truco consiste en adivinar cuando soltar la liana antigua y coger la nueva”. Griffin destaca que el problema es particularmente doloroso para aquellos cuya “liana antigua” continúa siendo rentable y tienen la responsabilidad “de insistir en esa fuente de ingresos”.

Griffin, sin embargo, está buscando la nueva “liana”. Para eso, está trabajando en asociación con la industria de la música con el objetivo de explorar nuevos modelos de ingresos para el mundo digital. A partir de este año, en un convenio con diversas universidades, él probará modelos que permitan a los estudiantes bajar y compartir música y, al mismo tiempo, remunerar a los artistas que las crearon.

El proyecto, bautizado como “Choruss”, lo inició Warner Music Group, y tiene como meta convertirse en un consorcio que reunirá artistas y estudios de toda la industria con el objetivo de desarrollar un sistema de remuneración “colectiva”, es decir, un medio de generar ingresos que tome en cuenta la situación actual y permita el reparto fácil y gratuito de archivos musicales online.

Knowledge@Wharton habló con Griffin inmediatamente después de su presentación en el panel en busca de más información sobre Choruss y para saber de qué manera él pretende cambiar la forma en que la música es distribuida generando ingresos.

Knowledge@Wharton: ¿Cuál es el papel de Warner Music Group, y qué tiene que ver con Choruss?

Jim Griffin: Warner es dueña de Choruss, fue su incubadora. Choruss está convirtiéndose en una empresa independiente, aunque Warner todavía está involucrada. Edgar Bronfman, consejero delegado de Warner Music Group, pensó que sería una actitud inteligente desviar la atención del producto al servicio, y pensó: “Warner será la incubadora de esa idea. Pueden comenzar con nuestro contenido y, después, buscar otros”.

Estamos asistiendo a una transición del producto al servicio. Se trata de un servicio que requiere una retrospectiva de lo que ocurrió en el pasado en el sector de la música. De cierta manera, es algo anterior a él. Comenzó en 1847, en París, en el restaurante Les Ambassadeurs, en los Champs-Élysées. Un compositor famoso, Earnest Bourget, fue a cenar y escuchó cómo la orquesta estaba tocando su música. Salió sin pagar la comida, diciendo: “No están pagándome por la música que compuse, ¿por qué debería pagarles por la comida que me sirvieron?”

Bourget llevó el caso a la justicia y esto fue lo que le dijo el juez: “Usted tendrá que pagar por la comida, pero ellos también tendrán que pagarle por la música. Creo, sin embargo, que va a necesitar mucha suerte. ¿Qué pretende? ¿Que todo restaurante y todos los lugares que quieran tocar su música entren en contacto con usted? ¿Cómo espera que le paguen en ese nuevo mundo?”.

En la misma época y local, Victor Hugo y Henri de Balzac consiguieron la aprobación de una ley por la cual la lectura pública de sus libros en voz alta sólo podría hacerse mediante pago a los autores. Su preocupación era la misma: cómo pagar al autor de una obra en un mundo en que su distribución es ilimitada, ya sea en un restaurante, en un hotel o en cualquiera otro lugar. Formaron, entonces, la primera asociación de músicos y compositores, que fue conocida como SACEM [Société des auteurs, compositeurs et éditeurs de musique].

El concepto pasó de Francia a Canadá, ganó terreno en los territorios de lengua francesa y llegó a EEUU con la creación de la ASCAP [American Society of Composers, Authors and Publishers], BMI [Broadcast Music, Inc.] y SESAC [originalmente, Society of European Stage Authors and Composers, aunque el énfasis actual de la institución sea más amplia]. Ese es el concepto de la remuneración “colectiva” o licenciamento “colectivo”. Su papel ha sido fundamental para la remuneración de músicos desde hace más de cien años.

Knowledge@Wharton: ¿Pero cómo llegamos a la situación en que nos encontramos actualmente? ¿Por qué no conseguimos encontrar una solución para el problema?

Griffin: Gracioso, ¿no? Se debe a que lo que estaba en cuestión era un producto, la música, que podía ser transferida hacia un pedazo de plástico o vinilo. El servicio promovía el producto, y todos estaban satisfechos.

Ahora, estamos comenzando a darnos cuenta de que la música —el producto— existe sólo durante una fracción de segundo en el tiempo. Esa ya no es la forma principal de obtenerla. Pero así la transformamos en dinero durante un buen tiempo.

