Invertir en América Latina y el Caribe

El elaborado folleto informativo de Burger King sobre las actividades de inversión de la cadena de comida rápida en América Latina y el Caribe contiene unos datos muy prometedores.

 

“Burger King Corp. y sus franquicias operan en más de 650 restaurantes localizados en 24 países de América Latina y el Caribe… las ventas en toda América latina y el Caribe fueron de aproximadamente 595 millones de dólares en el cuarto trimestre, lo que representa un crecimiento de más del 12% respecto al anterior ejercicio fiscal”.

 

Pero los datos sólo nos cuentan una parte de la historia. Tal y como dijo Beatriz Rangel a los participantes de la reciente Conferencia sobre América Latina de Wharton, Burger King es un ejemplo de una experiencia positiva cuando una corporación invierte en una parte del mundo donde casi todo puede salir mal. Invertir en América Latina requiere algo más que capital, paciencia y perseverancia, dice. Es necesario que los inversores se comprometan a entender la precariedad de las estructuras empresariales en una parte del mundo donde las condiciones políticas, económicas y sociales son muy frágiles.

 

“Representantes de Burger King han vivido los altos y bajos de América Latina”, dice Rangel, una venezolana que fue jefa de gabinete del ex presidente de Venezuela Carlos Andrés Pérez y que trabajó como consultora estratégica para Cisneros Group, el conglomerado de comunicación con base en Miami, antes de ser nombrada directora general de AMLA Consulting, la subsidiaria de Zemi Communications en Miami. “Cuando hablas de invertir en América Latina y el Caribe, los inversores tienen que tener paciencia. Tienen que fijarse en las estructuras o falta de ellas de los países en los que quieren hacer negocios. Y tienen que entender que un buen negocio pasará por altos y bajos, pero al final, seguirá creciendo.”

 

Rangel no intentó endulzar lo que realmente significa hacer negocios en América Latina al presentar los datos sobre el estado actual de la economía en los países latinoamericanos después de más de una década de relajación de las restricciones al comercio y a la inversión a través de tratados como el GATT -de alcance global- y pactos regionales como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (conocido como NAFTA por sus siglas en inglés). Durante su presentación, respondió a una serie de seis preguntas desalentadoras acerca del ambiente empresarial latinoamericano en estos momentos: ¿Es tan malo como parece? ¿Quién inventó esta receta? ¿Fueron los 90 realmente “una década perdida”? ¿Qué salió mal? ¿Puede ir a peor? ¿Qué se puede hacer?

 

El título que Rangel utilizó en la primera diapositiva de su presentación ilustraba la volatilidad que experimentan la gran mayoría de los países latinoamericanos. Por ejemplo: “Venezuela golpeada por la inestabilidad política cuando el Chávez asume la presidencia”…”Evo Morales mantiene secuestrada la política económica en Bolivia”…”El regreso de Argentina a los mercados de capitales se ve frustrado por las deudas atrasadas”.

 

Desde un punto de vista económico, Rangel explicó que la crisis del periodo 2000-2003 supuso un fuerte golpe para los países en desarrollo y los de mayor poder adquisitivo de América Latina, al caer bruscamente la actividad económica, los precios al consumo crecieron y el desempleo siguió su escalada. “La economía no ha mejorado mucho en los últimos tres años”, dijo Rangel, señalando que el producto interior bruto de Latinoamérica ha comenzado a equiparse a los niveles de 2000, en las predicciones de 2004-2005. “Existe inestabilidad política porque ninguno de estos países cuentan con una red de protección. Cuando los países se abren al comercio y empiezan a experimentar cambios junto con el resto del mundo, sus expectativas cambian radicalmente a mejor. Pero cuando la economía global pasa por un bache esto crea tensiones”.

