Costes y beneficios empresariales de respetar el medio ambiente

Las empresas ignoran el medio ambiente por su propia cuenta y riesgo. Cuando contaminan el aire y el agua, se convierten en el blanco de protestas, acciones judiciales y de la atención negativa de los medios de comunicación. A pesar de esto, los estudiosos tienen que enfrentarse todavía con cuestiones básicas como, por ejemplo, cuál sería la mejor forma de incentivar a las empresas para que no contaminen, y por qué algunas de ellas presumen de su adhesión a las normas ambientales, mientras que otras siguen despreciando la ley.

 

Los profesionales que participaron en la Conferencia Académica Global Compact de las Naciones Unidas, titulada Bridging the Gap: Sustainable Environment (Tendiendo puentes: medioambiente sostenible), realizada recientemente en Wharton, llegaron a diferentes conclusiones respecto a estas cuestiones. Jim Hagan, vicepresidente de salud y seguridad corporativa de medio ambiente de GlaxoSmithKline, dice que la motivación de su empresa, una de las mayores farmacéuticas del mundo, fue una combinación de pragmatismo y orgullo. En Glaxo llegaron a la conclusión de que la polución acarreaba costes, tanto en dólares como en perjuicio de su reputación. Además, deseaba ser vista como una empresa responsable en las comunidades donde operaba.

 

Michael Lenox, profesor de Gestión de la Universidad de Duke, analiza la situación de otro modo. Junto con dos colegas, examinó la razón por la cual las empresas deciden obtener certificación para sus sistemas de gestión ambiental de la Internacional Organization of Standardization (ISO), una institución de carácter privado. Llegaron a la conclusión de que las empresas lo hacen no con el propósito de agradar a los defensores del medio ambiente o para ser bien vistas por la prensa, sino con el propósito de enviar una señal a los consumidores en potencia. Su intención es que los consumidores sepan que se trata de socios confiables. “Imagina que Ford solicitase a sus proveedores que se certificasen para que pudiesen gestionar algún posible inconveniente resultante de las actividades de esos mismos proveedores”, explica Lenox.

 

Hagan comenzó su carrera en GlaxoSmithKline hace cerca de veinte años. En aquella época, sólo algunos pocos gerentes creían que la empresa estuviese contaminando el medio ambiente. “Colóquense en su lugar”, dijo Hagan. “Fabricábamos pastillas pequeñas, nuestras instalaciones son, por norma, muy limpias, hasta inmaculadas, yo diría. En una reunión que tuve con uno de nuestros vicepresidentes, me dijo: “Jim, eres una persona muy simpática, pero ¿por qué te contratamos? ¿Qué problemas medioambientales tiene nuestra empresa?

 

En el momento en el que el gobierno americano comenzó a medir asiduamente las emisiones tóxicas, los gerentes de Glaxo se dieron cuenta de que la empresa realmente contaminaba el medio ambiente. “¿Se acuerdan de la película Erin Brockovich? Glaxo presentaba patrones factuales semejantes a los que se enfrentó Pacific Gas & Electric en California, donde se desarrollaron los hechos de la película”, recordaba Hagan. “Hubo un episodio en Glaxo en el que un gerente de área, en California, creó un tanque para depositar agua contaminada; el tanque se rompió y el agua acabó contaminando el agua potable de la comunidad vecina”.

 

A diferencia de PG&E, Glaxo no intentó acabar con sus oponentes en los tribunales. La empresa llegó a un acuerdo con la parte afectada y realizó la limpieza de los lugares contaminados. “Gastamos más de 250 millones de dólares recuperando diversas áreas”, señala Hagan. “Aprendimos una lección: el medio ambiente es importante, y no sólo por motivos éticos. Su influencia marca diferencias en los beneficios de la empresa”.

 

Los ejecutivos de Glaxo aprendieron también que un historial medioambiental pobre puede pesar a la hora de evaluar los costes. Algunos gerentes de área, acostumbrados a ser vistos como líderes comunitarios, se vieron difamados por la prensa. “Eran individuos a los que recurrirías si quisieses crear un club a favor o en contra de alguna cosa”, dice Hagan. “De repente, empezaron a ser criticados en los editoriales de los periódicos. Después de eso, encontraron muy positivo poder trabajar conmigo”.

 

Al final, esas experiencias motivaron que Glaxo fuera más allá de la simple limpieza de lugares contaminados. La empresa decidió reducir la cantidad de residuo producido y anunció su recorte a la mitad en el plazo de cinco años. “Gastamos millones. En cinco años, conseguimos reducir las emisiones en un 99%. Fue algo que, a largo plazo, tuvo un reflejo positivo en los resultados de la empresa. Pasamos a fabricar medicamentos con un coste-beneficio mayor, y ya no tuvimos los problemas y costes derivados de tratar con las agencias reguladoras”.

 

Estos hechos hicieron que la empresa fuera más consciente de su impacto sobre el medio ambiente y fueron una motivación para intentar preservar su reputación de líder de la causa medioambiental. Esto significa intentar anticiparse a los problemas, en lugar de reaccionar ante ellos. Actualmente, por ejemplo, un equipo de científicos vigila “el impacto total del ciclo de vida” de cada medicamento fabricado por GlaxoSmithKline, señala Hagan. Miden todo, desde el residuo producido durante la fabricación hasta el volumen de residuos químicos expulsados por los pacientes que toman los medicamentos. “Nuestro mayor impacto sobre el medio ambiente ocurre en el momento en el que un individuo entra en el auto y se dirige a la farmacia para comprar un medicamento de Glaxo”, bromea Hagan. Bromas a parte, la empresa también está buscando medios para reducir este tipo de contaminación. Lo mismo que sus pacientes, los vendedores de GlaxoSmithKline recorren millones de kilómetros en visitas a consultorios médicos. La empresa se plantea ahora una forma más eficiente de vender medicamentos y comunicarse con los médicos, señala Hagan.

