El precio de la cura: Cómo las grandes compañías farmacéuticas pueden ayudar a la población pobre

¿Cuánto cuesta realmente curar una enfermedad que afecta a la población con menos recursos? De acuerdo con un nuevo plan cuyo objetivo es hacer frente a las lagunas de la innovación farmacéutica, que hace que millones de personas en el mundo en desarrollo padezcan enfermedades olvidadas por la industria, el valor real de una cura puede utilizarse para incentivar a los fabricantes de medicamentos a que creen medicamentos que ayuden a los más desfavorecidos.

En una charla llevada a cabo dentro del programa de investigación de estudios jurídicos y de ética en los negocios de Wharton y del departamento de filosofía de la Universidad de Pensilvania, Thomas Pogge, profesor de Filosofía y de Relaciones Internacionales de la Universidad de Yale, comentó su propuesta y destacó que se aplica al mercado. El plan crea una estructura de incentivos remunerados para los fabricantes de medicamentos basada en el impacto que un medicamento tiene sobre los resultados globales de salud.

Según el plan, los gobiernos pagarían 6.000 millones de dólares al año —menos del 1% del gasto actual— a las compañías farmacéuticas que acordaran producir nuevos medicamentos a bajo coste en los países menos desarrollados. Las empresas serían recompensadas con una remuneración que tomaría como base el impacto del nuevo medicamento sobre la salud global, dijo Pogge. Asimismo, describió los elementos básicos del Health Impact Fund (HIF) o Fondo de Impacto sobre la Salud en una charla titulada Fondo de Impacto sobre la Salud: Medicamentos para todos. El fondo fue diseñado por Pogge y contó con la colaboración de otros estudiosos y profesionales de la salud que formaron un grupo llamado Incentivos para la Salud Global.

Para el contribuyente, el retorno de la inversión realizada se materializaría con el abaratamiento de los precios para el consumo y también para las compañías de seguros de salud privadas y gubernamentales, además de la reducción de la ayuda extranjera, dijo Pogge, que trabaja en el plan desde hace cinco años. “Después de quejarme amargamente de las injusticias del mundo, quería ver si era posible proponer alguna cosa que lo mejorara un poco”, dijo.

De acuerdo con Pogge, el HIF se basa en la economía de mercado y permitiría que las instituciones públicas proporcionaran remuneraciones generosas para incentivar a las empresas a hacer el trabajo en la zona. No habría, parece, ninguna ventaja más, si exceptuamos el precio real del medicamento para la sociedad. Pogge estima que el fondo podría financiar dos medicamentos nuevos al año.

Un problema de escala global

Pogge destacó que la desigualdad y la pobreza aumentan cada día más en todo el mundo. El profesor recordó que de los 6.800 millones de personas del planeta, 1.000 millones sufren desnutrición crónica; 2.000 millones no tienen acceso a medicamentos básicos y 884 millones no disponen de agua potable segura. Estas condiciones provocan un tercio de todas las muertes cada año, o cerca de 50.000 al día.

Buena parte de la desigualdad económica del mundo y de la pobreza persistente ya no es resultado de las estructuras gubernamentales o de las condiciones de países específicos, dijo Pogge, sino de las condiciones que han evolucionado junto con el crecimiento de la globalización. “Cada vez más las reglas que gobiernan nuestras vidas y la economía son fijadas a nivel mundial, y no nacional”.

La formulación de políticas a nivel planetario es algo menos transparente aún y está más sujeto a la parcialidad que los esfuerzos de las naciones de forma individual, añadió. Las negociaciones se realizan siempre a puerta cerrada y bajo una fuerte influencia de lobbies, sobre todo de los que representan a las empresas multinacionales. “No debería sorprendernos que el resultado de la disputa entre esos pesos pesados tenga como resultado normas que atiendan a sus demandas”, dijo. “La globalización, en ese aspecto, tiene un impacto negativo sobre los pobres porque concentra el poder que influye en las normas”.

