¿Por qué las escuelas de negocios enseñan transparencia si practican ambigüedad?

¿La investigación académica vale realmente lo que los estudiantes, sin saberlo, pagan por ella? No, por lo menos eso es lo que piensa Larry Zicklin, ex presidente de Neuberger Berman y actual profesor de la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de Nueva York. Zicklin, además, imparte frecuentes charlas sobre ética en Wharton. En este artículo, él destaca que si los profesores asumieran mayores horas de clase e hicieran menos investigaciones, las universidades ofrecerían una enseñanza de nivel superior por una fracción del coste actual. Lo que se perdería con ello sería una sucesión de investigaciones cuyo interés es sólo marginal. Zicklin prevé que la enseñanza online y otras fuerzas del libre mercado ciertamente revertirán esa situación preocupante. Él también se pregunta si los estudiantes no deberían tener derecho a opinar sobre cómo desean que se gaste el dinero de las tasas que pagan a la institución donde estudian.

Cuando leo un artículo académico, al llegar al tercer párrafo, me suelo encontrar perdido en un marasmo de análisis cuantitativo más allá no sólo de mis habilidades de comprensión, sino de las habilidades de comprensión de prácticamente todo ejecutivo que conozco. En mi opinión, los autores dedican demasiado tiempo a la investigación y a escribir sobre ella en artículos que sólo sus colegas entienden, y dedican menos tiempo a enseñar. En consecuencia, sus alumnos reciben cada vez menos por lo que pagan. Esto garantiza serios problemas futuros para la enseñanza superior. Alguien dijo que cuando uno está en el Polo Norte, cualquier dirección que escoja irá siempre hacia abajo. Para mí, el sistema universitario americano está en la cumbre del Polo Norte en este momento, y las laderas son demasiado inclinadas. ¿Cuál la solución? Tal vez ya sea hora de dar a nuestros clientes, los estudiantes, una opción por la que realmente desean pagar, y todo indica que su elección no recaería sobre la investigación académica. A fin de cuentas, el valor del libre mercado es una de las cosas que les enseñamos.

Cito un ejemplo acerca de hasta qué punto las cosas están yendo por mal camino. Hace algunos años, un profesor muy importante, autor prolífico de investigaciones sobre finanzas en una escuela de negocios bastante conocida, dimitió. Su salida provocó una enorme conmoción en la facultad, porque la administración temía que los rankings de la escuela se vieran afectados, ya que ella ya no estaría asociada a la erudición del maestro. Sin embargo, aunque fuera el académico de mayor prestigio de la escuela, en realidad no enseñó nada relacionado con su investigación. ¿Cuál es la utilidad práctica, entonces, de su trabajo? Hace 50 años que trabajo en el área financiera, pero no tengo la mínima idea de lo que él quiso decir en sus artículos más recientes, tampoco mis compañeros, a quienes mostré los textos del profesor, consiguieron comprender lo que él quiso decir. Si nosotros no fuimos capaces de descifrar sus ideas, ¿a quiénes iban dirigidas? Mi respuesta: a la comunidad de estudiosos que escribe para sus iguales, pero no para sus alumnos, y ciertamente no para los ejecutivos de empresas interesados en ideas prácticas que realmente funcionen.

Un ejemplo más: una profesora de otra facultad me dijo que un profesor con quien estaba escribiendo un libro la reprendió por haberse retrasado con su parte. Ella intentó justificar el atraso mencionando las exigencias de su carga rigurosa de clases. "¿Es una broma?", dijo él. "¿Cómo vas a dar tantas clases y terminar tu trabajo?" En otras palabras, su trabajo no era enseñar, sino investigar y escribir.

Aumento de costes y de deuda

A cada momento nos recuerdan el coste cada vez más elevado de la enseñanza superior y de la deuda que los estudiantes contraen para formarse. Según el Chronicle of Higher Education, cerca de 20 millones de personas entran en la facultad todos los años; 12 millones adquieren préstamos para pagarla. La deuda pendiente de los estudiantes es cerca de US$ 1.000 millones hoy en día dividida entre 37 millones de personas. De éstos, según la Reserva Federal, 8,8 millones superan los 50 años y 2,2 millones, los 60. ¿Se puede imaginar tener 50 o 60 años y deber todavía el préstamo estudiantil?