 

El llamado “Consenso de Washington”, dijo Rangel, fue responsable, en parte, de la receta comercial y de las reformas políticas recomendadas a los países latinoamericanos durante la década de los 90 que incluía, entre otras cosas, la apertura y la desregulación de los mercados, la entrada de inversión extranjera, y un enfoque en la estabilidad macroeconómica. Esto significó, en parte, que todas las naciones de América Latina y el Caribe, excepto Cuba, cuenten en estos momentos con gobiernos elegidos democráticamente. De acuerdo con Rangel, se han implementado fuertes reformas políticas estructurales y se han realizado importantes esfuerzos de estabilización en Argentina, Chile, Perú, República Dominicana y Bolivia; en El Salvador, Uruguay, Costa Rica, Guatemala, México, Paraguay, Colombia y Jamaica ha habido reformas moderadas; y en Brasil, Ecuador, Honduras y Venezuela ha habido reformas débiles, y todavía domina la inestabilidad.

 

“Desde un punto de vista político, es evidente que los 90 no fueron una década perdida”, dijo Rangel, añadiendo que aquellos países que más progresaron en las reformas políticas mostraron también un crecimiento más fuerte del producto interior bruto de 1991 a 2000. Desde 1981 a 2001, los países en desarrollo empezaron a exportar más productos manufacturados producidos localmente. Y los países que experimentaron las reformas políticas más serias y sostenidas pasaron otro beneficio a los consumidores: redujeron dramáticamente la tasa de inflación. En Argentina, por ejemplo, el porcentaje de la tasa de inflación en los años previos a la reforma era de 1382,8%; después de la reforma, la tasa de inflación cayó hasta el 4,5% anual. Rangel dijo, “los consumidores y los pobres ganaron en que la inflación casi desapareció”.

 

Entonces, “¿qué salió mal?” Preguntó Rangel y luego contestó:

 

·       La mayoría de los países latinoamericanos no fueron capaces de solucionar las diferencias en la distribución de la riqueza, con el nivel de pobreza estancado o aumentando en la mayoría de los países. Con algunas excepciones, América Latina no ha sido capaz de cerrar la brecha que separa a ricos y pobres.

·       Los países latinoamericanos fallaron a la hora de penetrar en los mercados agrícolas y manufactura de los países desarrollados. En el año 2000, los países latinoamericanos en desarrollo representaban sólo el 12% de la exportación de productos manufacturados y sólo el 14% de las exportaciones agrícolas. En logística comercial, los países en desarrollo también se quedaban atrás, requiriendo cerca de cinco veces más de tiempo en los tramites fronterizos de carga marítima que otros países desarrollados, un problema de infraestructura que afecta de manera adversa el tráfico aéreo, el transporte y las oportunidades de negocio.

·       Los países en desarrollo todavía se quedan rezagados en la prestación de servicios financieros, comunicaciones y telecomunicaciones.

 

Lo que realmente funcionó, explicó Rangel, fue el despertar de la conciencia política entre los ciudadanos latinoamericanos. Claramente, ella cree que la promesa de estabilidad política puede permitir a los países latinoamericanos convertirse en campo propicio para las inversiones. Esta nueva conciencia política en partes de América Latina ha permitido el florecimiento de organizaciones no gubernamentales (ONGs), promocionando cambios en áreas que van desde los recursos humanos hasta los presupuestos militares. “Mientras las ONGs a menudo crean cierta inestabilidad política”, dice Rangel, “también están creando oportunidades. Son los vigilantes. Dos Jefes de Estado en Costa Rica no hubieran sido acusados y condenados por corrupción de no haber sido por las ONGs. La vigilancia de los recursos humanos también se debe a las ONGs. Es verdad que a veces presionan demasiado…pero a largo plazo, son buenas, porque consiguen que la población civil cuestione las actuaciones de los partidos políticos. Y las personas bajo un clima de libertad política demandan que los gobiernos sean efectivos. Los indígenas quieren trabajos, vivienda y educación para sus hijos”.

