Kiva: Cómo mejorar la vida de las personas con un pequeño préstamo

Prácticamente todo el mundo dijo a Matt y Jessica Flannery que su idea de un sitio web en el que las personas pudieran hacer microcréditos a prestatarios individuales del mundo en desarrollo no funcionaría.

 

Los inversores de capital riesgo no conseguían entender cómo alguien podría ganar enormes sumas de dinero con préstamos muy pequeños. Las fundaciones no apoyarían algo que fuera percibido como comercio, y no caridad. “Nos encontrábamos en un espacio extraño de espíritu emprendedor social tratando de luchar contra la idea que las personas tenían de nosotros”, recuerda Matt Flannery. Un amigo abogado llegó a decir a Flannery que la web sería ilegal. “‘Simplemente no puedes prestar dinero a alguien en Uganda y pedir a la persona que posteriormente pague el préstamo y creer que todo está bien. Si haces eso, vas a llamar la atención de alguien. Un día, van a acabar llamando a tu puerta pidiendo explicaciones”, dijo Flannery. “Leí todo el material de derecho disponible sobre el asunto y no constaté nada que dijera que el procedimiento fuera ilegal. Entonces nos pusimos mano a la obra”, añadió.

 

Fue una decisión profética. Hoy, la web creada por los Flannerys — Kiva.org — es una de los más visitadas y más modernas de Internet. Un analista de Internet la comparó con un servicio de citas online, y hasta Bill Clinton elogió sus virtudes. Los 270.000 acreedores de Kiva — personas que, en general, hacen préstamos a través de la tarjeta de crédito, en cantidades de 25 dólares en cada transacción — financiaron a prestatarios en lugares tan distantes como Tanzania y Tayikistán. Los préstamos han ayudado a 40.000 prestatarios en 40 países, por un total de 27 millones de dólares en financiaciones. La práctica de la microfinanciación obtuvo gran visibilidad cuando Muhammad Yunus y su Banco Grameen ganaron el Premio Nobel de la Paz en 2006 por ser pioneros en ese campo.

 

Kiva, fundado en 2005, ha tenido tanto éxito que ya han surgido algunos clones: el año pasado, eBay lanzó una web de préstamos llamado MicroPlace. Flannery, consejero delegado de Kiva, y Premal Shah, presidente de la empresa, hablaron sobre el negocio y su evolución durante el Congreso sobre Microfinanciación realizado en la Universidad de Pensilvania.

 

Un cruce entre Google y el cantante Bono

Kiva combina la osadía emprendedora de Google con la buena apariencia del cantante Bono, vocalista de la banda de rock U2. Con eso, los Flannerys consiguieron vincular dos tendencias socioeconómicas recientes — el networking social y la microfinanciación. Éste último busca mejorar la condición económica de las poblaciones en el mundo en desarrollo concediéndolas pequeños préstamos en lugar de donaciones. Se trata de un intento de casar la disciplina de los mercados con el espíritu caritativo tradicional de la ayuda extranjera.

 

Siguiendo el ejemplo de las webs de relaciones sociales, Kiva muestra los perfiles de los candidatos a obtener un préstamo. Los acreedores analizan los perfiles disponibles y conceden préstamos a las personas que más llaman su atención. Los posibles prestatarios son escogidos de acuerdo con su nacionalidad, sexo, tipo de negocio o nivel de necesidad, entre otros factores. Las viudas africanas suelen despertar mucho interés, mientras que la población masculina de América Central — así como los carniceros — tienen menos apoyos. (Los acreedores también pueden hacer su perfil visible— Kiva destaca a los acreedores individuales y los préstamos hechos por ellos).

 

En el momento en que un acreedor concede un préstamo, la empresa envía el dinero a una institución de microcrédito, o MFI, en el país de origen del prestatario. El MFI — Kiva hace negocios con cerca de 100 de esas instituciones — desembolsa los fondos y trabaja con el prestatario para garantizar que la liquidación del préstamo ocurra en el plazo correcto. En la jerga de la industria bancaria, el MFI se encarga del servicio del préstamo.

 

Los acreedores de Kiva no pueden cobrar intereses sobre los préstamos concedidos, y la empresa no cobra intereses a los MFI. Pero éstos cobran intereses a los prestatarios del mundo en desarrollo. Ese acuerdo crea una fuente de financiación de bajo coste para las MFI y también les permite generar fondos para la financiación de sus costes operacionales. Idealmente, un acreedor de Kiva vuelve a prestar su capital en el momento en que se lo devuelven, creando un ciclo virtuoso. De acuerdo con Shah, “un 97% de nuestros préstamos activos están al día, siendo el índice de incumplimiento inferior a un 1%”.

 

Desafortunadamente, los acreedores todavía no se han situado en el segundo paso del proceso. “Nos encontramos hoy en día ante un desafío, porque las personas cuyo dinero prestado ha sido devuelto no renuevan las ofertas de préstamos”, señaló Flannery. “Ellas simplemente mantienen el dinero parado en su cuenta de Kiva. Tal vez no sepan que ha sido utilizado como préstamo. Tal vez crean que se trataba de una donación. Por lo tanto, tenemos cerca de tres millones de dólares actualmente en el banco sin ninguna aplicación”. El desafío de Kiva consiste en conseguir que, a través de anuncios por correo electrónico y de notas colgadas en la web, estas personas vuelvan a hacer nuevos préstamos.

 

Kiva, una institución sin ánimo de lucro, se financia, conforme dice Flannery, “mediante propinas”. La empresa pide, específicamente, que los acreedores hagan una contribución voluntaria a la institución cada vez que hacen un préstamo. “Recibimos cerca de un 8%”, dijo Flannery. “Por lo tanto, si nuestros acreedores prestan un millón de dólares, recibimos 80.000 para el pago de nuestros ingenieros y programadores”. Actualmente, Kiva tiene un equipo de cerca de 25 personas en su sede en San Francisco.