Respecto al número de alumnos que necesitan préstamos, Richard Vedder, profesor de Economía de la Universidad de Ohio, dice que los estudiantes que fueron a una universidad pública durante cuatro años en el periodo de 2010-2011 y 2011-2012 pagaron un 7,9% y un 8,3% más, respectivamente, que en los 12 meses anteriores. Es decir por lo menos dos veces el valor de la inflación en el mismo periodo de dos años.

La situación es intolerable. Los recursos procedentes de fondos del Gobierno, de personas físicas, donaciones de fundaciones y de padres ricos ya no son tan comunes como en el pasado reciente. A fin de cuentas (creo que en breve), llegaremos a un punto de inflexión en que las facultades tendrán gastos demasiado altos, pocos alumnos y déficits enormes en el presupuesto. Las 50 escuelas más importantes tal vez se libren temporalmente de eso, pero ni ellas se librarán cuando la situación apriete. Es bueno acordarse que, en 2007, nadie podría imaginar que Goldman Sachs, Citigroup y AIG se verían atrapadas por el tsunami financiero y pedirían ayuda al Gobierno para garantizar su supervivencia. Los accidentes de tren suceden a cámara lenta, y yo creo que estamos cerca de que se produzca uno.

Por lo tanto, ¿dónde entra el tiempo dedicado por los profesores a la investigación académica en la ecuación financiera? Un análisis preliminar de costes de la Universidad de Tejas, en Austin, hecha por el Centro de Accesibilidad Económica y de Productividad [Center of College Affordability and Productivity] constató que un 20% de los profesores con mayor volumen de clases enseñaban un 57% de las horas de crédito de los alumnos y representaban un 28% del coste total del cuerpo docente. Eso tuvo como resultado un total de enseñanza de US$ 662 por alumno al año. El 80% de profesores restante en los cuatro quintiles siguientes fueron responsables de un 43% de las obligaciones de enseñanza de la escuela, pero fueron un 72% de todos los costes del cuerpo docente, o US$ 2.142 por alumno. El 20% menos productivo enseñó sólo un 2% del total de horas de crédito de los alumnos, pero representó un 9% de los costes totales de los profesores, o US$ 3.794 por alumno. De media, el 20% en la parte superior de la escala enseñó a 318 alumnos al año, mientras que el 80% de la escala inferior enseñó a cerca de 63.

Una de las conclusiones del estudio fue que si el 80% de los profesores con menor carga de clases enseñara el equivalente a por lo menos la mitad del 20% de profesores con mayor carga, el ahorro resultante permitiría una reducción del 50% en los costes de las tasas pagadas por los alumnos. Cifras así, si resultan ciertas, no escaparán a los legisladores, donantes o padres.

Junto con el área de salud, el sector académico es una de las pocas industrias con poder de fijación de precios en un ambiente de negocios arbitrario, y sin lugar a dudas seguro que se ha valido de ese poder. La enseñanza superior también es una de las pocas industrias que no ha mejorado sus índices de productividad a pesar del clima económico tempestuoso. Pero eso va a cambiar. Tal y como decimos a nuestros alumnos, el libre mercado, a veces, funciona lentamente, pero funciona, y acabará por afectar incluso al sector académico.

No hay duda de que el cambio tecnológico ya ha comenzado. La enseñanza a distancia, u online, está aumentando rápidamente su cuota de mercado. Según un estudio de 2012 del Sloan Consortium, más de 6,7 millones de estudiantes estaban haciendo por lo menos un curso online en el otoño de 2011, lo que corresponde a un aumento de 570.000 respecto al año anterior, mientras que un 32% de los estudiantes de la enseñanza superior hacen hoy, como mínimo, un curso online. Eso sucede sólo en un 2,6% de las instituciones de enseñanza superior que ofrecen MOOCs (varios cursos abiertos online) y otro 9,4% en fase de planificación. Hay mucha controversia en torno a la calidad de la enseñanza online, pero hay evidencias también de que los alumnos están satisfechos con ese tipo de enseñanza y que aprenden tanto como en los cursos presenciales con profesores.

