¿Mercados eficientes o mentalidad de rebaño? El futuro de las previsiones económicas

¿Se ha parado a pensar por qué ha sucumbido tantas veces al reclamo de la publicidad, a un embalaje engañoso, y por qué ha pagado más de la cuenta por un producto? ¿O por qué decidió comprar valores cuyo precio era excesivo en un momento en que era muy difícil resistirse al instinto de rebaño?

Los economistas del comportamiento se ocupan de ese tipo de irracionalidad que parece estar ganando una credibilidad cada vez mayor en los círculos macroeconómicos desde el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008 y el subsiguiente colapso de las finanzas mundiales. Ellos están también en el centro de un antiguo debate que ha vuelto a salir a la palestra hace poco por el columnista y premio Nobel de Economía, Paul Krugman. En un artículo publicado el 6 de septiembre en The New York Times titulado “¿Por qué los economistas se confundieron tanto?”, Krugman dispara contra la presuposición básica de la economía neoclásica, es decir, que los mercados libres son inherentemente racionales y eficientes.

En el artículo, Krugman desprecia a los llamados “economistas de agua dulce” — tipificados por la facultad de Economía de la Universidad de Chicago, cuyas ideas han dominado la política del Gobierno a partir de principios de los años 80. Por el contrario, los “economistas de agua salada” son más abiertos a las ideas difundidas a partir de los años 30 por el británico John Maynard Keynes —los mercados libres, decía él, suelen comportarse de forma ineficiente, son autodestructivos y, a veces, necesitan acciones políticas correctivas como, por ejemplo, el estímulo al gasto por parte del Gobierno-. En vez de conferir una perfecta racionalidad a esos mercados, los economistas de agua salada dicen que las personas y las instituciones muchas veces se comportan de manera irracional y de forma contraria a sus propios intereses.

Aunque el debate entre los dos puntos de vista, bajo la perspectiva de la macroeconomía, pueda parecer académico, su impacto es sustancial y va más allá de las torres de marfil de la universidad. En primer lugar, las empresas dependen de la previsión macroeconómica para su planificación estratégica y presupuestaria, y para que tengan también el conocimiento necesario sobre clientes y competidores. La teoría macroeconómica inunda buena parte de la política gubernamental. Desde finales de los años 70, por ejemplo, la desregulación del espacio aéreo, de los bancos, compañías de servicios públicos y de comunicaciones por parte del Gobierno nació de la creencia tácita en la eficiencia del mercado y de la racionalidad. El Gobierno Obama tal vez sea el primero en desafiar la presuposición del mercado eficiente desde la era Reagan, en los años 80, como se ve en su intento de restringir los salarios de los ejecutivos y de crear una nueva agencia de protección al consumidor encargada de gestionar los segmentos de tarjetas de crédito y débito.

El debate tampoco se limita a EEUU. El premio Nobel de Economía de 2009  se le concedió a la científica política Elinor Ostrom, de la Universidad de Indiana, y a Oliver Y. Williamson, de la Universidad de California, en Berkeley, especialista en resolución de conflictos. Para muchos economistas, fue una sorpresa y una crítica internacional a los modelos de mercado matemáticos y racionales. “Forma parte de la convergencia que se viene observando en las ciencias sociales”, dijo Robert Shiller, economista de la Universidad de Yale, a The New York Times, haciéndose eco de algunos elementos del argumento de Krugman. “La economía ha estado demasiado aislada. Los premios son señal de que hay un mayor esclarecimiento en marcha. Estábamos demasiado presos de los mercados eficientes, y eso estaba distorsionando nuestro pensamiento”.

Cambiando de posición

No faltan argumentos a ambos lados de la disputa. Hay inclusive un blog de John Cochrane, profesor de la Universidad de Chicago, con una extensa reflexión sobre el asunto. Cochrane, que fue uno de los blancos más evidentes de la crítica de Krugman, dice en su blog: “En el caso de los libres mercados, nadie dijo nunca que eran perfectos […] y sí que el control de esos mercados por el Gobierno, principalmente el de activos, siempre fue muy malo […] En el fondo, lo que Krugman está diciendo es que el Gobierno debería intervenir de forma masiva”.

En realidad, buena parte del debate tendrá lugar en la arena de las políticas públicas. La estructura del comportamiento racional, que domina el escenario económico desde hace 30 años, es responsable de una serie de conclusiones relativas a las políticas públicas: es el caso, por ejemplo, de la conveniencia, de hecho, de un volumen mayor de desregulación asociada a la restricción fiscal por parte de los gobiernos. Pero una nueva estructura influenciada por la psicoeconomía podría dictar otras políticas. Sería el caso, por ejemplo, de una política más restrictiva, además de la continuidad del programa de estímulo de gastos y de impuestos diferenciados. “Hay mucho que decir sobre lo que los economistas neoclásicos vienen haciendo en los últimos 30 años”, observa Jeremy Tobacman, profesor de Negocios y Políticas Públicas de Wharton. “Pero es preciso cautela y alguna intuición”.

