Una lección de historia, causas y consecuencias tras la crisis hipotecaria de Estados Unidos

La crisis financiera originada en Estados Unidos a causa de las hipotecas de alto riesgo (subprime) ha provocado que muchos inversores y financieros acudan ahora a los libros de historia para redescubrir e intentar evaluar cómo terminará esta crisis. Uno de ellos fue el ex presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan, que, además de comparar la crisis actual con la pasada, declaró a los medios que “el miedo como motor es mucho más potente que la euforia”. Sin embargo, un motivo para no interesarse por la historia, es que muchos banqueros han creído que la explosión de innovación en el mercado esta década ha reescrito las reglas de las finanzas. Muchos financieros han creado productos que distribuyen el riesgo de los créditos por los mercados financieros, alterando el funcionamiento del mercado.

 

Algunos analistas sospechan que un modelo mejor para analizar los hechos actuales sería lo que sucedió el 19 de octubre de 1987, cuando el Dow Jones sufrió su mayor caída en tiempos de paz: se desplomó un 22%, en un crash que se contagió a las bolsas de Europa y de Japón. Este colapso bursátil, que puso de manifiesto la interconexión entre las distintas bolsas del mundo, ocurrió en el marco del miedo a una recesión económica de Estados Unidos. Un país que contaba “con un enorme déficit presupuestario y se había producido un aumento desmesurado del gasto público”, apunta José Ignacio Galán, director de la cátedra iberoamericana en dirección de empresas y responsabilidad social corporativa del grupo Santander y profesor de la Universidad de Salamanca, España. “Ambas fueron por un sobreendeudamiento del sistema. La de ahora, ha sido por lo mismo, por una falta de capacidad de pago de hipotecas de alto riego. Las dos fueron a un nivel microeconómico”, compara Manuel Romera, director del sector financiero del Instituto de Empresa, en España.

 

Otros, la comparan con la crisis de 1998, cuando una tormenta en los mercados financieros de Asia provocó un inesperado impago sobre la deuda rusa, que llevó finalmente a la casi implosión del hedge fund Lorng-Term Capital Management (LTCM). “La crisis de 1998 fue debido a un hedge fund en concreto, que fue mal gestionado. Ahora, la crisis obedece a un producto en general, las subprime, y a un nicho del mercado hipotecario que representa el 13% del mercado inmobiliario estadounidense”, apunta Juan Ignacio Sanz, profesor de derecho mercantil de la facultad de derecho de la escuela de negocios ESADE. 

 

Las tres crisis, la de 1987, la de 1998 y la actual, presentan en común que, previamente, vivieron periodos largos de bonanza económica lo que, de forma natural, de acuerdo con la naturaleza humana, “condujo a la euforia de los inversores y a la relajación de los mecanismos de control”, señala Galán, quien asegura que, además, también se asemejan en que el epicentro se localiza en Estados Unidos y después se extiende rápidamente hacia el resto de economías.

 

Sin embargo, de acuerdo con los datos macroeconómicos y con los microeconómicos –beneficios empresariales- disponibles, al contrario que en la crisis de 1998, añade Galán, “la economía mundial de hoy está fuerte. Las tasas de crecimiento de los países desarrollados y emergentes son significativas. Pensemos que en China se están aumentando los tipos de interés para frenar el crecimiento y la inflación subsiguiente”. La particularidad de agosto de 2007 hace referencia a la existencia de instrumentos y técnicas financieras, “como la titulización y los derivados de crédito, que no existían entonces”, matiza Sanz. Ahora, señala, “se puede apreciar cómo unos préstamos concedidos en Iowa puede ocasionar pérdidas de fondos de inversión minoristas por todo el mundo”. La segunda gran diferencia respecto a crisis anteriores está en la actuación desarrollada por los reguladores, “que consiste en la inyección de liquidez en el sistema” y, en segundo lugar, “en la reducción –en el caso de EEUU- o el mantenimiento –en el caso europeo- de los tipos de interés”, continúa Sanz.

 

Ayer, la Reserva Federal recortó los tipos de interés en medio punto porcentual en un esfuerzo para detener las caídas registradas en los mercados de vivienda y de crédito. El recorte— el primero en cuatro años —hizo subir el valor de las acciones de las empresas americanas.

 

Crisis de confianza

Una crisis de liquidez lleva consigo una crisis de confianza. Las actuales turbulencias en los mercados han surgido por la desconfianza de los bancos a prestarse dinero entre ellos, porque desconocen cuál es su solvencia real, no tienen la certeza de volver a recuperarlo y tienen miedo de que estén expuestos a los problemas de las hipotecas de alto riesgo de Estados Unidos, una situación que amenaza con dañar, por extensión, a otros países además del estadounidense. Según Sanz, “la confianza es algo que depende de cada uno, motivo por el que se observa que las intervenciones de los reguladores han servido para amortiguar la caída, que no es poco, pero no para contrarrestar los miedos en los inversores”.