 

En vista del esfuerzo realizado por la empresa en la gestión del medio ambiente, sería un candidato ideal para obtener la certificación de sus sistemas por el ISO. A final de cuentas, la certificación sería para la empresa un gran motivo de orgullo. A pesar de todo, Lenox y sus investigadores asistentes – Andrew King, de Darmouth College, y Ann Terlaak, de la Universidad de Wisconsin, en Madison- constatan justamente lo contrario. No son las empresas limpias las que desean la certificación, sino las contaminantes, es decir, las que producen más emisiones tóxicas.

 

Para comprender el porqué de esto, es importante entender el proceso de certificación. Éste requiere que las empresas tengan sistemas de gestión ambiental (EMS, en sus siglas en inglés). No existe obligatoriedad de que alcancen metas específicas como, por ejemplo, la reducción del 20% de las emisiones contaminantes. Esta estructura –aprobación de los sistemas, y no de los resultados- hace que nos preguntemos qué es lo que la certificación prueba de hecho: revela quien son efectivamente los actores más cualificados o simplemente qué empresas están intentado mejorar. “Siempre hubo la creencia de que la certificación representa los agentes del bien; una señal de que los resultados de una empresa son de la más alta calidad”, observa Lenox.

 

La agencia de protección ambiental de los Estados Unidos ha analizado si las empresas certificadas merecen un tratamiento más rápido respecto a los permisos para emisiones. Con base a las investigaciones hechas por Lenox y sus colegas, la respuesta es que no. Al final de cuentas, los estudiosos llegaron a la conclusión de que esas empresas contaminan más que las que no han sido certificadas. “Es un descubrimiento chocante”, reconoce Lenox. “¿Cómo se comprende esto? A mis colegas les gusta recordar la analogía del modelo Buick de 1980 y del modelo BMW de 2002. Si es dueño de un Buick, seguramente contrató un plan de mantenimiento para su vehículo, por eso tiene un rendimiento mejor del que tendría si no tuviese plan alguno. A pesar de todo, ese rendimiento jamás será el mismo de un BMV 2002. Eso que las fábricas más viejas se están dando cuenta de que necesitan sistemas de gestión medioambientales capaces de lidiar con sus emisiones, mientras que las empresas más nuevas y limpias no ven necesidad de esto”.

 

Los tres estudiosos constatan entonces que la implementación de un sistema de gestión ambiental mejora los resultados de la empresa, pero que la búsqueda de la certificación de sus sistemas no redunda en ninguna mejora adicional. Si las empresas con mejores resultados no están buscando la certificación, tal comportamiento se explique, tal vez, por otro motivo cualquiera que no sea la ostentación de cuidar el medio ambiente, explica Lenox. De igual modo, si estuviesen interesadas únicamente en mejorar sus resultados, bastaría implementar los sistemas sin preocuparse de la certificación.

 

Entonces, ¿por qué las empresas quieren ser certificadas? Lenox señala que se trata de una forma de decir a los clientes: “Tal vez estemos contaminando, pero estamos intentando mejorar, por eso estamos atentos a nuestros resultados”. Si eso fuera verdad, las empresas que están localizadas, por ejemplo, a distancia de sus proveedores y clientes, tal vez sean las que se muestran más propensas a la certificación. Una empresa próxima a su clientela sólo tendría que invitarla a entrar para examinar sus operaciones. Pero otras que están más lejos, se verían obligadas a encontrar otros medios de transmitir el mensaje de que todo va bien- por tanto, empresas localizadas en áreas más distantes de sus clientes tienen mayor probabilidad de buscar la certificación.

 

Lo mismo se aplica a empresas íntimamente ligadas a sus proveedores. Se da el caso, por ejemplo, de una empresa que proporciona piezas de autos a una gran montadora. El proveedor se comporta prácticamente como una división de la empresa y, dada su proximidad, el mercado ya no vigila la relación entre ambos; es mucho más caro y toma mucho más tiempo para la montadora salir en busca de nuevos proveedores. Ambas partes son conscientes de eso, por tanto, el proveedor busca certificaciones para demostrar que continúa esforzándose en operar de manera eficiente.

 

Lenox denomina ese tipo de situación “condición asimétrica de información”. Cuando dos partes no disponen de la misma información, ambas se encuentran en una situación de asimetría. El ejemplo clásico de esto es la venta de un vehículo usado. Asumiendo la hipótesis de que el vendedor es el dueño original, él sabrá todo respecto al historial del auto, mientras que el comprador sólo sabrá lo que puede deducir de su inspección del vehículo.

 

¿Qué nos dice todo esto de la certificación? ¿Vale la pena? Los órganos reguladores, tales como el EPA (Agencia de Protección del medio ambiente), ¿deben darle crédito? “La certificación es una señal de que la empresa posee un sistema de gestión medioambiental, lo que sin duda deriva en mejores resultados”, resalta Lenox. “No es señal, sin embargo, de que la empresa obtenga resultados superiores. Por tanto, el EPA no debería refrendar esta idea, es decir, si tienes una certificación, esto significa que tus resultados son superiores a los de las demás. No es que esto sea del todo malo; pero no es algo en lo que algunas personas parecen dispuestas a creer.

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