Robert Stambaugh, profesor de Finanzas de Wharton, advierte sobre el hecho de que el punto de vista de los mercados racionales es sólo un modelo, “y, como cualquier modelo, está equivocado porque todas las abstracciones son deficientes en algún grado. La gran cuestión, por lo tanto, es la siguiente: ¿y qué?” Puede ser que la psicoeconomía sea más usada ahora para remediar los fallos del modelo neoclásico, ya que ofrece información nueva y rica sobre los patrones humanos de irracionalidad. Aún así, Stambaugh duda que vaya a sustituir completamente el modelo de comportamiento racional. “Puede ser que sea una mala idea depender de soluciones basadas en el mercado, y que eso conduzca a todo tipo de cosas terribles, pero es como aquel proverbio sobre la democracia: ‘es la peor forma posible de gobierno, con excepción de todas las demás’. En el momento en que toda crítica a la visión racional de mercado del mundo se convierta en un medio que justifique un grado mayor de intervención del Gobierno o de alguna teoría que proponga soluciones ajenas al mercado, creo que tenemos que hacer frente a tal estrategia con desconfianza”.

De acuerdo con Jeremy Siegel, profesor de Finanzas de Wharton, la visión de mercado de “agua dulce” de la macroeconomía ha dominado el pensamiento académico y la formulación de políticas por el Gobierno en las últimas décadas en parte porque los economistas de psicoeconomía no han sido capaces de exhibir el mismo grado de rigor analítico que los economistas racionales. Ahora, eso puede estar cambiando. Siegel cree que el campo de la previsión macroeconómica se está reposicionando. Surgen ahora intentos de comprender de qué modo las personas crean expectativas y de qué forma los periodos de estabilidad económica generan un exceso de optimismo y estimulan la contratación de niveles elevados de deuda. “Tal vez estemos aproximándonos a una visión más conductual, más keynesiana, de ver las crisis económicas, lo que sería un cambio saludable”, dice él.

¿Racional versus irracional?

Los elementos básicos del debate entre los grupos de agua dulce y de agua salada son bastantes objetivos. El punto de vista del primero se basa fuertemente en la hipótesis de los mercados eficientes  (HME) tal y como propone Eugene Fama, de la Universidad de Chicago, en los años 70, y posteriormente ratificado por el neoclasicista más conocido de Chicago, Milton Friedman. La HME dice que en cualquier mercado libre, la competencia entre inversores y emprendedores, invariablemente, empuja los precios a sus niveles correctos. La HME no presupone la racionalidad de los participantes, sino de los mercados en general. Por lo tanto, argumentan los racionalistas, los libres mercados siempre hacen previsiones no tendenciosas, incluso cuando se muestran incorrectas. La HME no dice que el precio de mercado sea siempre correcto, sino simplemente refleja todas las informaciones conocidas en un determinado momento.

Como una ciencia natural, la economía de agua dulce se presta a la formulación de modelos matemáticos, muchas veces complejos y elegantes. El punto de vista de los economistas de agua dulce es que, los consumidores, ante un abanico de opciones, escogerán aquella que es mejor para ellos, una declaración objetiva que puede ser perfectamente expresada por medio de fórmulas matemáticas.

Por otro lado, diversas observaciones hechas por la psicoeconomía son más difíciles de traducir matemáticamente. Los partidarios de esta teoría dicen que los consumidores no siempre actúan en favor de su propio interés, principalmente cuando no consiguen comprender las elecciones disponibles o cuando sucumben a impulsos irracionales asociados a esas elecciones. Los empresarios americanos, por ejemplo, se sintieron decepcionados por la poca participación de sus empleados en los planes de ahorro de sus empresas, a pesar de los beneficios que estos planes ofrecían a gran parte de ellos. La participación de los empleados tuvo un impulso significativo cuando el Gobierno permitió a las empresas hacer automática su participación, a menos que el trabajador señalara de forma específica su decisión de quedarse fuera. En otras palabras, la política del Gobierno ayudó a las empresas a combatir un impulso negativo de los trabajadores, sin embargo, tales impulsos son inherentemente libres y difíciles de definir.

A diferencia de la economía de agua dulce, la economía del comportamiento se preocupa, sobre todo, de los límites de la racionalidad. Los economistas del comportamiento afirman que los mercados son, muchas veces, “ineficientes en lo que concierne a la información”, ya que buena parte de esa ineficacia surge de patrones irracionales de comportamiento que la psicología cognitiva es capaz de documentar y medir. En un artículo titulado “Psicoeconomía”, publicado en Pacific-Basin Finance Journal, Jay R. Ritter, de la Universidad de Florida, observa que tales patrones están asociados a los siguientes elementos:

Heurística, o reglas prácticas que las personas usan para simplificar el proceso de toma de decisión, que a menudo inducen a error o son equivocadas.

