El hundimiento del ‘Prestige’ saca a flote la importancia de la comunicación

La Costa da Morte es un puzzle de acantilados que protegen el norte de España. Sus rocas y desfiladeros retan cada día al Océano Atlántico, que intenta invadir las costas gallegas con un ejército de olas y temporales. En sus aguas duermen cientos de barcos hundidos y miles de leyendas sobre los tesoros que nunca llegaron a puerto. Su última captura ha sido el petrolero ‘Prestige’, cuyas entrañas, sembradas con oro negro, se rompieron en dos el pasado 19 noviembre. Los hijos de la catástrofe no tuvieron tiempo de llorar y saltaron con sus botes, redes y hasta con sus manos desnudas en ayuda de su mar, sus peces, mariscos y playas.

 

El Gobierno tardó una semana en enviar un representante, diez días en nombrar un responsable y veintidós en comparecer ante el Congreso para explicar las medidas tomadas durante la crisis, algunas de ellas, como la de alejar el barco de la costa, muy controvertidas. Cuando el 14 de diciembre José María Aznar, presidente del Gobierno, visitó por primera Galicia, la marea negra ya había atacado a Cantabria y al País Vasco y teñido toda la costa norte española. Para entonces, el huracán de la opinión pública y los medios de comunicación habían convertido al Prestige en una de las mayores crisis políticas del Ejecutivo.

 

El “Prestige”, un buque griego que navegaba con bandera de Bahamas, transportaba crudo para la filial suiza de un grupo petrolífero ruso. A pesar de que su hundimiento en la costa gallega ha causado daños tremendos en la industria pesquera y turística de la región, por el momento no se ha podido demostrar quién debe hacer frente a las indemnizaciones. Los expertos auguran que el caso Prestige terminará resolviéndose en un Tribunal internacional. Hasta entonces el gobierno español es el responsable de canalizar la ayuda inmediata tanto económica como material. Las críticas que recibió el gobierno se centraron en el manejo de la crisis.

 

“El Gobierno tardó mucho tiempo en reaccionar. Cuando se produce una crisis el tiempo de respuesta es muy importante y, en esta ocasión, fue demasiado largo. Yo no sé si fue por falta de información o por error de análisis, pero lo cierto es que, al principio, se intentó hacer creer que no había pasado nada”, asegura Antonio Cobelo, vicerrector de ordenación académica de la Universidad Antonio de Nebrija y doctor en ciencias de la información.

 

El Gobierno ha sido uno de los grandes perjudicados de la catástrofe del Prestige. La marea negra ha salpicado su imagen y su capacidad de gestionar situaciones de crisis. “En este tipo de situaciones, lo que está en juego es la responsabilidad. Por eso es tan importante responder a tiempo”, destaca el profesor del Instituto de Empresa Joaquín Garralda. En su opinión, “hay dos factores determinantes: el tiempo de reacción y tenerlo todo preparado”.

 

Junto con las fugas de centrales nucleares o eléctricas, desastres como el del Prestige son los que tienen más manuales de actuación y comunicación, ya que cumplen con todos los ingredientes para captar la atención de los medios. Las imágenes de los pescadores, recogiendo el fuel con sus propias manos, entraron en los hogares de todo el mundo. Miles de voluntarios viajaron hasta Galicia para intentar frenar la amenaza negra, considerada una de las mayores catástrofes medioambientales que ha vivido España.

 

Actuar, no buscar culpables

En menos de un mes, la Costa da Morte pasó del anonimato a ser un conflicto de Estado. O de Estados. Hasta la Unión Europea se vio salpicada por la tragedia. Durante los primeros días, antes del hundimiento, un cruce de responsabilidades enfrentó al Gobierno español con el portugués. La ubicación del petrolero en las aguas limítrofes entre estos dos países hizo que se preocuparan más por no verse implicados que por intentar encontrar la solución más rápida.

 

Cuando el Prestige comenzó a escorarse, la primera decisión de las autoridades fue intentar alejar el barco. La incertidumbre y la falta de una iniciativa clara convirtió la trayectoria del barco en un baile de distintos rumbos. La consecuencia de que nadie se quisiera hacer responsable de la catástrofe fue que el Prestige repartió su oscuro tesoro por todo el mar.