Volvemos ahora a la idea de que música es servicio, y no necesariamente un producto. Su valor financiero puede ser medido por la cantidad y calidad de personas que atrae. Eso nos lleva de vuelta al siguiente cuestionamiento: ¿cómo es posible entonces, de forma colectiva, transformar música en dinero?

Knowledge@Wharton: ¿Qué solución va a proporcionar Choruss a esto que cuenta?

Griffin: Choruss es la materialización de la idea de una sociedad colectiva de remuneración bastante parecida a la primera de ellas, SASEM. La percepción del producto por parte del consumidor nunca ha sido tan fuerte. No se trata de una situación superada que pueda ignorarse. La música está presente en casi todos los lugares dónde vamos. Continúa teniendo un valor enorme para mantener a las personas por más tiempo en el restaurante solicitando más bebidas y platos diversos; ella reúne a las personas en las recepciones de los hoteles y las atrae hacia los canales del cable y webs de Internet.

La música es más importante que nunca. La percepción que las personas tienen de ella nunca ha sido mayor. Sin embargo, su cuota de mercado nunca ha sido tan pequeña. Eso es consecuencia de una transición que llamo de economía a lo Tarzan, que es lo que nos hace aferrarnos a un producto sabiendo que es en el servicio donde está, de hecho, su valor. ¿De qué manera es posible percibir el valor del servicio donde hay, por su propia naturaleza, un fenómeno de agregación en marcha?

Knowledge@Wharton: Usted mencionó BMI y ASCAP, que son organizaciones que manejan los royalties de los derechos de publicación de música de los autores.

Griffin: Sí, ASCAP, BMI y SESAC se responsabilizan sólo del cobro de los derechos de la música interpretada, y no de su grabación

Knowledge@Wharton: ¿Choruss sería un intento de suministrar un modelo semejante para la música grabada?

Griffin: Sí, desde luego. Debemos entenderlo como un intento de aprendizaje de los estudios de grabación en el sentido de actuar de modo más parecido a los editores musicales. De esa forma, será posible percibir que el valor financiero tal vez no esté cien por cien representado por la operación de fabricación que controla la cantidad y el destino de la música, sino por el valor económico que la música confiere a cualquier actividad. Es para dejar perplejo a cualquiera el hecho de que hoy en día, cuando oímos una canción en la radio, en la recepción de un hotel o en un restaurante de EEUU, el compositor cobra por su creación, pero el dueño de la grabación no cobra por el archivo que generó. Pero, sin ese sonido, no se puede pagar al compositor.

Knowledge@Wharton: Los ejemplos que ha escogido —de la música en la recepción de un hotel o de un restaurante— son fáciles de entender. La gran preocupación es con la música bajada en Limewire o Torrent. ¿Espera solucionar también esa situación con su modelo?

Griffin: Sí, ése es precisamente nuestro objetivo: desarrollar, durante un cierto tiempo, un modelo bien afinado y aplicarlo también a productos en Internet.

Knowledge@Wharton: ¿Cómo será esto? ¿Podría ser más concreto?

Griffin: Claro. En realidad, estamos trabajando actualmente en experiencias de ese tipo. Hay media docena de escuelas realizando experiencias relacionadas con Choruss que buscan revelar hasta qué punto ese modelo puede ser extendido a la descarga de música.

Se están probando diferentes estrategias. Pero vamos a limitarnos a lo más común de ellas —la descarga compartida— porque sabemos que los fans de música adoran compartirla. Cogemos entonces el reparto de música de punto a punto [peer-to-peer] y fijamos una tarifa fija de acceso ilimitado. A continuación, cogemos esas tarifas fijas y las reunimos en diferentes paquetes. Dividimos entonces los paquetes según parámetros derivados de la utilización que tienen en la Web. Esos parámetros pueden ser, por ejemplo, la frecuencia con que una canción es adquirida y la frecuencia con que se ejecuta. Nadie lo sabe. Eso es arte, y no ciencia.

Knowledge@Wharton: ¿Cómo sabrá con qué frecuencia se pone una canción?

Griffin: Analizando, por ejemplo, la muestra típica de un grupo. O pidiéndole permiso para monitorizarlo durante un cierto tiempo —como hacen Nielsen o Arbitron— de la misma forma que se hace en la radio y en la televisión. Aunque no sea un parámetro perfecto, funciona. Es lo bastante bueno para el segmento comercial. Tenemos un ambiente publicitario bastante sólido que responde a aquello que las personas dicen que ven u oyen. Es muy bueno. Usamos esa misma estrategia para la descarga de música en algunas de nuestros experimentos.

