A la una, a las dos… Glamour, codicia y fraude en Sotheby´s y Christie´s

Christopher Mason, autor de The Art of the Steal: Inside the Sotheby’s–Christie’s Auction House Scandal (El arte del robo: el escándalo de las casas de subastas Sotheby’s y Christie’s), cree que el billonario Albert Taubman recibió un trato injusto cuando fue enviado a prisión hace dos años por la práctica ilícita de pactar precios.

Pero el libro es algo más que una mera defensa del afamando promotor de centros comerciales, que en 1982 se convertía en propietario y presidente de Sotheby’s (llamada por entonces Sotheby’s Parke Bernet). Se trata de un relato pormenorizado y plagado de cotilleos sobre el funcionamiento interno de las dos empresas, famosas por subastar los multimillonarios cuadros, diamantes, esmeraldas y demás posesiones de ricos y famosos. Estos días el mundo del arte está escandalizado por el robo el 22 de agosto en el Museo Munch de Oslo de “El Grito”, de Edvard Munch, pero el libro The Art of the Steal trata sobre un tipo diferente de robo: la conspiración de las casas de subastas para pactar precios, las personas que estuvieron implicadas y cómo salió a la luz pública.

Mason relata empleando un estilo muy ágil los problemas –tanto personales como profesionales– de los muchos implicados en este drama, siendo dos de los más importantes Diana “Dede” Brooks, consejera delegada de Sotheby’s, y Christopher Davidge, su homónimo en Christie’s. Escritor independiente especializado en historias sobre el mundo del arte y la alta sociedad, el autor afirma haber realizado 2.400 entrevistas a 300 personas durante un periodo de dos años y medio para poder entretejer este relato de glamour y codicia.

Mason explica que los objetos de valor llegan a las casas de subastas debido a una “muerte, divorcio o deuda”. El propietario o los herederos necesitan efectivo. Desde sus comienzos, tanto Sotheby’s (fundada en 1744), como Christie’s (fundada en 1766) tratan de conquistar a las partes implicadas para conseguir ser depositarios de la venta, obteniendo normalmente un beneficio a través de una comisión que se cobra sobre la cantidad percibida por el vendedor.

Pero en los últimos años, la competencia entre estas dos casas para hacerse con las colecciones más importantes y que ocupan las primeras planas tuvo como consecuencia que tanto la una como la otra ofreciesen a veces incluso reducir a cero la comisión. Entre otros costosos alicientes, también llegaron a garantizar unos ingresos mínimos o se ofrecieron a llevar los objetos de gira por todo el país. Esto significaba depender de los beneficios obtenidos con las comisiones de las ventas de menor relevancia, así como de las comisiones cobradas a los compradores.

Cuando Sir Anthony Tennant, antiguo presidente de Guinness, pasaba a ocupar la presidencia de Christie’s en 1992, se lamentaba de que “dadas las prácticas en uso de las dos casas, no es de extrañar que ninguna fuese demasiado rentable”. Cuando en 1994 Tennant vio a Taubman en una galería de arte de Londres, se le acercó y le dijo: “Tal vez podríamos reunirnos”. A lo que Taubman accedió. Ahora recuerda que en aquél momento se preguntó: “¿Qué querrá de mi este individuo?”

Los dos acordaron reunirse en la residencia londinense de Taubman y, delante de un desayuno a base de huevos revueltos y salmón ahumado, se quejaron el uno al otro de las prácticas que consideraban malas para ambas empresas. Una de las quejas, entre otras, de Taubman era que Christie’s había desacreditado abiertamente la autenticidad de algunas obras de arte multimillonarias que habían sido puestas a la venta en Sotheby’s. Por su parte, Tennant criticaba la práctica de Sotheby’s de hacer donaciones a la asociación de caridad preferida de un potencial cliente para conseguir cerrar el trato.

Tennant también aprovechó la ocasión para señalar que la práctica de renunciar a la comisión de la casa de subastas para así lograr mejores lotes estaba erosionando los beneficios de ambas empresas. Si ambas acordasen no negociar con el vendedor la comisión, explicaba Tennant, significaría al año entre 12 y 15 millones de dólares adicionales extras para Christie’s y 18 millones para Sotheby’s. Mason describe como entonces los dos dijeron a Brooks y Davidge que “rematasen los detalles” sobre el tema de las comisiones. (Mason subraya que Taubman niega este punto.) Brooks comentó que, cuando recibió la orden, consintió en hacerlo aunque sabía que “estaba mal.”

Pasó un año sin que nada de esto se hubiese implementado. Pero entonces, en 1995, el mercado del arte sufría un bache, y Brooks y Davidge no sólo acordaron que era el fin de las comisiones cero, sino que además diseñaron una escala “no negociable” de porcentajes por tramos dependiendo de la importancia del lote. Mason explica que ambos consejeros delegados notificaron el acuerdo a sus respectivos presidentes. Los beneficios aumentaron en ambas casas como estaba previsto, especialmente tras la recuperación del mercado del arte los dos años siguientes.