 

“En este tipo de situaciones, no se debe perder tiempo buscando culpables, sino que se debe empezar a tomar decisiones desde el principio. De hecho, uno de los fallos más comunes es enzarzarse en polémicas intentando eludir responsabilidades”, afirma el profesor Garralda, aunque reconoce que, en el caso del Prestige, “hubo un agravante: ninguna empresa se responsabilizó del buque. La bandera era de un país; el barco, de otra nacionalidad; y el país que iba a recibir el petróleo tampoco consideraba que fuese un problema suyo. Todas las acusaciones se dirigieron hacia el capitán del Prestige, Apostolos Mangouras, que fue encarcelado acusado de desobediencia a la autoridades españolas y de crimen medioambiental”.

 

No obstante Garralda defiende que no se debió perder tiempo buscando culpables. Como ejemplo de que es más importante actuar recuerda el caso de la multinacional Johnson & Johnson.

 

“Tylenol, un fármaco contra el dolor de cabeza de J&J, fue saboteado de la noche a la mañana: alguien introdujo veneno en estas pastillas. En vez de buscar culpables, la empresa tomó decisiones rápidas. Se enfrentó a la opinión pública, reconociendo que había sido víctima de un sabotaje, y decidió retirar Tylenol del mercado. Tampoco perdió el tiempo intentando descubrir qué partidas estaban envenenadas y cuáles no. Ahí estuvo gran parte de su acierto, porque no dio opción a la incertidumbre. A partir de ahí, aumentó la seguridad y, poco tiempo después, volvió a sacar el fármaco bajo una nueva etiqueta, lo que le permitió recuperar la credibilidad porque se trataba de otra hornada”.

 

El profesor Garralda destaca cinco errores de comunicación en el caso Prestige. “Primero, no se contaba con los canales de comunicación necesarios para que, desde el momento en que el buque comienza a escorarse, las máximas autoridades estén informadas. Si la información llega rápida, las decisiones también se pueden tomar rápidamente. Aquí estuvo el segundo fallo; se actuó tarde. Además, los mensajes a la opinión pública deben ser transmitidos por una alta autoridad, un miembro del Gobierno. Mariano Rajoy, vicepresidente de España, no se puso al frente del equipo de crisis hasta diez días después. El cuarto fallo estuvo en que se perdió demasiado tiempo buscando culpables, lo que retrasó la toma de decisiones. Por último, en estas situaciones hay que comunicar todos los pasos que se dan. Esto confiere credibilidad, centra la atención de la opinión pública y destaca los aspectos en donde se está actuando bien”.

 

Probablemente, donde más credibilidad perdió el Gobierno fue en los primeros mensajes que transmitió. “Cometió un error muy humano que fue, durante un corto periodo de tiempo, intentar tapar el problema”. A finales de noviembre, cuando la primera marea negra ya había sacudido las costas gallegas, el Gobierno se niega a hablar de marea negra, ante lo que la ciudadanía les acusa de subestimar el problema. “El mismo Mariano Rajoy dice que no se puede usar ese término mientras se está viendo por la televisión como el petróleo invade las playas”, recuerda Antonio Cobelo.

 

“La frase de las playas gallegas están esplendorosas que dijo Federico Trillo, ministro de Defensa, puede considerarse como un detalle anecdótico pero, en aquellas circunstancias, fue un tremendo error. Quizás lo dijo en un tono menor, pero en un proceso de comunicación de crisis es, inmediatamente, malinterpretado y resta credibilidad al Ejecutivo”, añade el vicerrector de la Universidad Antonio de Nebrija.

 

A la aparente falta de preocupación del Ejecutivo se sumó la polémica por la desaparición de Manuel Fraga, responsable del Gobierno gallego, que forma parte del mismo partido político que el Gobierno central. En la primera semana del conflicto, Fraga no acudió a las playas y tampoco estaba en Galicia. Los medios de comunicación dijeron que se encontraba en una cacería, lo que levantó las iras de los ciudadanos. El político gallego dijo, posteriormente, que se encontraba en Madrid reunido con su responsable de medioambiente. Cierto o falso, parte de la opinión pública no dio crédito a sus explicaciones.

 

Donde sí actuó con decisión el Gobierno fue en la ayuda económica a los damnificados. En la segunda semana del conflicto, considerada como fase aguda, se cifró en 42 millones de euros el alcance económico de la catástrofe y se aprobaron las primeras ayudas para los damnificados. En estas mismas fechas, Manuel Fraga, presidente del Gobierno de Galicia, reconoció que la decisión de alejar el buque pudo no ser acertada.

 

“En Estados Unidos, cuando pides perdón se interpreta como que reconoces que eres responsable y, entonces, abres la puerta a las denuncias. En Europa, por el contrario, el sistema legal es distinto, por lo que las empresas y gobiernos tienen más fácil pedir disculpas. En el caso Prestige, la gente esperaba algún gesto de las autoridades que demostrara preocupación y, también, reconocimiento de los errores”, destaca el profesor Garralda.

