La cara humana –y con conciencia social- de la globalización

Los empresarios sociales de Bangladesh están convirtiendo la basura doméstica en abono. En Sudáfrica se están instalando radios wind-up, que utilizan una tecnología muy sencilla, para conectar las zonas rurales con las ondas del resto del mundo. En México un antiguo concertista de violín está contribuyendo a la protección de algunas partes muy importantes de la selva tropical.

 

Para estos empresarios el mercado global se mide en miseria: la mitad de la población mundial vive con menos de dos dólares al día; tres millones de personas –dos tercios niños- mueren cada año de enfermedades que se pueden prevenir; un tercio de los niños del mundo están desnutridos.

 

Los gobiernos de muchos países están demasiado corruptos o simplemente son incapaces de enfrentarse a problemas sociales de tal magnitud. Instituciones como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, junto con grandes organizaciones de caridad a nivel mundial, están intentando ayudar. Pero demasiado a menudo se encuentran con los brazos atados y limitadas respecto a su capacidad para idear nuevas soluciones creativas.

 

Cada vez son más las ideas vanguardistas para el desarrollo económico global que proceden de pequeños grupos de empresarios sociales que promueven lo que a primera vista a menudo parecen ideas difusas y excéntricas.

 

“Los empresarios sociales son como los niños que siempre preguntan ¿Por qué? ¿Por qué tienen que ser así?”, explica Rosalind Copisarow, directora ejecutiva de Street (UK), una organización británica de microfinanzas que trabaja con pequeños negocios. 

 

Los empresarios sociales pueden surgir en cualquier país, añade Pamela Hartigan, directora de gestión de Schwab Foundation for Social Entrepreneurship en Ginebra, una organización muy cercana al influyente Foro Económico Mundial. “Hay necesidades por todos los lugares”, dice.

 

La fundación de Hartigan apoya a los empresarios sociales a través de asociaciones y presentaciones a los líderes del mundo de los negocios y del gobierno. Uno de estos empresarios es Martin Fisher, cofundador de ApproTEC, que crea y comercializa herramientas sencillas y baratas en Kenia y Tanzania. “Existe una gran necesidad de nuevas ideas en términos de desarrollo”, dice Fisher. “Los empresarios sociales son quienes las van a aportar”.

 

El producto más conocido de ApproTEC es una bomba de riego llamada MoneyMaker que se parece al simulador de escalones de un gimnasio. La bomba cuesta tan sólo 38 dólares –o 78 si se trata del modelo superior-, y funciona de una manera muy sencilla, normalmente manejada por una mujer que lleva una falda larga. La MoneyMaker hace que no sea necesario subir agua del pozo con cuerdas y cubos, e incrementa enormemente la productividad de las huertas rurales.

 

Desde Standford a Kenia

Después de obtener el título de ingeniero en la Universidad de Standford, Fisher se fue a Kenia en 1985 con una Beca Fullbright. Se quedó.

 

ApproTEC estima que sus productos –incluyendo las 24.000 bombas vendidas hasta el momento-, generan al año unos 33 millones de dólares adicionales en concepto de salarios y beneficios en Kenia, o lo que es lo mismo, cerca del 0,5% de su PIB. “Poder ver el impacto es una gran recompensa”, dice. “He estado durante muchos años sin cobrar salario alguno, pero cuando me voy al campo y veo los cambios que hemos logrado en las vidas de no sólo unas pocas personas, sino muchísimos miles de personas, cuando me levanto por la mañana me siento realmente bien”.

Hartigan dice que los empresarios sociales nacen, no se hacen. “Es casi biológico. Se hace muy evidente cuando estás con ellos. Incluso cuando cada uno está en una parte del mundo diferente, se pueden ver los mismos rasgos individuales. Básicamente se trata de pasión y resolución”.

 

Hoy en día la necesidad de empresarios sociales es el resultado de la desaparición de las sociedades agrarias a través de la industrialización y el desarrollo actual de las enormes corporaciones basadas en la información, explica Copisarow de Street (UK). Cuando la gente vivía en pequeños pueblos, el bienestar de la sociedad estaba muy relacionado con el éxito empresarial de sus granjas. A medida que los negocios se consolidaron, la relación entre la actividad económica y la sociedad fue haciéndose más débil, dando paso a los gobiernos y organizaciones caritativas para cubrir el vacío.