John J. Greene, fiscal del Departamento de Justicia de Estados Unidos, que tenía una experiencia de 11 años persiguiendo diversos tipos de fraudes en el mundo del arte, recibía el soplo de que Sotheby’s y Christie’s habían acordado pactar los precios, pero no fue capaz de probarlo. No era nada inusual, señala Mason, que en cuanto una casa de subastas adopta una nueva política, la otra no tarde en imitarla.

Efectivamente, las sospechas de Greene se podrían haber quedado sólo en eso si en 1998 Christie’s no se hubiera hecho con un nuevo socio mayoritario. El nuevo propietario –el billonario francés Francois Pinault (cuya empresa Artemis era dueña de las zapatillas Converse, las maletas Samsonite, y la estación de esquí de Vail)–, despedía a Davidge, que llevaba 34 años en Christie’s, diez de ellos como consejero delegado.

Pinault creía que Davidge estaba más preocupado por su bienestar particular (por ejemplo, en que Christie’s le pagase 32.500 dólares al mes para poder disfrutar de un apartamento en Park Avenue, Nueva York), que en mejorar el negocio. Pinault tampoco tenía intención de pagar a Davidge ninguna indemnización por despido. Ese fue el momento en que Davidge revelaba a Patricia Barbizet, consejera delegada de Artemis, que Sotheby’s y Christie’s estaban involucradas en un acuerdo para pactar precios y que guardaba numerosas pruebas escritas que lo demostraban. Esos papeles, afirmaba Davidge, mostraban como Tennant había iniciado el complot.

Los abogados de Davidge creyeron acertadamente que podría utilizar dichas pruebas para negociar un acuerdo con los fiscales estadounidenses. Al Departamento de Justicia le era imposible hacerse con esos papeles de Davidge mientras éstos estuviesen en Londres. Y esos papeles eran la única evidencia física del acuerdo. Así que Davidge se propuso utilizar su poder negociador para conseguir inmunidad en cualquier demanda antimonopolio que se iniciase contra Tennant y Christie’s, así como contra sí mismo, a cambio de una indemnización de 8 millones de dólares que de otro modo no habría recibido. El propietario de Christie’s aceptaba el trato.

Aunque la colusión era también ilegal en el Reino Unido, escribe Mason, en aquel momento tan sólo se le condenó al pago de una multa por responsabilidades civiles. Pero bajo la Ley Sherman Antimonopolio, los cargos en Estados Unidos contra los presidentes y consejeros delegados de Sotheby’s y Christie’s implicaban fuertes cargos criminales.

Así es como Christie’s se puso a salvo. Pero no Sotheby’s.

El consejo de administración de Sotheby’s obligaba a Dede Brooks a dimitir como consejera delegada, pero ésta conseguía llegar a un acuerdo con el fiscal prometiendo testificar contra Taubman. Brooks fue condenada a tres años de libertad condicional, con seis meses de arresto domiciliario. Esto último significaba que, excepto en el caso de salidas autorizadas, tenía que permanecer en su vivienda de cinco millones de dólares de Manhattan.

Tan sólo quedaba Taubman, que en abril de 2002, a los 78 años de edad, ingresaba en prisión.

Mason no insiste en la inocencia de Taubman. Pero escribe que no era el tipo de hombre que solía hacer trampas, y que Taubman se había labrado la reputación de hombre honesto con sus acuerdos comerciales. Según Mason, Taubman era conocido, por ejemplo, por pagar el impuesto de Nueva York sobre los bienes adquiridos en Manhattan, aunque podría haber eludido el impuesto sacando dichos bienes del estado y enviándolos a cualquiera de sus múltiples casas. Además también pagaba los aranceles de los bienes que introducía en Estados Unidos en su avión privado, algo que muchos otros no hacían. En cualquier caso, Mason deja claro que, en su opinión, es injusto que Tennant, el promotor de la idea, y los dos consejeros delegados que la pusieron en práctica, no hayan pagado un precio ni por asomo similar al que ha tenido que pagar el presidente de Sotheby’s.

El escándalo no tuvo un efecto muy duradero en ninguna de las dos casas de subastas. Siguen siendo el destino elegido por los ricos y famosos. Recientemente Christie’s subastaba las posesiones de Doris Duke, la última millonaria del tabaco, mientras Sotheby’s gestionaba los bienes de Katherine Hepburn.

Tanto si se hizo o no justicia en el caso de Albert Taubman, de lo que no hay duda es que The Art of the Steal, el libro de Christopher Mason, consigue sobradamente hacer justicia de un escándalo empresarial cuyos intrincados detalles lo convierten en una lectura fascinante.

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"A la una, a las dos… Glamour, codicia y fraude en Sotheby´s y Christie´s." Universia Knowledge@Wharton. The Wharton School, University of Pennsylvania, [22 septiembre, 2004]. Web. [20 October, 2020] <https://www.knowledgeatwharton.com.es/article/a-la-una-a-las-dos-glamour-codicia-y-fraude-en-sothebys-y-christies/>

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