 

Oportunidad política

Hubo que esperar hasta el 19 de diciembre para que el presidente Aznar reconociera públicamente errores en la gestión de la catástrofe. Dos días más tarde compareció por primera vez ante el Congreso y el 14 de diciembre, un mes después del hundimiento, visita Galicia. “A todo el mundo le sorprendió que Aznar tardara tanto tiempo en comparecer. Sobre todo, cuando hacía pocos meses que el canciller alemán, Gerhard Schröeder, ganara las elecciones gracias a su rápida actuación ante las inundaciones que sacudieron el país”, añade Garralda.

 

En plena campaña electoral, Alemania se vio sacudida por un fuerte temporal que generó graves inundaciones. Desde el primer momento, Schröeder se desplazó a las zonas afectadas, creó un gabinete de crisis, midió el alcance de los daños y preparó las ayudas que iban a necesitarse. Todo este dispositivo le permitió salir fortalecido de la crisis. Rudolf Giuliani, alcalde de Nueva York, también supo tomar el mando ante los ataques terroristas del 11 de septiembre.

 

Todos estos ejemplos demuestran que, dependiendo de la actuación de los gestores, una situación de alarma puede llegar incluso a reforzar la figura de los que están al mando. “En situaciones de crisis lo difícil es afrontarlas. El problema no está en la parte técnica de la comunicación, sino en la psicológica de afrontar la crisis por parte del responsable”, destaca el vicerrector Cobelo.

 

“El hecho de que Aznar no acudiera en un primer momento es un error derivado del largo tiempo de reacción frente al shock. Llegó un momento en que dejó pasar demasiado tiempo”, añade Cobelo. Pero, tras la visita del presidente a Galicia, el Gobierno comenzó a tomar una postura mucho más activa. Sin embargo, por su reacción no pudo evitar los continuos ataques de la oposición ni el impacto mediático que tuvo Nunca Mais, un movimiento creado para exigir ayudas y evitar que se vuelva a producir catástrofes semejantes.

 

“El tiempo de reacción de Nunca Mais fue cortísimo. Prácticamente desde el principio tenían contratados a los publicitarios encargados de diseñar la bandera”, destaca Cobelo. Un fondo negro, atravesado por la banda azul gallega, abrazaba la leyenda Nunca Mais (nunca más), escrita en blanco. Esta bandera se convirtió en el símbolo de la opinión pública que, día tras día, inundaba las playas del norte para ayudar en las tareas de limpieza.

 

La marea de voluntarios, la repercusión de Nunca Mais y la proyección internacional del conflicto (medios de todo el mundo se hicieron eco de la catástrofe) marcaron el nuevo rumbo del Gobierno. Tras la visita de Aznar, con la tercera marea negra sacudiendo la costa, el Ejecutivo comenzó a tomar una actitud más activa y cercana: el 23 de diciembre promete ayudas por valor de 230 millones de euros, tres semanas más tarde cifra los gastos del desastre en mil millones de euros y, diez días después, aprueba un plan de 25.000 millones de euros para la reactivación económica de Galicia.

 

Es la fase postraumática, cuando los medios ya han empezado a dedicar tanta atención al desastre. Esto permite que el Gobierno tome la iniciativa y centre los mensajes en su rápida respuesta económica.

 

Con la herida del Prestige todavía abierta y sangrando petróleo, en el extremo sur de España, en Almería, se hundió la fragata Nautille. “Aquí el Gobierno actuó muy bien. Enseguida envió un representante, se puso al frente de las tareas de rescate, contó con la colaboración de expertos, se acercó a los afectados, dando una imagen más humana, y demostró que había aprendido la lección”, añade Gallalda.

 

Hoy, tres meses y medio después de la catástrofe, los mariscadores han vuelto a ver los amaneceres calzados con sus botas de trabajo y los trajes de faena. Los voluntarios siguen llegando a las playas, aunque en grupos más reducidos y coordinados por el gobierno local. El ejército, que en un primer momento se mantuvo ajeno al conflicto, lucha por levantar la costra de petróleo que viste los acantilados más peligrosos de la Costa da Morte.

 

Gonzalo, uno más de los miles de voluntarios anónimos, abandona Galicia con la mirada triste de quien sabe que el problema todavía no está resuelto. Aunque las aguas han vuelto a ser azules, el fondo marino guarda en sus entrañas las dos partes del Prestige. Los científicos afirman que su casco se romperá en 23 años. Hasta entonces, el Gobierno confía en poder extraer el oro negro del interior mediante bombeo.

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