Aprendizaje online

La idea de un profesor ante una sala de 20 a 30 alumnos me agrada mucho, pero esa es una situación que tiende a ser menos frecuente. Actualmente, adjuntos y alumnos graduados imparten cursos que antes eran dominio de profesores a tiempo completo. La enseñanza online impartida por profesores de gran cualificación es mucho más barata, y las principales universidades, inclusive la Universidad de Pensilvania, están comenzando a competir en un mercado totalmente nuevo. A largo plazo, las escuelas tradicionales tendrán que recortar costes para hacer frente a esa competencia y a esa nueva realidad financiera. Quien sabe si el gobernador Rick Perry —que no es exactamente mi héroe—demostrará que tenía razón cuando habla de que la enseñanza superior en Tejas cuesta US$ 10.000.

El coste de la investigación académica ciertamente será objeto de escrutinio en la medida en que las facultades tengan que competir. La investigación está incluida en las tasas pagadas por los alumnos, sean conscientes de ello o no, pero ese coste no aparece detallado en ninguna parte. Pero un artículo de 2009 de Forbes mostró cuanto de ese dinero está dirigido a la investigación. La revista citó las palabras del director del Instituto Lauder: "Si sumáramos el coste del tiempo del cuerpo docente, de los asistentes de investigación y del equipo administrativo, el tiempo de producción y de adquisición de datos y de investigaciones, así como los gastos derivados de publicación, veríamos que entre un tercio y la mitad de nuestro presupuesto está directamente relacionado con la actividad de investigación".

¡Entre un tercio y la mitad del presupuesto! ¿Cómo se justifica todo ese gasto? ¿Quién determina que sea así? ¿Ese es el mejor uso posible de los fondos disponibles? ¿Los alumnos tienen derecho a opinar sobre el destino de una parte tan grande del dinero que pagan a la escuela?

Tal vez la verdadera cuestión sea la siguiente: ¿toda universidad debería involucrarse en la investigación? A fin de cuentas, solamente algunos hospitales hacen investigaciones. ¿Por qué todo profesor a tiempo completo, o en busca de ser indefinido, debe estar obligado a investigar para lograr un ascenso o tener derecho a la estabilidad? ¿Y si algunos no fueran buenos investigadores, pero son excelentes profesores? ¿Hemos discutido qué valor añaden al bienestar del sistema los profesionales de la enseñanza y los investigadores? Un amigo mío que participa en el comité que determina quien será promovido y quien tendrá derecho a la estabilidad en una universidad puntera del país me dijo en cierta ocasión que esas dos cosas se basan en otras tres: conocimiento, servicios prestados a la escuela y capacidad de enseñanza. El conocimiento representa cerca de un 99% del curso, dijo, y las otras dos cualidades representan un 1% del resto.

Vivimos en una época en que toda escuela quiere ocupar los primeros puestos de los rankings, como si alguien realmente supiera qué ítems de calidad diferencian una escuela de otra. Pero los rectores de las universidades dependen cada vez más de la posición de su escuela en el ranking de US News o de Businessweek. Los estudiantes quieren formarse en una de esas instituciones de "élite", mientras los profesores codician el aura de enseñar en una de ellas. Uno de los criterios principales a que los servicios de ranking recurren consiste en el volumen de investigaciones publicadas por las universidades. La teoría es que mientras más, mejor. Una manera más adecuada de evaluar el valor de la investigación consistiría en cuestionar si es relevante, profunda y accesible a aquellos que la necesitan. Es usada en el aula y, por lo tanto, ¿beneficia a los alumnos? ¿Los investigadores más productivos son también los mejores profesores? Eso nunca se ha probado y, de hecho, importa poco, ya que los investigadores más productivos no dan muchas clases.