Como ejemplos, Pogge citó las normas del comercio global para la agricultura, que protegen a los países ricos, los cuales, por su parte, subsidian las exportaciones de sus agricultores. Él citó también las normas globales del sistema bancario, que permiten que el “dinero sucio” deje los países carentes de capital por medio de la evasión de impuestos y de fraudes con el único propósito de beneficiar a los bancos occidentales. “Las instituciones globales crean situaciones que perjudican a los pobres”, dijo Pogge. “Si fuera posible cambiar ese estado de cosas, o por lo menos atenuarlas, las oportunidades de erradicar la pobreza serían mayores”.

El precio de los medicamentos en todo el mundo está influenciado por la Organización Mundial del Comercio (OMC), una institución global que regula el comercio internacional, inclusive las patentes de los medicamentos. Pogge cree que las políticas de la OMC han permitido que las compañías farmacéuticas logren 20 años de protección muy lucrativa para sus patentes en el ámbito de los 153 países miembros de la organización, teniendo como resultado precios elevados en las naciones pobres que no pueden producir drogas genéricas más baratas. “No me interpreten mal. Admiro mucho la globalización. Es algo fantástico”, añadió. “¿Pero cuáles son los criterios que rigen las normas? Actualmente, se establecen los criterios contando muy poco con la inmensa mayoría de la población”.

Pogge citó varios problemas del sistema actual, como el precio elevado que las compañías farmacéuticas cobran por los medicamentos protegidos por patente. Los fabricantes financian la innovación, el marketing y otros gastos por medio del aumento sustancial de los precios de los productos que, en realidad, les cuestan muy poco. Pogge añade que las patentes protegen las marcas de medicamentos de la competencia de precios. De esa forma, los medicamentos que podrían salvar vidas se quedan fuera del alcance de la mayor parte de la población de los países pobres. Los grandes aumentos desincentivan el desarrollo de medicamentos para el tratamiento de enfermedades que plagan el mundo en desarrollo, ya que las empresas pueden ganar mucho más tratando a los enfermos de los países más ricos que están en condiciones de pagar precios más elevados por medicamentos destinados al tratamiento de la diabetes y las enfermedades cardíacas. Pogge dijo que, aunque la estructura de remuneración incentiva la investigación de medicamentos que alivian los síntomas de la enfermedad, en realidad no las curan. Si los síntomas del paciente son tratados, pero él o ella continúan enfermos, las compañías farmacéuticas tienen un cliente para toda la vida.

Además, el sistema de patentes estimula las disputas legales, que son un verdadero desperdicio y acaban con recursos que podrían ser destinados al descubrimiento de medicamentos, dijo Pogge, añadiendo que las diferencias significativas de precios de los productos patentados también son un incentivo para la producción de medicamentos falsificados. Esos medicamentos, o aquellos que contienen sólo un pequeño porcentaje de los ingredientes activos del medicamento, pueden llevar a la propagación generalizada de enfermedades resistentes a fármacos. Los costes excesivos de marketing son otra consecuencia del actual sistema de patentes, dijo Pogge. Frente a los retornos financieros tan altos, las empresas prefieren invertir en marketing un dinero que podría ser destinado a investigación. Por último, Pogge cree que la estructura actual no ayuda a solventar el problema de la “milla final”, es decir, aquellos obstáculos típicos de los países pobres, como la falta de médicos y equipos de diagnóstico.

Midiendo el valor real de la cura

De acuerdo con Pogge, su objetivo no es atacar a las empresas farmacéuticas. En realidad, él cree que las empresas están actuando racionalmente dentro del ambiente de negocios existente. “La responsabilidad no es de ellas; es nuestra”, dijo. “Somos nosotros quienes tenemos que establecer reglas para las compañías farmacéuticas, de tal manera que su inventiva y su ingenio creativo se canalicen hacia la cura de enfermedades”.

El elemento clave de la propuesta del HIF de Pogge consiste en la evaluación del impacto de un nuevo tratamiento sobre el bienestar, según el volumen de ventas, obteniendo muestras del uso real y los beneficios, además de los datos relativos a la salud de la población. Esas informaciones se obtendrían de análisis clínicos, pragmáticos o prácticos, y de cifras que calcularían el coste global de la enfermedad. Las evaluaciones estarían basadas en años de vida ajustados a la calidad, normalmente utilizados en la salud pública para medir tanto la calidad como la cantidad de vida ganada gracias a los cuidados médicos. A cambio de la remuneración basada en evaluaciones, la compañía farmacéutica acordaría otorgar la licencia del producto al fabricante de coste menor en un intento de reducir el precio del medicamento.

