Dificultades para la integración energética en América del Sur

La seguridad energética, es decir, contar con un suministro constante en América del Sur como es el gas natural se ha convertido en una prioridad política de los gobiernos de la región. Sobre todo cuando las principales economías del Cono Sur: Argentina, Brasil y Chile crecen a ritmos acelerados de la mano de la estabilidad macroeconómica que gozan en la actualidad. Fuentes de la Agencia Internacional para la Energía señalan que América Latina necesitará 1,3 billones de dólares en nuevas inversiones en el sector energético antes de 2030 para afrontar el incremento de la demanda.

 

Mientras países como Venezuela, Bolivia y Perú son exportadores netos de gas natural, otros son mayoritariamente importadores, como Chile. De ahí la convergencia entre productores y consumidores que intentan generar ambiciosos proyectos como el hoy en día menos probable Anillo Energético –que pretende llevar gas peruano a cinco países- o el más ambicioso y reciente plan de interconexión energética denominado Gasoducto del Sur, impulsado por Venezuela y sus desde ahora socios del Mercosur: Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, además de Bolivia.

 

Sin embargo, existen dudas sobre la viabilidad de la tan deseada integración energética de América del Sur considerando el actual escenario de conflictos diplomáticos y discrepancias comerciales que la asolan. Argentina y Bolivia recientemente acordaron un mayor precio por el gas natural que la primera le compra a la nación altiplánica, que ha buscado adaptar sus precios a la realidad internacional. Esto redundará en un aumento del precio del insumo que Argentina a su vez vende a un país netamente importador como Chile, al que Bolivia se niega a proveer directamente mientras éste no acceda a su histórica demanda de acceso al mar.  Brasil, Paraguay y Uruguay también deberán pagar más por el gas natural que compran a Bolivia y Argentina.

 

Entre la autonomía energética y la integración

Desde su delicada posición de país con mayor dependencia de las importaciones de gas natural e hidrocarburos -importa dos tercios de su consumo energético y el gas argentino representa casi un cuarto de la energía para electricidad- en Chile se aplauden las iniciativas de interconexión, pero al mismo tiempo no se pierde de vista el objetivo más anhelado: la autonomía energética.

 

En un encuentro con medios de prensa internacionales al que asistió Universia-Knowledge@Wharton, la ministra de Minería y Energía de Chile, Karen Poniachik, admitió las “grandes necesidades energéticas” de su país y por eso consideró que proyectos como el Anillo Energético o el denominado Gasoducto del Sur son opciones en el mediano plazo que Chile aplaude y tendrá en cuenta. “América Latina tiene el potencial para convertirse en un mercado integrado de recursos energéticos. Es un lugar donde puede existir complementariedad entre los productores y consumidores. Creemos que uno de los grandes temas en la actualidad es la seguridad energética y vamos a participar en todas las instancias que podamos, pero este es uno más de los frentes en que el país está trabajando, ya que nuestra prioridad es que necesitamos autonomía energética”, precisó la ministra.

 

Con ese objetivo en el punto de mira, la política energética del Gobierno presidido por Michelle Bachelet se basa en el fomento de nuevas inversiones, ya sean con alternativas de generación eléctrica a carbón o a través de la variante transportada desde otros continentes como es el gas natural licuado (GNL) en un horizonte de mediano plazo. De hecho, el Gobierno chileno busca mitigar el mayor costo y el menor suministro de gas argentino -por su mayor demanda interna- a través de exploraciones de gas natural en la zona austral de Magallanes y la construcción de un complejo para la regasificación de GNL que tiene previsto poner en operaciones en el año 2008. El gigante británico British Gas se adjudicó la fase final del proyecto que en su conjunto demandará una inversión cercana a 400 millones de dólares. 

 

Y a esas opciones también se suma un gran proyecto hidroeléctrico en la Patagonia chilena muy criticado por su impacto medioambiental. Se trata de los planes de la española Endesa y la compañía local Colbún de construir –con una inversión estimada de 4.000 millones de dólares- una serie de centrales hidroeléctricas en correntosos ríos de la turística región de Aysén que aportarían entre 2.500 a 3.000 MW al sistema eléctrico chileno, dependiendo de su diseño. “Hasta el momento sólo existen los estudios de prefactibilidad y nos pronunciaremos en su momento”, contestaba Poniachik a las preguntas sobre la sustentabilidad ambiental del proyecto, pero la ministra dejaba claro el camino: “Chile requiere energía. El país no puede darse el lujo de no utilizar sus recursos. Por eso estamos promoviendo inversiones de todo tipo en materia energética”.

 

La rentabilidad incierta de los gasoductos regionales

Al momento de evaluar los dos grandes planes de integración regional, los problemas que enfrentan también saltan a la vista. Paul Isbell, investigador principal para Economía Internacional del Real Instituto Elcano, sostiene en un reciente análisis que el Anillo Energético ha estado rodeado de dudas y problemas casi desde su anuncio. “Primero, aunque las reservas de la zona peruana de Camisea son considerables (unos 187.000 millones de metros cúbicos de gas), la nueva demanda de gas licuado en México y Estados Unidos está compitiendo directamente con los países del continente por el gas peruano y poniendo en duda la capacidad de Camisea de suministrar tanto a los mercados del norte como a los del sur. Sin incluir el gas de Bolivia, muchos piensan que el gas de Camisea, por sí solo, no será suficiente para hacer rentable el proyecto del anillo”.

 

En segundo lugar, aporta Isbell, “un antiguo conflicto entre Chile y Perú sobre la demarcación de la frontera marítima ha irrumpido de repente en las relaciones bilaterales durante 2005, poniendo incluso más en duda el futuro del plan”, afirma Isbell. No obstante, la llegada de Alan García a la Presidencia del Perú ha distendido las relaciones con Chile y abierto la puerta para un eventual comercio de gas natural. El propio García se manifestó dispuesto a vender gas a Chile en una visita a Santiago como presidente electo en junio último, viaje interpretado como un claro gesto de conciliación.