Si la investigación académica sobre temas relacionados con el área de negocios es tan importante, ¿por qué las empresas no están dispuestas a pagar por ella? ¿Por qué el volumen de donación de las empresas es tan pequeño en comparación con el volumen de trabajos producidos? ¿Si los académicos ayudaran a generar ventajas económicas para las empresas con su investigación, no sería lógico que ellas estuvieran dispuestas a financiarlos? Cuando un compañero me rebatió, tuve que admitir que los académicos fueron los responsables de la creación del modelo Black-Scholes para la evaluación de opciones sobre acciones, pero eso fue hace 40 años. Después de eso, aparecieron miles de estudios, y muchos de ellos con poca o ninguna aplicación en el mundo empresarial.

No estoy sugiriendo que se abandone la investigación académica. Todo lo contrario, parafraseando al economista Arthur Okun, lo que estoy diciendo es que la investigación tiene su lugar, y allí se debe mantener. Llegó la hora de discutir ampliamente sobre el asunto, así como la idea de que algunas escuelas, como algunos hospitales, deberían ser acreditadas como instituciones de investigación, mientras que otras, no. Y las que no tuvieran actividades de investigación, no deberían ser consideradas inadecuadas para proporcionar una enseñanza de primera calidad a sus alumnos. No creo que toda institución pública deba, de forma necesaria, intentar rivalizar con una escuela particular que recibe miles de millones de dólares en donaciones.

En 1975, las empresas de Wall Street acabaron con las tasas de comisión fija y desvincularon sus productos y servicios de los paquetes a que estaban sujetos, permitiendo al consumidor escoger lo que deseaba y negociar cuánto quería pagar. De igual manera, las escuelas deberían abrir los paquetes que ofrecen y dejar que los alumnos escojan lo que desean pagar, a cuántas clases, o cursos online, desean asistir, en vez de producir investigaciones que jamás los beneficiarán. Hay muchas cosas que van más allá de la capacidad de ciertas escuelas, y ellas no deberían ser penalizadas por las agencias que producen rankings porque decidieron aplicar en la enseñanza los pocos recursos de que disponen. No debemos perder de vista el hecho de que la enseñanza, y no la investigación, es la razón por la que existe la universidad.

La presión es enorme y las tecnologías están en constante proceso de perfeccionamiento. Deberíamos estar discutiendo esas cuestiones antes de que llegue el tsunami.

Cómo citar a Universia Knowledge@Wharton

Close


Para uso personal:

Por favor, utilice las siguientes citas para las referencias de uso personal:

MLA

"¿Por qué las escuelas de negocios enseñan transparencia si practican ambigüedad?." Universia Knowledge@Wharton. The Wharton School, University of Pennsylvania, [06 marzo, 2013]. Web. [19 April, 2018] <http://www.knowledgeatwharton.com.es/article/por-que-las-escuelas-de-negocios-ensenan-transparencia-si-practican-ambiguedad/>

APA

¿Por qué las escuelas de negocios enseñan transparencia si practican ambigüedad?. Universia Knowledge@Wharton (2013, marzo 06). Retrieved from http://www.knowledgeatwharton.com.es/article/por-que-las-escuelas-de-negocios-ensenan-transparencia-si-practican-ambiguedad/

Chicago

"¿Por qué las escuelas de negocios enseñan transparencia si practican ambigüedad?" Universia Knowledge@Wharton, [marzo 06, 2013].
Accessed [April 19, 2018]. [http://www.knowledgeatwharton.com.es/article/por-que-las-escuelas-de-negocios-ensenan-transparencia-si-practican-ambiguedad/]


Para fines educativos/empresariales, utilice:

Por favor, póngase en contacto con nosotros para utilizar con otros propósitos artículos, podcast o videos a través de nuestro formulario de contacto para licencia de uso de contenido .

 

Join The Discussion

No Comments So Far