La debacle de United Airlines y la moralidad del capitalismo

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El reciente video del pasajero de United Airlines que fue sacado a gritos de su asiento antes de que un vuelo con sobreventa despegara ha dado la vuelta el mundo. Desde entonces, el debate se ha centrado en torno a la práctica de la sobreventa de asientos en la industria y las respuestas legales de las compañías aéreas. Pero la moralidad debe ocupar un lugar en la América corporativa, según el padre James Martin (@JamesMartinSJ), un sacerdote jesuita, editor en la revista América, autor de “Jesús: Una peregrinación” y “La guía jesuita para (casi) todo: una espiritualidad para la vida real”, y consultor de la Secretaría de Comunicaciones del Vaticano. También es graduado de la Wharton School.

En este artículo de opinión, Martin sostiene que un sistema capitalista que conduce a la degradación del ser humano es intrínsecamente inmoral. Para que las empresas cambien, escribe, su medida del éxito no puede depender enteramente de su rentabilidad, sino que debe tener en cuenta el bien común y el bienestar de los demás. Sólo entonces se producirá un cambio verdadero. (Una versión anterior de este artículo apareció originalmente en America.)

La expulsión de un pasajero que había pagado su billete, y la aprobación de la empresa a la agresión cometida, revelan algo muy importante: las empresas de América a menudo ponen las normas por delante de las personas y el capitalismo a menudo pone los beneficios por encima de la dignidad humana. (Estoy hablando no sólo como un sacerdote jesuita, sino como un graduado de la Wharton Business School, alguien que se considera un capitalista y que ha trabajado en la América corporativa durante varios años).

La sobreventa es un instrumento que la mayoría de las aerolíneas utilizan para maximizar sus ganancias. Los asientos vacíos significan pérdidas de ingresos. Esto significa que algunas personas, de forma inevitable, tendrán que bajarse de los vuelos. Pero en el cálculo económico de la aerolínea, esto se considera una compensación aceptable. El inconveniente que se impone al cliente está subordinado a los beneficios.

Se percibe que ahí existe un problema elemental.

El pasajero —un médico llamado David Dao, cuya familia escapó de Vietnam durante la década de 1970— había comprado un billete de United. Por lo tanto, como consumidor, es comprensible que Dao tuviera todo el derecho de esperar que pudiera utilizarlo. Es decir, como cualquier graduado de Wharton sabe, parte de la esencia del capitalismo consiste en un intercambio justo de dinero por bienes o servicios. Pero la aerolínea decidió que había “sobreventa” cuando algunos empleados de la línea aérea necesitaron asientos de última hora en el vuelo. Así que preguntaron a los pasajeros que ya habían pagado si estaban dispuestos a renunciar a sus asientos. Ofrecieron cantidades cada vez mayores de dinero para hacer la oferta más aceptable. Varios la tomaron.

No es sorprendente que Dao no quisiera bajarse. ¿Por qué debería hacerlo? Había pagado por su asiento y estaba ansioso por llegar a su destino. Como señalaría mi profesora de derecho mercantil, la aerolínea también había firmado un contrato con él. Y el argumento de que la aerolínea tenía el derecho de expulsarlo es, para mí, falaz. No era ningún tipo de emergencia. No importa lo que la letra pequeña dijera, Dao tenía derecho a esperar volar ese día.

Del mismo modo, el argumento de que el exceso de reservas reduce el precio de los billetes, y por lo tanto termina en realidad ayudando al consumidor, también es algo esquivo. Esto se debe a que el objetivo de la empresa no es reducir el precio de los billetes y que el pasajero ahorre, sino maximizar los beneficios para los accionistas. Una aerolínea reduce los precios de los billetes para aumentar el número de clientes a bordo, lo que eleva los ingresos. Las líneas aéreas no son instituciones de caridad.

Cuando Dao no estuvo dispuesto a renunciar a lo que había pagado, fue obligado a dejar su asiento por agentes de seguridad, que terminaron haciéndole sangrar y lo arrastraron por el pasillo del avión. En una conferencia de prensa más tarde esa semana, según el New York Times, el abogado de Dao “enumeró las lesiones de su cliente: nariz rota, conmoción cerebral, dos dientes rotos y problemas sinusales que podrían requerir cirugía reconstructiva”.

Cuando vemos el video del suceso, algo en nosotros dice: “Eso no está bien”. Preste atención a ese sentimiento. Es nuestra conciencia hablando. Eso es lo que provocó la indignación generalizada en Internet, no solo el hecho de que las personas que ya han sido expulsadas de un vuelo compartan la frustración del hombre, sino la inmoralidad de un sistema que conduce a una degradación de la dignidad humana. Si las reglas corporativas y las leyes del capitalismo llevan a esto, entonces son reglas y leyes injustas. Los fines muestran que los medios no están justificados.

Alguien con autoridad —pilotos, azafatas, equipo de tierra— podría haberse dado cuenta de que esto era un asalto a la dignidad de una persona. Pero nadie lo detuvo. ¿Por qué no? No porque fueran malas personas: probablemente también miraron horrorizadas. Lo hicieron porque estaban condicionados a seguir las reglas.