Knowledge@Wharton: ¿Los experimentos que se están llevando a cabo en las universidades sólo incluyen contenido de Warner?

Griffin: No. Pedimos a todos los artistas que participaran. Los otros estudios de grabación están participando, así como editores y compositores.

El objetivo es probar la idea de que es posible pagar por la música ofrecida como servicio, y que los ingresos obtenidos pueden ser canalizados a un fondo común y divididos de la misma forma en que se hace en la televisión por cable, por ejemplo.

Knowledge@Wharton: La estrategia, según lo que todo indica, funciona bien en una universidad en la que, al igual que en la televisión por cable, existe algún control sobre la red de distribución. Sin embargo, en el caso de redes globales de punto a punto, no es posible controlar el punto de distribución.

Griffin: Eso no es necesario. El modelo no requiere ningún tipo de control. Basta el pago de una tarifa y la utilización de parámetros para que el proceso continúe incentivando la creación de contenido.

Knowledge@Wharton: ¿Cómo se hace el pago de la tarifa? ¿Quién paga?

Griffin: Depende de una decisión voluntaria del individuo. Él se pregunta: ¿quiero participar en ese sistema? Al aceptar, recibe una cuenta y una contraseña para negociar tantas canciones como quiera sabiendo que se trata de una actividad legítima por la cual pagó, y que toda tarifa recogida será depositada en la cuenta de los que poseen derechos de contenido.

Knowledge@Wharton: ¿Sería optativo?

Griffin: Claro. Funciona como la televisión por cable. La persona decide. ¿Se quiere suscribir a HBO? Si quisiera, lo mismo sucede, es decir, su dinero va hacia un fondo que se usa para el pago de los derechos

Knowledge@Wharton: Sí, en el caso de la descarga de música, hay una cultura muy arraigada de compartir música de manera gratuita.

Griffin: Evidente, porque no hay una alternativa legítima. En otras palabras, la cuestión es la siguiente: ¿será posible reprimir el impulso que lleva a la piratería ignorando al mismo tiempo el mecanismo que la pone en funcionamiento?

Tradicionalmente, la forma de lidiar con la piratería ha consistido en atacar su mecanismo. Aquí, se parte del principio de que la tecnología no sólo ha hecho que el pago de la música bajada sea voluntario, sino que ese pago cada vez es más voluntario todos los años. Si consiguiéramos lidiar con eso —o sea, con la idea de que el pago voluntario es una cuestión técnica—, habrá que hacerse la siguiente pregunta: ¿de qué forma debemos lidiar con el impulso que lleva a la piratería?

Creo que la respuesta, en este caso, es de carácter empresarial. No está en la ley ni en la tecnología. En general, nuestra respuesta siempre ha sido esto último y la experiencia ha demostrado que esta respuesta peca por su ineficacia y complejidad.

La cuestión es: ¿es posible hacer un negocio de manera que el usuario final se sienta atraído a pagar por ese servicio? ¿Estamos en condiciones de ofrecerle un servicio mejor que el que ofrece la piratería? ¿Un servicio más rápido? ¿Los archivos pueden ser de mejor calidad? ¿Qué precio estaría dispuesto a pagar? Estamos experimentando para dar respuesta a esta última pregunta.

Knowledge@Wharton: ¿El sistema de pago es parte del experimento que está llevando a cabo?

Griffin: Sí absolutamente. Hay que pagar.

Knowledge@Wharton: ¿Quién paga: la Universidad o el estudiante de forma individual?

Griffin: El individuo tiene que pagar. No sería posible aprender mucho en este tipo de experiencia si otra persona pagara por su música. Todos querrían eso, ¿no es así? No sería una buena prueba.

Knowledge@Wharton: No ha identificado las universidades que están participando, ¿es correcto?

Griffin: Efectivamente. Ellas nos han pedido privacidad. No se lo exigimos, fue una decisión propia. Como hay alumnos involucrados, y como son ellos los encargados de gestionar la experiencia, las escuelas nos pidieron que no reveláramos sus nombres. Pero si quisieran hacerlo público, no hay ningún problema […] Las universidades están montando sus programas. Lleva tiempo.

Les dimos la autonomía necesaria para que buscaran una solución en el ámbito de la concesión de una licencia colectiva, porque eso es algo que pueden hacer solamente cuando la licencia está a cargo de otra persona, ya que es difícil para ellos reunirse para licenciar una canción.