 

El Gasoducto del Sur es la iniciativa impulsada por Venezuela que incluye un tronco principal de 6.600 kilómetros y ramificaciones que lo llevarían a completar 8.000 kilómetros de ductos con una capacidad para distribuir 150 millones de metros cúbicos de gas cada día. Según el cronograma en estudio, la interconexión completa debería concluirse en 2017. Isbell señala que este nuevo gasoducto continental deberá superar “una larga cadena de obstáculos”, la primera de las cuales es la “formidable” inversión necesaria: sobre los 20 billones de dólares. El investigador del Real Instituto Elcano plantea que de todos los proyectos de gasoductos en la zona, el único que ya está en construcción, el gasoducto Gasene, que llevará el gas del sur de Brasil a sus estados del nordeste, “está experimentando un aumento de presupuesto importante y varias empresas involucradas han parado sus obras”. Isbell continúa afirmando que si la experiencia de este proyecto sirve como referencia “es posible que el Gasoducto del Sur termine costando incluso más que la suma actualmente estimada, especialmente teniendo en cuenta que es más que probable que el proyecto se enfrente a protestas ecológicas (y posiblemente a algunas indígenas) por su posible entrada en zonas vulnerables del Amazonas”.

 

Isbell agrega otros posibles inconvenientes al proyecto. Estas son las estimaciones de la industria que apuntan a que para distancias mayores a 3.000 kms es más rentable licuar el gas y exportarlo por vía marítima. “Con la posibilidad de que los costes del Gasoducto vayan a seguir aumentando, retorna la posibilidad de que tanto Brasil como Chile vuelvan a sus anteriores planes de apostar por una estrategia de gas natural licuado (GNL). Esta posibilidad genera incluso más incertidumbre. A la luz de los recientes acontecimientos en Bolivia y Viena, (donde en la última Cumbre UE-América Latina, el Presidente boliviano Evo Morales anunció que la exigencia de algunas empresas extranjeras de ser compensadas por la nacionalización no se llevará a cabo), una estrategia en favor del gas licuado -tanto para los consumidores como Chile, Brasil y Argentina, como para los posible exportadores futuros como Brasil mismo- parece más atractiva que nunca, si no imprescindible”.

 

Multiplicar las fuentes

Eduardo Saavedra, director del departamento de Economía de la Universidad Alberto Hurtado (UAH) de Santiago está de acuerdo en que el gas natural puede resultar hoy menos rentable versus una política de país orientada a la diversificación de las fuentes de energía. El académico ejemplifica el caso de Chile, que con excepción de la región de Magallanes, “vivió” sin gas natural durante muchos años. “El país tenía otros problemas asociados a la dependencia del agua para lo que es consumo eléctrico y todo lo que se requería de gas se producía a partir del petróleo. El gas natural desde Argentina vino a ser una especie de bendición. A Chile le permitió reducir el riesgo energético por el lado de la volatilidad del recurso agua, aunque sustituyéndolo por otro cual es que Argentina nos corte el suministro de gas”.

 

El académico de la UAH añade que en la práctica el gas natural llegó a Chile a reemplazar al carbón, que hace más de una década era un producto más caro y producido en condiciones menos eficientes. “Nos permitió a todos los chilenos consumir energía eléctrica entre 1997 y 2004 a precios más bajos que los que hubiéramos tenido. Si se miran las series de precios nudo (los precios de mayoreo) nos damos cuenta que caen fuertemente. Es por la entrada en operación de las plantas de ciclo combinado que son alimentadas por gas natural”. Saavedra recuerda que, desde 2004, Argentina decidió priorizar el consumo interno, apareciendo así las restricciones. “Entonces nos dimos cuenta de que ese riesgo de desabastecimiento es de naturaleza política y no un riesgo que se pueda cuantificar o diversificar. Depende del manejo que haga otro país, en este caso Argentina, de su política energética en cuanto a producción o distribución”.

 

Entonces, insiste Saavedra, el gas natural es un producto que fue barato, pero ya no lo es más cuando aparecen estos riesgos de corte del suministro. “La pregunta que todo el mundo se hace es  por qué el gas natural es más caro que el carbón. Si hay gas, es más barato, pero si no lo hay, resulta más caro. En ese sentido, la política energética de un país debe apuntar a la diversificación del riesgo o en otras palabras, multiplicar las fuentes”. El profesor agrega que el gas natural se ha convertido en un commodity si se piensa que se puede comprar en su variante de GNL. “Ello hace viable a las plantas de regasificación de GNL, como las que tienen en mente Chile y Brasil”, dice Saavedra. “Si se corta la llave del gas natural para siempre, tendremos que hacer como antes y dar las gracias por haber consumido barato durante un tiempo. Claramente, los que construyeron los gasoductos (entre Argentina y Chile) quizás hoy están evaluando si los rentabilizaron o no. Ese es otro tema. Son riesgos propios de los negocios”.

 

En un estudio publicado en 2004, el profesor del Centro de Economía Aplicada (CEA) de la Universidad de Chile, Alexander Galetovic, sostenía ya que la traída del gas natural argentino para generar energía eléctrica fue muy beneficiosa para Chile. “Si se pierde el gas argentino —advirtió en su trabajo—, el costo de generación de electricidad, sólo en el SIC (el sistema eléctrico del centro del país), aumentará en aproximadamente 350 millones de dólares por año. Esta pérdida es grande: equivale a 0,5% del PGB o a la mitad del valor de los acuerdos comerciales que Chile firmó con los Estados Unidos y la Unión Europea”.

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