 

Rangel añadió además que la situación en América Latina y el Caribe puede empeorar, y que cualquier progreso conquistado en los últimos 10 a 20 años corre el riesgo de desaparecer “si el intercambio comercial no sigue creciendo. Con una inestabilidad política crónica, no se consigue el flujo de inversiones necesarias”. Además, si el crecimiento se estanca y la pobreza aumenta, la relación entre crecimiento y comercio podría verse amenazada. En el peor escenario posible, dijo, la desigualdad de la distribución de la renta podría “no mejorar. Podría haber más Venezuelas, donde el desarrollo y el crecimiento no fueran posibles”.

 

En una reflexión negativa sobre su país de origen, Rangel dijo un poco más tarde, durante la ronda de preguntas y respuestas, que había tirado la toalla respecto a Venezuela, un país de fuertes contrastes entre ricos y pobres, y en medio de un escenario de constante conmoción política. “Los venezolanos se encuentran en un punto sin retorno. Van a matarse entre ellos. No cuento con ellos en los próximos 10 años”.

 

Pero Rangel no se despidió de su audiencia sin mostrar algo de esperanza. Para conseguir mantener los avances económicos de los 90, para dar oportunidades a los inversores y ofrecer a los latinoamericanos “una señal de esperanza en el futuro”, Rangel propone que los miles de millones de dólares resultantes de las remesas- dinero mandado por los latinoamericanos de procedencia diversa- que llegan cada año desde Estados Unidos, Japón, Europa, Canadá y las fuentes de ingresos intra-regionales sean usadas para “construir una mayor confianza en la democracia y en el crecimiento económico”.

 

¿Cómo? Usando las remesas para proporcionar viviendas. Este año, dijo Rangel, los miles de millones de dólares en “remesas enviadas a la región van a batir todas las marcas. Por ejemplo, a pesar de la escalada del precio del petróleo, las remesas van a ser mayores incluso que las exportaciones de petróleo”. Sólo en México, el Pew Hispanic Center estima que el dinero transferido cada año desde los Estados Unidos al país es mayor que la inversión directa anual realizada por los inversores extranjeros.

 

“Estas remesas podrían ser usadas en un sistema hipotecario que proporcionara una vivienda a los más desfavorecidos”, dijo Rangel. “Si es posible dar a esta gente algo que les permita pensar que pueden confiar en el futuro, que les ayude a entender qué es la propiedad privada y sentir qué es la seguridad, preferirán la estabilidad”.

 

Por supuesto, la propiedad de una vivienda por sí sola no resolverá los problemas a los que se enfrentan los países latinoamericanos. Para sobrevivir y atraer inversores a la región, y para conservar el progreso alcanzado, Rangel sugiere que se lleven a cabo cambios profundos en el paradigma del Comercio/Inversión Directa Extranjera (IDE). A pesar de que el principio detrás del IDE (es decir, capital buscando su mayor rendimiento posible) indica que el capital debería venir de países desarrollados, dónde éste abunda, a países menos desarrollados (donde el capital es más escaso y se pueden conseguir mayores rendimientos), a menudo ocurre lo contrario. De acuerdo con un reciente estudio, el IDE fluye con el mismo entusiasmo a los países desarrollados.

 

Rangel sugiere que el paradigma del Comercio/IDE se cambie para reflejar “el otro 75% del mercado mundial, formado por hogares que tienen unos ingresos de bajos a moderados”. Ella también sugiere que las negociaciones de comercio mundial den prioridad a “la agricultura, manufactura intensiva en mano de obra, servicios, desarrollo de infraestructuras/logística y derechos de propiedad intelectual”. Esta nueva agenda de comercio permitirá un crecimiento más equilibrado entre las naciones, añadió, argumentando que “una agenda comercial que crea complementariedad a través de la movilidad laboral e incentiva el desarrollo de infraestructuras aumenta al menos en un 2% el crecimiento del producto interior bruto mundial.

         

“Por último, pero no por eso menos importante”, dijo, “es preciso desarrollar el ciudadano corporativo”. Por ejemplo, hay que diseñar programas de responsabilidad social corporativa que permitan mejorar el acceso a la información, educación y sanidad. “No es una cuestión de buenas intenciones”, añadió, “es una necesidad”.

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