 

La importancia de una buena prensa

Desde el principio, los Flannerys y Shah se preocuparon de promocionar la web, corriendo con los costes iniciales de la empresa con su propio dinero. En la época, Matt Flannery desarrollaba programas de ordenador para TiVo mientras Shah trabajaba para eBay. Al final, no fue preciso buscar fondos a través de terceros, porque Kiva comenzó a aparecer en los medios de comunicación. Con eso, los posibles acreedores empezaron a buscar la página web. Primero, comenzaron a divulgar blogs como el de Daily Kos. Después, los medios impresos y la cadena de televisión gubernamental PBS y, por último, la presentadora Oprah dedicaron parte de su programa a la empresa. “En PBS, la divulgación de nuestro web en el programa Frontline multiplicó por diez el índice de crecimiento de la empresa de la noche a la mañana”, dijo Flannery. “Cuando aparecimos en el programa de Oprah, se repitió la situación”.

 

Nicholas Kristof, columnista de New York Times, se tomó el trabajo de ofrecer préstamos a través de Kiva y luego viajó a Afganistán para conocer personalmente a dos de sus prestatarios — un panadero y un técnico especializado en la reparación de aparatos de televisión. “Webs como Kiva son útiles porque, en parte, conectan al donante directamente con el beneficiario sin que tenga que pasar por la barrera burocrática y cara de los grupos de ayuda que hacen de intermediarios entre una y otra etapa”, escribió Kristof.

 

De hecho, la demanda por parte de posibles acreedores ha sido de tal magnitud que, en diciembre, Kiva tuvo que rechazar algunas ofertas. Todos los préstamos disponibles habían sido cubiertos por los fondos existentes. “Fue muy agotador”, recuerda Flannery. “Las personas habían oído hablar de nosotros en la televisión o en Internet, pero no tuvimos otra opción que rechazar la oferta de capital”.

 

El dilema llama la atención sobre uno de los desafíos operacionales de Kiva que no surge de inmediato. La empresa no trabaja con cualquier tomador del mundo en desarrollo. Un fabricante de botas de Bolivia no puede colocar su información en la web directamente. Kiva sólo acepta prestatarios que se dirigen a ella a través de las MIF que hayan sido sometidas a un análisis previo, cancelando los préstamos hechos a las MFI cuyos prestatarios tengan altos niveles de incumplimiento o cuyas operaciones parezcan poco sostenibles. Al evaluar las MFI, Kiva toma en cuenta los datos entregados por las propias empresas y por compañeros independientes, dijo Shah. La empresa creó un sistema de clasificación de cinco estrellas para las MFI, cuya evaluación, así como el perfil de la empresa, se encuentra disponible en su web.

 

“Queremos aumentar la transparencia del proceso”, observó Shah. “Queremos dar más información sobre el desempeño social de los préstamos y sobre las MFI”. En la medida en que Kiva reúna datos diversos sobre las MFI y sobre prestatarios de todo el mundo, “la empresa podrá convertirse en una especie de oficina de crédito para la industria de la microfinanciación”, dijo. Teóricamente, los datos sobre el desempeño de cada MFI podrán ser útiles, no sólo para los acreedores, sino también para los grandes patrocinadores de microcréditos, con las grandes fundaciones, gobiernos y organizaciones no-gubernamentales.

 

En el futuro, Kiva espera hacer un seguimiento de los patrones de liquidación de los préstamos, y del impacto social de los préstamos hechos. Shah habló sobre la creación de una especie de tarjeta de resultados según la cual Kiva haría una breve encuesta en que evaluaría la posibilidad de que un préstamo haya mejorado la condición social y económica del prestatario. “Podríamos hacer de 10 a 15 preguntas del tipo: ‘¿El tejado de su casa es de zinc — sí o no? ¿Usted tiene olla a presión — sí o no?’” Actualmente, Kiva recoge ese tipo de información de forma no sistemática. La empresa envía voluntarios al campo para que trabajen junto con las MFI. Los voluntarios envían la información obtenida a la sede y narran su experiencia en los blogs de la empresa.

 

El programa de voluntariado tiene su origen, en cierto modo, en los viajes de Matt y Jessica Flannery por el mundo en desarrollo. “Fuimos a África juntos antes de que Jessica estudiara en la escuela de negocios”, dijo Flannery. “Trabajábamos en Uganda y entonces tuvimos la idea de ofrecer préstamos por Internet”. Jessica, que hoy es la máxima autoridad del departamento de marketing de la empresa, había trabajado como consultora de acreedores del área de microfinanciación en Uganda y en Kenia. “A mi esposa le gustó mucho vivir en África, y yo adoraba vivir en San Francisco. Teníamos en esos momentos un dilema conyugal. Resolvimos el problema creando una empresa de Internet en San Francisco con actividades en África. Por lo tanto, mi boda fue lo que realmente motivó la creación de Kiva”.

 

“Al principio, mucha gente estuvo en contra. Los expertos decían: ‘Es una idea que se presta bien a la divulgación, pero que no admite escala. ¿Cómo pueden miles de personas de Uganda, de Camboya y de Tanzania — lugares escogidos al azar donde Internet ni siquiera funciona muy bien — colgar sus fotos y convencer a las personas para que les concedan préstamos?’ La idea todavía parece algo loca”, señaló Flannery. “Pero no creíamos que fuera a convertirse en un negocio multimillonario. Creíamos que sería sólo un proyecto de peso secundario. Íbamos a probarlo en Uganda. Si funcionara allí, donde había un cibercafé, ¿por qué no habría de funcionar también en otros lugares?”, concluye.

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