Globalización: más productores, no suficientes consumidores

Para el profesor de derecho de Wharton Philip Nichols, la palabra “globalización” es una de las más utilizadas tanto en la lengua inglesa como en otras lenguas.

En otros momentos ha sido utilizada con connotaciones de cambios en la tecnología, cambios en la psicología, cambios en el modo en que la gente establece relaciones, o como una invención de los líderes mundiales para lograr una mayor integración –u opresión, dependiendo de qué punto de vista-.

Como moderador del debate sobre las promesas y riesgos de la globalización que tuvo lugar en el IV Latin American Regional Alumni Meeting de Wharton en Miami a principios del mes de julio, Nichols sugería su propia definición de la palabra: el modo en que los países cambian sus instituciones para adaptarse al mundo.

Sea cual sea su definición, hay un tema que surge claramente a partir del debate: la globalización representa cambios, o al menos la necesidad de cambios.

Para Julio Ramírez, presidente para el Caribe y Latinoamérica de Burger King, los cambios asociados a la globalización han sido graduales. En toda Latinoamérica, al igual que en Estados Unidos, las hamburguesas de Burger King se hacen a la parrilla. Después de todo, la parrilla es “el secreto” de Burger King, la característica que distingue a sus hamburguesas de las de las cadenas competidoras. Pero no busques –añadía Ramírez-, el desayuno estándar de salchichas y galletas o crepes en nuestros establecimientos de Latinoamérica. Así, para adaptarse a las preferencias locales y eludir la creciente competencia de las cadenas locales de comida rápida, los establecimientos Burger King en Latinoamérica ofrecen desayunos autóctonos.

Luego está el servicio de reparto de hamburguesas, añadía Ramírez. Parece ser que la cadena americana de pizzas Domino´s irrumpió en México muy por delante de su consumado rival Pizza Hut. En el modelo empresarial de Domino´s las pizzas se entregan en el domicilio de los clientes en lugar de dentro del restaurante. Así, los consumidores mexicanos decidieron desde el principio que el reparto a domicilio formaba parte de la cultura gastronómica americana. Ahora Burger King reparte hamburguesas puerta a puerta en seis países latinoamericanos. El éxito –concluye Ramírez-, adopta diferentes formas en diferentes lugares.

Mientras Burger King y miles de otras empresas están operando en mercados locales de todo el mundo, gran parte del debate que tuvo lugar durante la conferencia se centraba, no en la globalización a través de la adaptación, sino en el muy discutido tema del comercio internacional y los cambios necesarios para mejorar su funcionamiento. El consenso fue que los gobiernos hablan muy bien de todos los beneficios asociados al libre comercio, pero se dan media vuelta y protegen sus industrias que están siendo amenazadas por productores más eficientes. Esta distinción es especialmente cierta –decían los participantes latinoamericanos-, para los países desarrollados, que protegen a sus productores de la competencia existente en los países en desarrollo.

Ira S. Shapiro, abogado mercantil y antiguo consejero general de la Office of the United States Trade Representative, admitía que Estados Unidos tiene reputación de usar en exceso y abusar de las leyes antidumping. A pesar de reconocer que los economistas normalmente están de acuerdo en que el bienestar de los consumidores es mayor cuanto más liberalizado esté el comercio, “la realidad política es que los gobiernos protegen a sus productores”, afirmaba. Además de señalar que el Congreso de Estados Unidos apenas había aprobado las liberalizaciones comerciales negociadas en los 90 en la Ronda Uruguay, Shapiro decía que el comercio “es algo enormemente conflictivo y siempre hay alguien que se siente ofendido”.

