¿Está Panamá creciendo demasiado deprisa?

¿Podría Panamá convertirse en el primer país latinoamericano en nivel de desarrollo? Las posibilidades podrían parecer remotas a todos aquellos que recuerdan a Panamá como la última “república bananera”, un istmo serpenteante conocido por su canal, una cabeza militar llamada Manuel Noriega y no mucho más. Pero, hoy en día, el país cuenta con una creciente lista de proyectos cuyo objetivo es demostrar que las cosas han cambiado. Se ha convertido en el centro neurálgico de muchas oficinas centrales corporativas, el lugar donde se encuentra el edificio más alto de Latinoamérica, la ciudad con el primer metro de Centroamérica y el hogar de uno de los mayores proyectos de ingeniería jamás acometidos.

Luego está la vieja base militar estadounidense Howard, una franja de tierra estratégicamente situada entre el Canal de Panamá y el Océano Pacífico a lo largo del Puente de las Américas en la ciudad de Panamá. Durante las décadas en que Estados Unidos controló el canal pocos sitios fueron tan importantes en Latinoamérica para los militares estadounidenses. Era un hervidero de actividad desde donde los americanos planeaban las misiones antidroga, humanitarias o militares para todo el hemisferio. Para los panameños la base militar era uno de los muchos recordatorios de la influencia estadounidenses en su país. En 1999, cuando Estados Unidos devolvía el control del canal al gobierno panameño y retiraba sus militares, la base desaparecía del mapa: docenas de barracas de teja roja vacías. La base militar, al igual que el país en el que se asentaba, se enfrentaba a un futuro incierto.

“Esos fueron tiempos difíciles” recuerda José Rivera, que estuvo a punto de tener que cerrar su pequeña empresa de construcción en los años posteriores. “Después de que los americanos se marchasen, hubo una gran incertidumbre. Había mucha gente muy pesimista. Mucha gente fue despedida”. El desempleo alcanzó el 12%. La deuda extranjera era muy elevada. Panamá estaba por detrás del resto de países latinoamericanos en prácticamente todos los indicadores sociales, desde mortalidad infantil al acceso a la educación. Incluso el pregonado Canal de Panamá estaba en declive debido a la creciente presencia de megabarcos, demasiado grandes para el canal, navegando por los océanos.

Situación actual. La base rebosa actividad. Las cuadrillas de obreros se afanan en construir edificios de oficinas, almacenes, pisos y locales comerciales, los primeros edificios de lo que se convertirá en la una ciudad de 1.500 hectáreas. “No existe un proyecto similar a este en toda Latinoamérica”, dice Juan MacKay, representante de London&Regional Properties, una constructora con sede en el Reino Unido: “Cuando esto era una base militar aérea, ni siquiera se permitía la entrada a los panameños. Ahora es parte del futuro económico del país”.

Oficinas y almacenes están sustituyendo a las monótonas barracas con empresas como Dell Computer, 3M Company y Caterpillar atraídas por los incentivos fiscales, incluyendo exenciones de diversas obligaciones, y beneficios legales, aduaneros, laborales y de inmigración dentro de la Área Económica Especial designada.

Toda esa actividad habla por sí misma de las transformaciones experimentadas en el país. En 2009 el empresario Ricardo Martinelli fue elegido presidente con la promesa de convertir el minúsculo país centroamericano en una potencia económica. “Lo más importante es promover Panamá como el único país del mundo gestionado por empresarios, no por políticos”, declaraba el pasado año. Panamá es “un país donde hemos hecho avances significativos para formar parte del primer mundo”.

Como los negocios

Incluso los más escépticos admiten que al menos el gobierno está invirtiendo dinero en aquello que prometió. Según declaraciones del Ministro de Economía y Finanzas, para 2014 el país habrá invertido unos 19.000 millones de dólares en proyectos públicos, incluyendo la ampliación del Canal de Panamá. Se presta especial atención a aquellas áreas en las que el gobierno cree que el país tiene grandes ventajas, a saber, la logística, el turismo, la agricultura, la banca, la externalización de servicios, los servicios marítimos, los servicios sanitarios, las oficinas centrales corporativas y las refinerías de petróleo. Estas nueve áreas representan el 55% del PIB del país, que asciende a unos 27.000 millones de dólares. Gracias a las inversiones públicas en dichos sectores el ministro predice que la economía crecería entre el 6 y el 9% anual y “para el 2020 se habrán creado 860.000 puestos de trabajo nuevos o mejores”. La economía ha estado creciendo al 6% anual desde 2005 a excepción del pasado año, que creció 2,4%. Para 2011 se espera un crecimiento del 7,5%.