 

El Banco Central Europeo debería “haber actuado con más diligencia y contundencia para un problema muy específico y relativamente poco significativo si no hubiera generado un efecto bola de nieve que se ha extendido por toda la economía europea”, critica Galán. Y es que, en Estados Unidos, se ha atajado “relativamente bien” el problema, mientras que en Europa, dice, “los mercados no han respondido. Llama la atención que los índices europeos estén sufriendo mayores desplomes que los propios índices estadounidenses y que, además, estos desplomes se hayan producido con un desfase temporal”, compara. Romera considera que el BCE (Banco Central Europeo) debe ser “muy solvente en lo que diga y en lo que haga”.

 

Por su parte, Galán sugiere que los gobiernos “deberían proporcionar mucha más información. Porque cuanta más información y más transparencia, mejor. Deben revelar los datos reales que indiquen la presencia de una salud en la economía y en el crecimiento económico”. A las empresas, Galán les aconseja que dejen pasar desapercibido el tema. “Ellas deben centrarse en los clientes, los trabajadores, los proveedores, la organización y sobrevivir en los mercados u obtener una ventaja comparativa sostenible. Al final, una compañía que crea beneficio para los accionistas y se comporte de forma responsable y ética ante la sociedad y los diversos participantes de la empresa, será la que sobreviva y prevalezca en los mercados”, recuerda Galán.

 

Cómo minimizar el miedo de los inversores

Uno de los efectos del miedo y la pérdida de confianza de los inversores es, según Romera, “un paro en el sistema, ya que la gente no está dispuesta a prestar su dinero porque hay cierto miedo a que la capacidad de pago sea mermada”. Una característica esencial de ese miedo es que “no es controlable”, y su consecuencia directa, señala, “una oleada de ventas de activos financieros, por el temor de que esos activos incurran en pérdidas y, con ello, ocasionen una caída generalizada de los precios en bolsa. Por su parte, Galán calcula que la pérdida de confianza en los mercados financieros puede durar “uno, dos o tres meses. Pero lo que al final va a dictar quién es quién en el mundo empresarial es su capacidad de innovación, eficiencia, organización y competitividad en los mercados reales”. Por otro lado, Romera aconseja a bancos y empresas que “controlen muy bien los riesgos, sepan a quién prestan el dinero y hasta cuánto pueden llegar a endeudarse sus clientes. Tienen que prever que la crisis de liquidez puede llegar”.

 

Estimar cuánto tiempo puede durar la pérdida de confianza en los mercados, es algo que ni los propios analistas pueden aventurar. “La confianza ni se pierde ni se genera de un día para otro”, dice Galán. Y añade: “Yo no creo en las visiones catastrofistas propiciadas por algunos agentes, porque no disponemos de ninguna evidencia económica que nos conduzca a pensar que estamos en presencia de una recesión. Todos los datos, informes y previsiones apuntan lo contrario. Lógicamente, se producirá una ligera desaceleración, sobre todo en Estados Unidos. Sin embargo, la realidad es que la desconfianza se ha instalado y la confianza no se puede generar de hoy para mañana. Pero, seguramente, en dos o tres meses los mercados operarán con plena normalidad”. En la misma línea continúa Sanz, quien considera “que el temporal ya ha pasado”. Además, dice, “en octubre se tienen que publicar resultados de empresas financieras de Estados Unidos, y ahí se verá el impacto de las pérdidas en sus balances. Si no es tan grave, probablemente repunte en aquel momento”. Por su parte, Romera considera que es un problema “estructural, de solvencia”.

 

Wall Street está siendo fuerte y, además, “es quien ha indicado con sus movimientos de cotización lo que necesitaba el mercado”, señala Galán. La FED lo ha interpretado correctamente y ha respondido “con diligencia y acierto”. Por el contrario, al BCE “le ha faltado diligencia y habría podido interpretar un poco mejor la señal de los mercados”, continúa. Las inyecciones de liquidez han sido “correctas” pero, además, los mercados “han pedido y piden, de forma inequívoca, bajadas en los tipos de interés”, señala. Así, los hechos demuestran que los mercados “han reaccionado bien ante los comentarios de la FED, mientras que se han mantenido indiferentes para continuar posteriormente con las bajadas ante los mensajes del BCE”, evalúa Galán. Romera recuerda que es la FED la que “debe velar por la buena gestión de la economía, y es ella la que puede bajar los tipos para controlarla”.

 

La posición latinoamericana

Pero, ¿quiénes son los países más asustadizos ante la actual crisis? Los analistas no creen, en absoluto, que sean los latinoamericanos. En opinión de Romera, “éstos son países que, por costumbre, aguantan más momentos de tensión. Ya están más que acostumbrados a sortear momentos de crisis”. Tampoco así lo cree Galán, quien además advierte de que, en las próximas décadas, los mercados latinoamericanos experimentarán grandes tasas de crecimiento económico y desarrollo. “Si son capaces de dotarse de modelos organizativos sólidos que estimulen de forma simultánea la innovación y la eficiencia, veremos cómo las economías latinoamericanas experimentarán unos niveles de desarrollo sin precedentes”, presiente. Galán recuerda que las economías latinoamericanas son ricas en recursos naturales y en materias primas, “algo cada vez más preciado en el mundo de escasez y el escenario crecimiento económico en el que vivimos. Como decían los clásicos de la economía a Latinoamérica, sólo les hace falta ese otro gran factor de crecimiento económico: la organización”.