Knowledge@Wharton: En este momento, ¿no sabe cosas como el porcentaje de estudiantes que están optando por la idea?

Griffin: Aún no. Los programas aún no han comenzado [hasta la fecha de esta entrevista]. Yo dije públicamente, y sostengo mi palabra, que decenas de miles de estudiantes manifestaron el deseo de pagar, porque su escuela ha venido con la siguiente propuesta: “Mire, queremos pagar en nombre de todos los alumnos”, a lo que respondemos: “No pueden pagar en su nombre, pero pueden coger el dinero de cada uno de ellos. En cuanto a eso, no hay problema”. Después, volvieron a contactar con nosotros con la siguiente oferta: “Estamos dispuestos a pagar para que todos los alumnos del campus tengan acceso a las canciones que deseen”. Es importante resaltar en esa discusión que los alumnos están dispuestos a pagar y que hay grupos de estudiantes buscándonos con la siguiente propuesta: “Queremos pagar de forma colectiva”.

Knowledge@Wharton: Ya que ha sacado a relucir las críticas, ¿recibe algunas?

Griffin: Claro. Creo que es importante. Hay muchos críticos. Pero no critican lo que estamos haciendo, porque no saben de qué se trata. Por eso están furiosos.

Knowledge@Wharton: De hecho, una de las críticas es que trabaja en secreto y evade hacer referencia a aspectos específicos diciendo, “se trata sólo de un experimento”.

Griffin: Lo que sucede es que estamos lidiando con escuelas. La decisión no fue nuestra. Ellas nos llamaron y dijeron: “Si pretenden trabajar con nosotros, tendrán que respetar la privacidad académica”.

Knowledge@Wharton: Cuando el experimento esté en marcha, ¿pretende hablar sobre los resultados generales y qué modelos de ingresos parecen funcionar?

Griffin: Desde luego. La decisión es de las escuelas, porque los resultados les pertenecen.

Knowledge@Wharton: Algunos críticos dicen que propone un “impuesto” a la descarga de música.

Griffin: Eso es ridículo. Ellos están diciendo esas cosas porque cuando empezamos a hablar de Choruss, la revista Wired dijo que era un impuesto. Asumieron que obligaríamos a todos a pagar. Cada vez que discutimos sobre licencias colectivas, siempre aparece alguien creyendo que vamos a exigirlo.

Existe una diferencia enorme entre pedir a los artistas que se involucren en el proceso y exigir a las personas que paguen. No estamos hablando de licencias obligatorias, se trata de algo voluntario por parte de los detentores de los derechos y del alumno.

Sin embargo, basta tocar la cuestión de licencias obligatorias para que se piense que, de algún modo, el detentor de los derechos, el músico o el individuo están obligados a pagar. No es verdad, por lo menos en nuestro caso. No exigimos a los alumnos ningún pago. Tampoco obligamos a los artistas a que participen.

Algunos países recurren al licenciamiento obligatorio. Hay también licencias así en EEUU —por ejemplo, para los webcasters. Ningún artista puede impedir que su música sea utilizada por un webcaster. No son ellos los que deciden. Un decreto del Gobierno dice que toda música lanzada comercialmente podrá ser usada por los webcasters. Se trata de una licencia obligatoria, que no exige que el webcaster pague por ella. Ellos mismos elaboran sus acuerdos de licencia. Los individuos tampoco están obligados a pagar a los webcasters. Pero los artistas están obligados a permitir que su música sea usada de esa forma.

Es muy fácil percibir de qué forma el debate pierde el enfoque cuando alguien dice: “Si la licencia es obligatoria, habrá que pagar”. Eso no va a suceder, pero yo comprendo el equívoco.

¿Cómo puede ser impuesto si es el individuo es el que decide si va a pagar y el artista el que decide si va a participar? ¿Eso no puede ser impuesto, cierto? Pero al ponerse en el titular, las personas van a leer el artículo. Si usted dijera “impuesto sobre música”, el número de resultados que van a llevar a su artículo sería mayor que si usted dijera que está reflexionando profundamente sobre una forma de pago por la música que desea.

Knowledge@Wharton: Si todo va bien con sus experimentos, describa la situación dentro de cinco o diez años.

Griffin: Ya tenemos buenos resultados. No se trata sólo de una prueba que pretende analizar de qué forma el mercado percibe la música. Es también una prueba en que se trata de comprender de qué manera los detentores de derechos van a unirse para hacer esa experiencia posible. Ese trabajo entre bastidores está desenrollándose desde hace años, y hemos aprendido mucho sobre él.