“Es extraordinario lo que han hecho y lo que están intentando hacer. Están construyendo pirámides”, dice Michael Conniff, director del Centro de Silicon Valley para la Innovación Global y la Inmigración en la Universidad Estatal de San José en California. En su opinión, parte del éxito del país desde 1999 se debe a la gestión del Canal de Panamá. “Desde el principio decidieron gestionarlo como un negocio”, afirma.

Eso implicó crear una autoridad autónoma a salvo de la política para controlar la vía fluvial. Según informaba la Autoridad del Canal de Panamá en su informe anual, el pasado año las tarifas abonadas por los barcos que pasaron por el canal contribuyeron con 1.500 millones de dólares a las arcas del país. Durante los 74 años en que el canal estuvo en manos estadounidenses en total Panamá recibió 1.900 millones.

La autoridad está gastando unos 5.200 millones a la construcción de nuevas esclusas para que los megabarcos puedan atravesar la vía fluvial. Las esclusas actuales, de 33 metros de ancho 315 metros de largo, son demasiado pequeñas para los megabarcos actuales. Denominados barcos “post-Panamax”(construidos con dimensiones que sobrepasan el tamaño de las esclusas), son más baratos de operar, de ahí su popularidad entre las navieras.

A un tiro de piedra de la esclusa de Miraflores, cerca de la capital, cuadrillas de obreros suben y bajan y excavan las entrañas de la tierra. Cientos de camiones se alinean para llevarse la tierra mientras miles de trabajadores, desde operadores de grúa a ingenieros, trabajan duro bajo el abrasador sol panameño.

Tienen fecha límite. Las nuevas esclusas deben inaugurarse en 2014. Cuando lo consigan el canal podrá transportar el doble de mercancías, esto es, cerca del 6% de los bienes del mundo. El país está pagando esta ampliación incrementando las tarifas y endeudándose duramente. Algunos de sus prestamistas son el Banco de Cooperación Internacional (800 millones de dólares), el Banco Europeo de Inversión (500 millones de dólares), el Banco de Desarrollo Inter Americano (400 millones de dólares), la Corporación Andina para el Desarrollo (300 millones de dólares) y la Corporación Financiera Internacional (300 millones de dólares). No obstante, no es el gobierno el que garantiza esos préstamos; es el propio canal el que está pagando su ampliación dado que los ingresos adicionales podrán cubrir de sobra los costes, dicen burócratas gubernamentales. Para 2025 el canal debería haber ingresado unos 30.600 millones de dólares.

Steven Ropp, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Wyoming, dice que la ampliación es más que simplemente una inteligente decisión empresarial. Es un pilar fundamental de la economía que repercute en otros sectores. “El país está volviendo a los fundamentos. Está concediendo prioridad a su ventaja estratégica”, explica. “Y su mayor ventaja es el canal”.

¿Por qué tanta prisa?

Es cierto que el canal es fundamental para el futuro del país, y en el plan de Martinelli es únicamente otro de los muchos motores económicos. El primer paso es tener infraestructura para dar acomodo al plan. El plan estratégico quinquenal (13.500 millones de dólares) del Ministro de Economía propone gastar 4.300 millones de dólares para modernizar el sistema de transportes del país. Se está construyendo un nuevo sistema de autopistas y puentes, ampliando aeropuertos; y se ha empezado a excavar lo que será la primera línea de metro de Centroamérica, una conexión de 13,7 kilómetros norte-sur en la ciudad de Panamá cuyo coste se estima 1.800 millones de dólares. Otros 2.300 millones de dólares se gastarán en mejorar la educación, 1.700 millones más en centros sanitarios, 618 millones de agricultura y más de 400 millones de dólares en proyectos turísticos.

¿Podría acusarse al plan de ser demasiado ambicioso? “No comprendo por qué tanta prisa”, dice Ropp. “Está entrando dinero, el canal se está construyendo…. ¿Por qué hacerlo todo ahora mismo?”

No obstante, son muchos los factores que juegan a favor del plan. Por ejemplo, el ratio deuda-PIB del país ha caído significativamente en los últimos años, del 66,2% en 2005 al 45% actual. Recientemente las agencias de calificación concedían el estatus de inversión a la deuda extranjera del país, la primera vez que esto ocurre desde que el país recuperaba el control del canal. “Financieramente el país parece muy sólido. Parte se debe a los ingresos que proporciona el Canal de Panamá”, dice Brendan Wolters, de Solace Group, una consultora local, un banquero que ayuda a las entidades extranjeras a instalarse en Panamá. “Se tiene la sensación de que Martinelli quiere conseguir hacer todo antes del final de este mandato, para 2014”, ya que la Constitución no permite que se presente de nuevo.