 

“El cisma entre la economía y la sociedad se hizo más grande”, dice Copisarow. “Los empresarios sociales ahora están tendiendo puentes para rellenar el hueco entre ambos, el cual es cada vez mayor”.

 

El cisma es evidente en su propio trabajo en microfinanzas, añade. Los empresarios que la organización respalda generan el suficiente flujo de efectivo como para devolver los préstamos bancarios. Pero los bancos no obtendrán el beneficio suficiente como para molestarse en aprobar esos pequeños préstamos. “Todo lo que hacemos en Street (UK) es lo que los bancos solían hacer hace 5 años”, señala. “Lo que me resulta tremendamente insidioso es el cambio en la definición de quien es susceptible de recibir un préstamo: mientras en el siglo XIX y XX se trataba simplemente de aquella persona capaz de devolver el préstamo a una tasa de interés razonable, en la actualidad es alguien capaz de proporcionar suficientes beneficios”.

 

Según Fisher, en los últimos 10 o 15 años gracias a la combinación de industrialización y la caída de los sistemas económicos regulados por el estado, la gran parte del mundo desarrollado ahora se encuentra en un proceso de transición desde una sociedad de subsistencia a una basada en el dinero.

 

En estos países las familias solían plantar en pequeñas huertas los alimentos que necesitaban. Los gobiernos les proporcionaban al menos los servicios sanitarios y de educación básicos, y controlaban los precios de la mayoría de los productos. “No se necesitaba mucho dinero”, dice. “Podías vender el suficiente maíz o alubias como para comprar algunos bienes de consumo básicos como aceite para cocinar, azúcar o té. Ahora todo esto ha cambiado radicalmente”.

 

Dos millones y medio de oyentes

Estados Unidos, Asia y Latinoamérica –añade Hartigan-, han sido las zonas líderes en el desarrollo de empresarios sociales, posiblemente porque tengan más experiencia con el modelo de empresa de negocios y las necesidades en algunas de sus regiones sean más acusadas.

 

Debido a su pasado comunista, China ha tardado mucho en acostumbrarse a la idea, pero está empezando a ponerse al día. Y mientras una gran parte de África sigue dependiendo de las ayudas, Sudáfrica está empezando a ser pionera de nuevas ideas, dice Hartigan. “Sudáfrica realmente está empezando a despuntar. Han logrado comprender que se puede combinar la creación de actividad económica con los valores sociales”.

 

Europa –añade-, se ha quedado atrás, en parte porque la gente confía en que los gobiernos atenderán las necesidades sociales y porque Europa occidental no tiene los patentes niveles de pobreza que se pueden encontrar en otras partes del mundo. “El problema es que con estados del bienestar desmoronándose y la inmigración dentro de la UE, en Europa occidental esto está cambiando drásticamente”.

 

La organización de Hartigan ayuda a los empresarios sociales con una amplia gama de programas alrededor del mundo.

 

En Bangladesh, Waste Concern –fundada por Masgood Sinha y Iftekhar Enayetullah- organiza grupos comunitarios que recogen la basura de los hogares a domicilio y la transforman en abono orgánico. Este abono es utilizado en zonas rurales para compensar la menor fertilidad de la tierra como consecuencia del uso de abonos sintéticos y pesticidas. Waste Concern produce 500 toneladas de abono orgánico al año, pero estima que la demanda podría ser de 10.000 toneladas.

 

Rory Stear fundó Freeplay en 1994 después de ver un reportaje de la BBC sobre radios wind-up que funcionan sin electricidad y proporcionan varias horas de radio. Así, adquirió los derechos del producto y desde 1996 ha distribuido 150.000 radios wind-up en zonas del África Sub-Sahariana donde no hay electricidad ó a menudo se producen cortes. La tecnología wind-up también está siendo utilizada con linternas, purificadoras de agua y cargadores de teléfonos móviles.

 

En México, hace 15 años Pati Ruiz Corozo abandonaba su carrera como violinista y se trasladaba a la montañosa región de Sierra Gordo, donde fundó el Grupo Ecológico Sierra Gordo. La organización ha trabajado con gente de la zona para preservar el entorno con programas sostenibles, incluyendo la plantación comercial de árboles y el eco-turismo.

 

Dólares caritativos al extranjero

A lo largo de la mayor parte de la década de los 90, el llamado Washington Consensus era el enfoque predominante que guiaba toda política del desarrollo. La idea era que si los gobiernos crean instituciones que apoyen las condiciones de libre mercado, el desarrollo económico surgiría de forma natural.