Esas reglas dicen lo siguiente: primero, a veces podemos sobrevender porque queremos maximizar nuestros beneficios. En segundo lugar, podemos expulsar a alguien porque tenemos exceso de reservas, o si decidimos que queremos volver a disponer de los asientos, no importa lo que una persona puede razonablemente esperar, y no importa el inconveniente que eso signifique para ella. En tercer lugar, y lo que es más trágico, la dignidad humana no impedirá que se cumplan las reglas. Un cóctel tóxico de capitalismo y de cultura corporativa llevó a que un hombre fuera arrastrado por el suelo.

Por eso la postura defensiva del tipo “aquí no hay nada que ver” de los males de la América corporativa y de los dictados del capitalismo molestan tanto a este capitalista y ex empleado corporativo. No ven a las víctimas del sistema. ¿Es esto un “problema del primer mundo”? Sí, por supuesto. La mayoría de la gente en el mundo en desarrollo no podría permitirse un billete en ese vuelo. Pero es un “problema de todo el mundo” porque las víctimas de un sistema que coloca los beneficios por delante de todo lo demás están en todas partes. El mismo cálculo económico que dice que los beneficios son la métrica más importante en la toma de decisiones conduce a que las víctimas sean arrastradas a lo largo del suelo de un avión y las personas malvivan en un cobertizo en los barrios pobres de Nairobi. Dar prioridad a los beneficios en detrimento de las personas tiene como resultados salarios injustos, condiciones de trabajo precarias, degradación del medio ambiente y falta de respeto a la dignidad humana.

Un día después del incidente, Oscar Munoz, director ejecutivo de United, se disculpó por el trato que recibió el pasajero, diciendo que “nadie debe ser maltratado de esta manera”. De acuerdo. También dijo, de manera reveladora, que los empleados “seguían los procedimientos establecidos” y que él los respaldaba de manera “enfática”.

¿Cuál es la solución, entonces, a un sistema que ha dado lugar a un trato semejante? Reconocer que los beneficios no son la única medida de una buena decisión en el mundo corporativo. Darse cuenta de que los seres humanos son más importantes que el dinero, no importa cuánto objete un economista de libre mercado. Actuar moralmente. Y respetar la dignidad humana.

¿Cómo hacen eso las empresas? Si quieren animar a los empleados a comportarse moralmente en situaciones de estrés —de la clase que afronta el personal de United— ¿cómo pueden idear normas que alienten a los empleados a expresar compasión en lugar de suprimirla? Creo que lo más esencial es admitir que, a pesar de lo que me enseñaron en la clase de introducción a la Economía, los beneficios no pueden ser la única medida del éxito de una corporación. Y mientras los beneficios se consideren la única medida del éxito, los empleados subordinarán todo —incluyendo la compasión— a esa meta.

Una vez que se introduce en la ecuación el bien común y la dignidad de las personas, entonces cosas como la compasión, la bondad, el cuidado de los pobres y el medio ambiente llegarán a ser entendidos como valores que son tan importantes como la eficiencia, la osadía y el trabajo duro. En otras palabras, una vez que se introduce otra meta en la ecuación, las prioridades de la corporación y sus empleados cambian un poco. Y, por cierto, hace que los empleados sean más felices y una organización sea más feliz, porque ¿quién quiere trabajar para una empresa insensible?

Por supuesto, este enfoque puede no funcionar en todos los casos. Algunas compañías y gerentes pueden estar demasiado cegados por la búsqueda del beneficio para comportarse con compasión. En tales situaciones, ¿los gobiernos deben jugar un papel a la hora de exigir a las compañías que sigan prácticas de gestión que fomenten el comportamiento compasivo en las empresas? En otras palabras, ¿podrían los reglamentos hacer que las empresas actuaran con mayor grado de moralidad?

Esto es lo que, en esencia, tratan de hacer las regulaciones gubernamentales sobre las horas de trabajo, la licencia familiar y la igualdad de salarios entre hombres y mujeres; inyectar compasión en las corporaciones y colocar la dignidad humana en la vanguardia de las operaciones de una empresa. La limitación de las horas de trabajo, el otorgamiento de beneficios de licencia familiar más generosos y la exigencia de igualdad salarial, son formas de mirar a las personas de forma compasiva, respetando su dignidad y sus necesidades humanas esenciales. Podría haber otras maneras, a través de la regulación gubernamental, de asegurar que las corporaciones consideren no sólo las necesidades de sus propios empleados, sino también las maneras en que sus negocios afectarán el “bien común”, es decir, la comunidad en general.

Cuidar las normas sobre el medio ambiente, lo que el Papa Francisco llama nuestra “casa común”, es importante. Pero en términos del funcionamiento interno de la corporación, y si la gente es tratada compasivamente en el trabajo, creo que el cambio tiene que venir de arriba. Si un consejero delegado es amable, compasivo y se preocupa verdaderamente por el bienestar de sus empleados, no solo por su bienestar económico, sino por lo que a los jesuitas les gusta llamar el “cuidado de la persona” naturalmente esto gotea a todos los niveles de la administración.

La gente busca mentores de forma natural a la hora de gestionar. Si ven una gestión compasiva, tomarán ejemplo de ello. Esto, en mi opinión, conduce a una organización más saludable, y también alienta a la gente a pensar de forma más compasiva sobre sus clientes, y que el más importante de los objetivos morales es el bien común.

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