 

La mejor política de los bancos para atajar el miedo de sus clientes sería, en opinión de Galán, “seguir con un modelo de bajo riesgo, pero sin dejarse llevar tampoco por el pánico, porque entonces sí se podría estrangular la economía”. Romera añade que la banca debe dar “una imagen de solvencia y, ante la falta de liquidez, conseguir dicha liquidez de sus clientes”. Sanz, sin embargo, cree que ni la misma banca sabe cómo tranquilizar a sus clientes.

 

Definir quién es el responsable de la crisis es difícil. Probablemente, señala Galán,  “igual que ocurrió con el caso Enron, la responsabilidad es múltiple. Cada grupo de agentes tiene su responsabilidad en el resultado final: analistas, reguladores, empresarios, agencias de calificación de riesgos, medios de comunicación, inversores… En mi opinión, creo que el regulador europeo podría haber hecho un poco más. Asimismo, las agencias de calificación de riesgos podrían haber desempeñado un papel más relevante en las primeras fases, de modo que la crisis como tal no se hubiera producido. Sin embargo, la responsabilidad es difusa y múltiple”. Romera comparte la opinión de Galán, y responsabiliza la crisis “al mundo en el que vivimos, a los órganos reguladores, a los interventores del mercado. Desde la FED, por no haber automatizado lo suficiente, hasta las agencias de calificación de riesgos, por no haber detectado que los modelos eran ineficientes”. Sanz hace hincapié en los informes de las agencias de calificación crediticia, “unos informes que podrían no haber sido lo suficientemente transparentes en cuanto al riesgo de los activos financieros garantizados con las subprime”.

 

La acción política mundial debe velar por la economía

En este caso, la acción política mundial juega un papel determinante. Para Galán, en dos sentidos. “En primer lugar, porque tanto la acción política como la regulación son determinantes para abordar este tipo de situaciones esporádicas. En segundo lugar, porque la acción política mundial muestra de forma clara que el impacto de la crisis hipotecaria es prácticamente nulo en Europa”. Romera recuerda que el papel que debe desempeñar la acción política mundial es velar porque “la parte económica crezca mediante un crecimiento sostenido”. Para Sanz, su papel es “regular transparentemente los mercados financieros y las responsabilidades en caso de opacidad de riesgo”.

 

Las autoridades creen que la solución más viable es que cada banco exponga cuál es su situación real y comunique de qué provisiones cuenta para sanear las cuentas. Por su parte, los gobernantes saben que, hoy por hoy, no hay instrumentos para esta puesta al descubierto de los estados financieros de las entidades.

 

Para conseguir una visión real y fidedigna del sistema financiero, las autoridades pretender trabajar en el marco del Fondo Monetario Internacional (FMI) en cuatro ámbitos: evaluar la liquidez necesaria, gestión de riesgos, intercambiar información sobre las operaciones transfronterizas y supervisar las agencias de calificación.

 

Cuando la confianza vuelva a los mercados, la burbuja se desactivará. Galán comenta que, “en cualquier caso, periodos de reajustes son buenos para la economía. Cada burbuja tendrá su propio periodo de desactivación. Son más peligrosas las burbujas en los mercados reales y llevan más tiempo para desactivarse, que las burbujas como ésta, relativa a los mercados financieros”. Cuando los sistemas vuelven a tener capacidad de pago, añade Romera, “entonces se desactiva la burbuja”. Sin embargo, se prevé que el impacto de la actual crisis será reducido. “Todas las previsiones apuntan a que se mantendrán o desacelerarán ligeramente las tasas de crecimiento”, sostiene Galán. Aunque Sanz también cree que el impacto será leve, recuerda que “el número de financieras quebradas es importante”. Romera alienta a los bancos para que se “replanteen las políticas de riesgos”.

 

De la crisis de agosto de 2007, Galán saca tres conclusiones. Por un lado, recuerda que periodos largos de bonanza económica alimentan la euforia y la especulación que conducen a burbujas y fallos de mercado. También que la economía no se mueve por modelos económicos fácilmente predecibles y que el tipo de interés es un arma de doble filo. “Pensar exclusivamente en contener la inflación, cuando se produce un problema de crédito, puede producir un efecto no deseado y llevar a la desconfianza creciente en los mercados”. Por último, manifiesta que en ausencia de indicadores e información al respecto, “los reguladores deben actuar con diligencia y decisión, dejándose llevar por el propio mercado, con el único y exclusivo fin de que éste no pierda la confianza y, en su caso, reestablecerla”. Romera añade que “no se puede dejar dinero a perpetuo; que se debe saber la capacidad de pago de las personas que vas a financiar y distinguir muy bien entre tipos de interés fijo y tipos de interés variable”. Finalmente, “el mercado financiero opera a gran velocidad y, a veces, no se toma conciencia de los riesgos incurridos”, concluye Sanz.

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