Voy a darle un ejemplo de las cosas que hemos aprendido. Cuando empezamos las pruebas, pensábamos en licencias para uso en locales específicos. Serían licencias de ASCAP, BMI y SESAC, o de una estación de radio. Esas asociaciones están diciendo, por ejemplo, a un restaurante o a una estación de radio: “Pueden usar nuestra colección de canciones”. Entonces pensamos que podíamos ir hasta una institución y hacer la siguiente propuesta respecto a su red de ordenadores —como en un pub o en una estación de radio: “Usted podrá usar en su red las siguientes colecciones de música, de la forma que quiera, en beneficio de sus usuarios”.

Comenzamos a conversar con los alumnos. Ellos dijeron: “No quiero que mi servicio de música se interrumpa en los límites de mi red”. Constatamos que un 80% de los estudiantes vive fuera del campus. Ellos tienen empleos fuera del campus y van a casa los fines de semana. Por eso no quieren que su servicio de música se limite a su red. El servicio tiene que ir más allá de esos límites.

Cambiamos inmediatamente nuestra manera de pensar. Aprendemos rápido que el objetivo no debe ser la generación de ingresos con las redes. Éstas pueden ser el lugar donde las actividades suceden, pero no son la solución para transformarlas en ingresos.

Ese es un ejemplo del aprendizaje que nos llevó a la conclusión de que no podíamos generar ingresos con las redes. Teníamos que crear un servicio que generara ingresos. Ese servicio iría más allá de las redes.

Otro ejemplo: algunos detentores de derechos fueron bastante francos con nosotros. A su entender, en el futuro, los ingresos generados por la música deberían ser establecidos por el número de ejecuciones. Ellos no llegaron hasta nosotros movidos por una certeza moral. Lo que nos dijeron fue lo siguiente: “Nos gustaría que probaran nuevos parámetros para la asignación del dinero reunido”. En el mundo del comercio, por ejemplo, usted y yo compramos dos discos. Uno de ellos, lo oímos mucho. El otro, ni lo ponemos, porque no nos gusta. A esos artistas se les paga igual. Tal vez en un futuro mundo digital, el artista cuyo disco se ha puesto más tal vez gane más dinero. Tal vez. Eso es parte de lo que aprendimos. ¿Cómo se calcula eso? ¿Cómo sabe cuál es la canción más tocada?

Knowledge@Wharton: ¿De qué manera sabe el número de veces que una canción se pone de manera que no sea algo intrusivo para el usuario?

Griffin: Creo que la mayor parte de las personas no se siente invadida por Arbitron o por Nielsen, por ejemplo. Algunas, sí. Pero creo que cuando ellas cogen el formulario que viene con la correspondencia, además del dinero que reciben, las personas quieren realmente entender qué pasa. Aunque esas estadísticas presentan equivocaciones —algo inherente a ellas— son lo bastante buenas para el comercio. Tenemos una industria que recompensa más a algunas empresas, algunos disc jockeys, anunciantes, redes, porque tienen una calidad o cantidad mejor de público. Por eso, usamos mucho esas medidas imperfectas.

Knowledge@Wharton: Así que alguno de sus modelos están teniendo en cuenta el pago de una cantidad a los artistas.

Griffin: Sí.

Knowledge@Wharton: ¿Está pensando en el pago de una tarifa fija por parte del consumidor, aunque descargue una canción o miles al mes?

Griffin: Estamos pensando en las dos cosas. Puede ser que, en algunos casos, el consumidor prefiera comprar canciones de un segmento específico, en vez de comprar de todo. Alguien podrá decir, por ejemplo: “Jim, soy fan del jazz. No quiero pagar por la descarga de polca”. Puede ser que ese consumidor se sienta más atraído por una tarifa fija que cubra sólo un segmento o un único género. No nos oponemos a eso. Queremos simplemente aprender lo que el consumidor desea.

Knowledge@Wharton: ¿Qué incentivo tendrá el usuario —en este caso, el estudiante— para decidirse por el programa, excepto por la idea de que está haciendo lo correcto?

Griffin: Este será siempre uno de ellos, además de un servicio mejor.

Knowledge@Wharton: ¿Usted propone también librarlos de la amenaza de litigio?