Incluso los países en desarrollo no son inmunes a la competencia. El avance de la globalización está creando una intensa competencia que los gobiernos ya no son capaces de gestionar, explicaba Jorge Montealegre, inversor en Costa Rica. Por ejemplo, México hizo bien muchas cosas; en lugar de continuar especializado en el petróleo, diversificó su economía, creó incentivos para atraer hacia el país a fábricas manufactureras y entró a formar parte del Tratado Norteamericano de Libre Comercio, NAFTA. No obstante, algunas de las fábricas que se instalaron en México durante la pasada década se están yendo a China, cuya mano de obra es mucho más barata. El floreciente negocio textil de Centroamérica se verá amenazado cuando sus cuotas desaparezcan dentro de unos años, existiendo la posibilidad de que China gane todavía más parte de ese negocio. “En la globalización nadie está al mando”, decía Montealegre.

El debate sobre comercio, de hecho dominado por temas país-contra-país y empresa-contra-empresa, incitó a que uno de los miembros de la audiencia sostuviese que la globalización no existe. “Las posiciones de los países y empresas son muy individualistas”, decía, y no representan todos los escenarios económicos internacionales. Para que haya una globalización verdadera es necesario que las empresas y gobiernos tomen decisiones “geográficamente neutrales”, algo que claramente no está ocurriendo a gran escala. Para ser verdaderamente globales –sugería-, las empresas deben tener directores y managers de diferentes países del mundo. “Olvídate de la globalización. De lo que realmente necesitamos hablar es de comercio internacional”.

Pero Shapiro, sosteniendo que la globalización no es un mito, respondía que el proceso de globalización “no borra del mapa los intereses nacionales o los provincianos intereses corporativos”. Señalaba, como evidencia de que la globalización es una realidad, los extraordinarios avances de los últimos años en comunicaciones, tecnología y transportes, los cuales han cambiado el funcionamiento del mundo. Sólo hasta hace bien poco –subrayaba-, gracias a las tecnologías de las comunicaciones ha sido posible que las empresas estadounidenses creasen centros de recepción de llamadas en la India y sus clientes fuesen atendidos por alguien que trabaja en Calcuta y que tiene acento del medio oeste. Igualmente, señalaba que la ingeniería de software puede hacerse, y de hecho se hace, en cualquier parte. “Este es nuevo mundo en el que globalización es la palabra apropiada”, comentaba.

Ramírez, que ha trabajado a las órdenes de diferentes propietarios de la cadena Burger King, afirmaba que la globalización es algo evidente para él con el cambio definitivo del punto de vista de los consejos de administración, que ahora ya no se centra en el crecimiento en el mercado doméstico sino en buscar el crecimiento en aquel lugar del mundo en el que se encuentre.

En términos generales los participantes se mostraban de acuerdo en que la globalización ha mejorado las vidas de gentes de la mayoría del mundo. “Su bienestar ha aumentado, tienen más información, más elecciones y mayores esperanzas”, decía Nichols. Efectivamente Burger King ha creado oportunidades de empleo e incluso oportunidades profesionales en todos los sitios del mundo en los que se ha localizado, añadía Ramírez.

Pero los cambios a mejor han sido más lentos de lo que a algunos participantes les gustaría. A pesar de complacerles saber que existe la opinión generalizada de que los mercados abiertos y la reducción de las barreras al comercio son el mejor modo de crear prosperidad global, la “globalización y el mayor volumen de comercio no han sido capaces de proporcionar suficientes beneficios a una parte considerable del mundo”, decía Shapiro.

El problema –señalaba-, es que en el mundo no falta gente de talento y trabajadora, que con una formación y medios adecuados, podría ser tremendamente productiva. Así, se convierten en productores mundiales antes de convertirse en consumidores mundiales. “El verdadero reto es tener las estructuras sociales necesarias para que la gente pase a formar parte de la clase media y consuma“ bienes y servicios, explicaba. “De no ser así, seguiremos teniendo exceso de capacidad”.

Pedro Palme, un economista venezolano, estudiaba este mismo problema pero desde un punto de vista ligeramente diferente. Así, sostenía que no hay suficientes mercados de gran tamaño como para absorber la creciente capacidad productiva de las industrias de rápido crecimiento. “La globalización necesita mercados globales”, afirmaba. “Para crear esos mercados es necesaria la integración económica, pero conseguirla no es fácil debido a las diferencias económicas, de educación y de ventajas competitivas”.

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