Con el HIF, Pogge espera que las compañías farmacéuticas comiencen a trabajar en diversos medicamentos prometedores que tienen en su porfolio, pero que nunca desarrollaron totalmente debido a la incapacidad del público objetivo de pagar por ellos. “Es muy posible que aparezcan rápidamente varios medicamentos que antes estaban guardados en el armario”, dijo.

El coste de las evaluaciones para el fondo sería del 10% de su valor, pero eso redundaría en beneficio de la salud global, dijo. Además de determinar el valor exacto de los incentivos, el proceso de evaluación realizado por el HIF ayudaría también a desarrollar datos sobre la eficacia de medicamentos que podrían ser usados para orientar a los médicos, lo que proporcionaría un tratamiento mejor para sus pacientes. Pogge resaltó que hoy en día se están haciendo pocos análisis de ese tipo, con la excepción del trabajo del Instituto Nacional de Salud y Excelencia Clínica de Gran Bretaña, fundado en 1999 con el objetivo de evaluar qué medicamentos y tratamientos proporcionan el mejor valor para el servicio nacional de salud. El HIF también beneficiaría a los pacientes del mundo desarrollado, dice Pogge. De entrada, el programa financiaría medicamentos que marcarían una gran diferencia para la población pobre, ya que se pagaría a las empresas de acuerdo al impacto de los medicamentos sobre la salud. Pero como la salud en el mundo desarrollado mejora con el tiempo, Pogge espera que el “fruto maduro” se agote y que las compañías farmacéuticas innovadoras pongan en acción el programa de tratamiento de enfermedades que afectan a otras poblaciones. Pogge destacó que, en la era de los viajes aéreos, las enfermedades se esparcen fácilmente entre los países, independientemente del nivel de riqueza de cada uno.

Pogge reconoce que las compañías farmacéuticas “no quieren ni oír la palabra ‘evaluación’ pronunciada en relación a sus productos” porque asocian tal esfuerzo a precios más bajos. Él dijo que las compañías farmacéuticas ahora tienen mucho cuidado a la hora de crear productos para el mundo en desarrollo debido a lo que ocurrió con Merck. La empresa construyó carreteras e infraestructura en África para facilitar la distribución de un medicamento para la cura de la llamada ceguera del río. Aunque el programa haya sido elogiado por los gobiernos y organizaciones sanitarias sin fines de lucro, su implantación fue cara. “La historia que circula por las compañías farmacéuticas es la siguiente: ‘Nunca más. No quiero desarrollar un medicamento que tal vez funcione en el mundo en desarrollo. Si tengo uno, lo guardo en el armario y le digo a todos los que conocen su existencia que cierren la boca”, dijo Pogge.

Él cree que los investigadores de los laboratorios farmacéuticos están cautivados con su propuesta, ya que muchos se sienten frustrados por el hecho de que su trabajo raramente mejora de forma significativa la salud de las personas. Esos científicos se decantaron por la investigación pensando en crear productos revolucionarios, dijo, pero ven cómo los ejecutivos de la empresa casi siempre orientan su trabajo hacia productos lucrativos, y no para salvar vidas.

Pogge espera que, en el futuro, se desarrollen modelos semejantes al HIF para impulsar la innovación en otras áreas tecnológicas en que las necesidades sociales continúan sin ser atendidas por los incentivos económicos tradicionales. Como ejemplos, él cita la tecnología verde que ayudaría a atenuar los efectos del cambio climático, e innovaciones agrícolas, que aumentarían la productividad de los cultivos por hectáreas. Según Pogge, el principal objetivo de su programa consiste en permanecer práctico y atento a una propuesta modesta que funcione en la esfera de la política. “El HIF tiene la ventaja de no ser un programa de ayuda al desarrollo, y sí algo que es bueno para cualquier empresa farmacéutica. El contribuyente también saca provecho de ello, y los pacientes de los países pobres son los mayores beneficiados”.

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