Exceso de confianza, especialmente entre los emprendedores, que tal vez crean de forma exagerada en sus propias habilidades, y acaban por apalanca demasiado los negocios y diversificando muy poco los riesgos.

Contabilidad mental, o el aislamiento de decisiones que deberían ser combinadas — por ejemplo, trabajar con un presupuesto familiar para las cenas fuera de casa y con otro para las comidas hechas en casa.

Representatividad, o la tendencia de dar demasiada importancia a la experiencia reciente y de valorar poco las medias de largo plazo. Por ejemplo: la creencia, en años recientes, de que el precio de las casas jamás dejaría de subir, a pesar de la evidencia contraria de las medias históricas.

Por lo tanto, ¿la reciente crisis económica apunta hacia la victoria de los economistas del comportamiento a costa de la escuela de agua dulce? Sí y no, según una muestra de opiniones recopilada entre los profesores de Wharton. “La crisis se extendió por toda la economía”, señala Katherine Milkman, profesora de las Operaciones y la Información especializada en tomas de decisión del comportamiento. La macroeconomía no ha sido capaz de prever la crisis histórica del año pasado.Pero, los preceptos microeconómicos han servido, desde hace tiempo, de base para la alineación de los incentivos dados a los ejecutivos con los intereses de las empresas y de los accionistas. Milkman dice que la falta de alineación de intereses fue una de las causas principales del tumulto de la economía el año pasado, así como la inmensa complejidad de los derivados hipotecarios y otros instrumentos financieros. “La presuposición de que podemos anticipar perfectamente los resultados futuros de sistemas altamente complejos es un absurdo”, dice ella.

Aunque concuerde que la previsión macroeconómica se haya basado excesivamente en el modelo de comportamiento racional en las últimas décadas, Milkman no cree que la dependencia haya sido cien por cien equivocada. “En cualquier campo, es importante solucionar los mayores problemas primero”, dice ella. Tratar a las personas como individuos que siempre toman las mejores decisiones posibles es la manera acertada de comenzar. Al mismo tiempo, Milkman ve el error reciente de la previsión económica como responsable de cambios de gran magnitud. “Ahora, la economía ya no ve a los seres humanos como entes perfectamente racionales y coherentes. Ella los ve como individuos incoherentes y que se equivocan cuando toman decisiones. Sin embargo, podemos analizar las inconsistencias y computarlas en un nuevo modelo”.

Llamada a las armas

Justin Wolfers, profesor de Negocios y Políticas públicas de Wharton, concuerda que la crisis ha alertado sobre fallos importantes, no sólo en el modelo de mercados eficientes, sino también de manera más generalizada en la forma en que los expertos en macroeconomía afrontan el mercado. “El hecho de que podría haber pánico a gran escala en los bancos, de que había un sistema bancario opaco sobre el cual los órganos reguladores no tenían mucho que decir son elementos que estuvieron ausentes en las teorías desarrolladas en las últimas dos décadas”, observa. Pero, el campo de la macroeconomía, no va a cambiar radicalmente su curso a causa de eso. Es verdad, dice Wolfers, que “hoy en día, se ha extendido un sentimiento de enfado entre el público contra los expertos en macroeconomía, pero hay también un enfado muy grande contra los meteorólogos siempre que llueve”.

De acuerdo con Wolfers, “la mayor parte de los éxitos de la política económica de las últimas dos décadas siguen intactos. Hoy en día, se acepta que la teoría económica, por ejemplo, es el punto de partida para el análisis de cuestiones en el campo del derecho, de la sociología, psicología y de todo tipo de cuestiones sociales”. Pero él dice que la macroeconomía necesita fundamentarse más en datos y en análisis empíricos, con mayor énfasis sobre la forma en que los consumidores e inversores se comportan y toman decisiones. El desencantamiento del público con la previsión macroeconómica, añade, debería ser una “llamada a las armas” para todos los economistas. “Es evidente que la crisis ha sacado a relucir cuestiones importantes sobre las cuales todos los economistas deberían reflexionar y a las cuales todos los subcampos de la economía —y no sólo el de la macroeconomía— pueden contribuir”.

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"¿Mercados eficientes o mentalidad de rebaño? El futuro de las previsiones económicas." Universia Knowledge@Wharton. The Wharton School, University of Pennsylvania, [02 diciembre, 2009]. Web. [18 November, 2018] <http://www.knowledgeatwharton.com.es/article/mercados-eficientes-o-mentalidad-de-rebano-el-futuro-de-las-previsiones-economicas/>

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