Efectivamente, los riesgos de Panamá son más políticos que fiscales. En una región marcada por bruscos cambios políticos, Panamá ha mantenido un “entorno políticamente bastante estable en las últimas décadas”, dice Ropp. “Esto ha sido sin lugar a dudas un elemento clave en la transición del país”.

Teniendo en cuenta toda esta actividad, el mayor reto al que se enfrenta el país podría ser la demanda y oferta de trabajo. La tasa de desempleo que tantos quebraderos de cabeza dió a los panameños con el cambio de siglo se sitúa ahora en 4% según anunciaba en mayo el Ministro de Economía. La caída del desempleo además ha introducido más dinero en los bolsillos de los panameños. El PIB per cápita ha crecido 29% hasta llegar a 5.616 dólares (hace cinco años era 4.347 dólares). No obstante, más de un cuarto de los residentes vive en la pobreza, lo cual sugiere que aunque la visión de Panamá como país desarrollado se esté convirtiendo en realidad, no deja de ser sólo una visión.

“Tendencias autocráticas”

Martinelli ha sido alabado y también ridiculizado por su prisa para transformar el país. Según información publicada en Wikileaks, su particular estilo de gestión, posiblemente heredado de su pasado como hombre de negocios, ha sido motivo de preocupación para un diplomático estadounidense, que lo tacha de “tendencias autocráticas”. De acuerdo con los temores recogidos en un cable diplomático, Martinelli “podría estar dispuesto a salirse fuera de la ley para lograr sus objetivos políticos y de desarrollo”.

La oposición ya le ha proporcionado algunos reveses políticos que han afectado sus planes económicos. El pasado año propuso la famosa “ley salchicha”, que proponía reformas en sectores que no guardaban relación alguna, como por ejemplo aviación, trabajo o códigos judiciales. Ante el temor de que la ley afectase su libertad de sindicalización, los trabajadores de las plantaciones de banana, uno de los productos agrarios que más exporta Panamá, convocaban una huelga y tomaban las calles. Se produjeron choques violentos entre los manifestantes y las autoridades, dejando un balance de más de 100 personas heridas y al menos dos fallecidos; la ley se abandonó. También encontró resistencia la ley que Martinelli proponía para que Panamá se convirtiese en el segundo mayor productor de cobre del mundo después de Chile. Tras algunas protestas esporádicas relacionadas con el impacto medioambiental, él mismo retiraba en marzo la ley.

Dejando a un lado las críticas, parece que la administración Martinelli ha complacido a la comunidad empresarial. “Creo que esta administración comprende qué es hacer negocios aquí en Panamá”, dice Roger Khafif, presidente de K Group, una empresa constructora en Panamá. Hablar sobre el gobierno es fácil desde los salones del Trump Ocean Club; es fácil ver por qué Khafif está encantado con este gobierno. Su edificio de 400 millones de dólares –que incluye hotel, apartamentos y locales comerciales además de un casino y 38 ascensores-, será el edificio más alto del hemisferio sur americano cuando se inaugure este verano. Con sus 72 pisos y una silueta marítima, la torre destaca entre las enormes torres ya existentes.

Hace apenas una década los terrenos en los que la torre se erige no existían. Eran parte del Océano Pacífico. Pero a medida que la ciudad fue creciendo, el gobierno permitió a una empresa de construcción de autopistas rellenar y desarrollar un plan a 15 años de residencias de lujo. Esto ha ocurrido de hecho más rápidamente de lo esperado. Los jubilados abundan en la zona donde pueden “adquirir un segundo hogar o una casa para la jubilación por una parte de lo que cuesta un apartamento en Miami”, dice Khafif. Los compradores también disfrutan de una exención de 20 años del impuesto de patrimonio, que forma parte de la política gubernamental para fomentar Panamá como imán de jubilados expatriados.

Desde su posición privilegiada Khafif ve muy pocos riesgos para el país, que ahora es completamente diferente a cuando llegó. “¿Debería bajar el ritmo? ¿Está yendo demasiado deprisa? Tal vez”, señala Khafif. “¿Cuál es el riesgo real? Está entrando dinero. La gente se viene a Panamá. Tenemos el canal y ese es nuestro pozo de petróleo; es una fuente de dinero”.

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