Griffin: Para nosotros, ese es un asunto que nada tiene que ver con el programa. En realidad, espero que así sea, porque no creo que todavía se estén procesando a las personas. No creo, además de eso, que ese tipo de cosas esté ocurriendo en los campus de las universidades como en el pasado. No sé, porque no estoy involucrado con esa parte. Nunca lo estuve. Algunas personas dicen: “Bien, es el quid pro quo de eso”, pero no es exacto. Ya estábamos involucrados en nuestras actividades antes de que alguien decidiera hacer algo al respeto.

Está claro que tenemos que trabajar con ese telón de fondo, que no nos interesa, porque estamos enfocados en aquello que puede convencer a las personas a que compren, y no en lo que las impulsa a hacerlo.

Nuestra preocupación consiste en saber de qué modo podemos mejorar el servicio. Tenemos un problema difícil que consiste en que aquellos que ofrecen todo tipo de canciones pueden hacerlo porque no pagan por ningún tipo de música. En otras palabras, la piratería es uno de los factores con que tenemos que competir.

Competimos por el tiempo de las personas y por su renta limitada. No creemos que estemos compitiendo con piratas, aunque ellos también sean parte de la competencia. La competencia consiste, en gran medida, en el hecho de que hay otras cosas en las que usted puede gastar su dinero y las otras formas que tiene el usuario para gastar su tiempo que no sea la música. Aunque la música sea, en parte, una forma de consumir su tiempo, hay música en vídeos, juegos y películas. Cuando yo era niño, no había móvil, por eso no tenía ese tipo de gasto. No gastaba dinero con servicios de red ni con juegos electrónicos. ¿Cómo podemos competir por aquella cuota que teníamos? ¿Cómo conseguir su atención y hacer que usted gaste el poco tiempo de que dispone oyendo música y pagando por ella? Está claro que no podemos olvidarnos de la piratería.

Por lo tanto, nosotros debemos encarar la cuestión bajo un enfoque holístico, lo que nos lleva a la siguiente pregunta: “¿Cómo podemos hacer de esta experiencia una experiencia mejor?” Paso mucho tiempo en redes piratas porque estoy realmente interesado en lo que las personas hacen y en lo que ellas usan, y llegué a la conclusión de que mi experiencia no es satisfactoria.

Knowledge@Wharton: ¿Sabe el RIAA acerca de esto? [Risas]

Griffin: ¡Claro que sí! Y a su favor digo que están aprendiendo a controlar eso también.

Las redes de punto a punto sacan ventaja en la distribución de la música, porque llega más deprisa de esa forma. Puede ser que sea la persona de su dormitorio, o la del piso de abajo, la que tenga la música que está buscando. Ella llegará más deprisa a usted si lo hace junto con ese individuo que si usted la recibiera de un servidor centralizado. El usuario tiene prisa, y quiere eficiencia.

Knowledge@Wharton: ¿Que oportunidades cree que hay de que todas esas piezas encajen hasta el punto de que lleguemos a una situación en que los artistas obtengan la parte de pago que les deben y el usuario pueda descargar cualquier canción que desee pagando una tarifa modesta por ella?

Griffin: Creo que se trata de algo inevitable. La cuestión es cuándo. Hoy tenemos éxito en la radio, en la televisión, en los pubs. Ellos pueden tocar la música que quieren, y no son considerados piratas ni ladrones.

Se trata de un cambio para los detentores de derechos pensar de esa nueva forma. Sin embargo, para el usuario, el cambio ya ha ocurrido. Él ya tiene acceso a toda la música que desea. Él ya se ha habituado a eso con gran facilidad. Creo, por lo tanto, que está dispuesto a pagar, pero no le ofrecemos, de momento, un modelo que él considere atractivo. Nadie jamás le ha ofrecido descargas ilimitadas, un modelo de acceso ilimitado con tarifa fija y sin DRM, sin ningún tipo de control. Jamás le ofrecieron aquello que más le gustaría tener.

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"‘Economía a lo Tarzán’: Si la música es gratuita, ¿qué ganan los artistas?." Universia Knowledge@Wharton. The Wharton School, University of Pennsylvania, [07 abril, 2010]. Web. [26 June, 2017] <http://www.knowledgeatwharton.com.es/article/economia-a-lo-tarzan-si-la-musica-es-gratuita-que-ganan-los-artistas/>

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"‘Economía a lo Tarzán’: Si la música es gratuita, ¿qué ganan los artistas?" Universia Knowledge@Wharton, [abril 07, 2010].
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