 

Pero en muchos países eso simplemente no es posible, dice Mari Kuraishi, antigua empleada del Banco Mundial que, junto con Dennis Whittle -un colega del Banco- fundó DevelopmentSpace. La organización, basada en la Red, pone en contacto a los empresarios sociales con potenciales contribuyentes a la causa. “La función de las organizaciones financieras internacionales es actuar de intermediarias entre los gobiernos. Aunque a ese nivel queda mucho por hacer, a las organizaciones internacionales –como el Banco Mundial o el FMI- les resultaría relativamente difícil trabajar con otros sectores de la sociedad: el sector no-gubernamental”, señala Kuraishi. “El dilema se acentúa aún más en países corruptos o que no tienen recursos para financiar adecuadamente las políticas respaldadas por el Banco Mundial o el FMI”.

 

Por ejemplo –dice-, un país podría tener una legislación apropiada para los negocios pero ser incapaz de pagar a los burócratas un salario lo suficientemente algo como para persuadirles de aceptar sobornos.

 

Hasta el momento DevelopmentSpace ha financiado 70 proyectos y completado un programa piloto para la participación de las corporaciones con Hewlett-Packard, con el fin de incrementar las donaciones a los empresarios sociales que realizan su labor fuera de las habituales organizaciones para el desarrollo.

 

Estados Unidos genera al año unos 212.000 millones de dólares en “apoyo filantrópico”, de los cuales un 76% son donaciones título individual, un 12% procede de fundaciones y un 4,3% de corporaciones. No obstante tan sólo el 1,5% de dicha cantidad sale de Estados Unidos, según Schwab Foundation for Social Entrepreneurship.

 

Los estadounidenses pueden ser reticentes a enviar dólares caritativos al extranjero porque los problemas les parecen lejanos e insuperables, dice Kuraishi añadiendo que “esperamos crear un nivel de seguridad y comodidad que pueda superar esas incertidumbres”.

 

Otra organización con base en la Red, SocialEdge, está poniendo en contacto a los empresarios sociales entre sí para que puedan intercambiar ideas. La Skoll Foundation, creada por Jeff Skoll –el primer presidente de eBay-, está respaldando la iniciativa. “SocialEdge fue creada para que las distancias entre nosotros disminuyeran, y en ese proceso, ayudarnos entre nosotros nos descubre nuevas posibilidades cuando aprendemos y trabajamos juntos”, dice Sally Osberg, vicepresidente ejecutivo de Skoll.

 

En muchos países el trabajo de los empresarios sociales se centra en las minorías, las mujeres o los discapacitados que se encuentran excluidos de la sociedad. Hartigan afirma que las corporaciones deberían estar interesadas en este aspecto del empresariado social porque podría proporcionarles mayores mercados para sus productos. “Los empresarios sociales están apoyando la inclusión de los marginados, pero bien podría tratarse de miles de millones de personas las que no han sido capaces de participar activamente en los mercados formales y por ello han permanecido apartadas. Hoy en día el mercado real para las corporaciones innovadoras surge en respuesta a esos mercados emergentes”.

 

Los empresarios sociales pueden trabajar con organizaciones no-gubernamentales en el exterior, pero a menudo muestran un menor interés en la ideología política que la mayoría de las ONGs, dice Hartigan. Trabajarán con el gobierno, con corporaciones, con cualquiera que les pueda ayudar a conseguir lo que quieren, aunque la mayoría no estaría dispuesta a traspasar la línea y trabajar con empresas de armas. “No se tapan los ojos ante las ideologías. Nunca dirían Voy a trabajar con una empresa de tabaco. No adoptan una posición emocional. No te los encontrarás en manifestaciones en la calle. Están demasiado ocupados”.

 

A pesar de que las mejores ideas siempre surgen de forma natural –dice Hartigan- su organización siempre está buscando crecer con proyectos de país en país. ApproTEC está ahora pensando en trasladar sus proyectos a la India, Brasil y Sudáfrica. “A veces intentas trasladar una idea y no funciona”, señala Hartigan. Por ejemplo, las micro-finanzas parecen haber tenido mucho más éxito en Bangladesh y Latinoamérica que en otras partes del mundo.

 

La clave para que la transferencia de una idea sea una éxito –añade-, es conseguir apoyo del gobierno y de otras instituciones relevantes. “Ese es uno de los grandes problemas. En nuestras cabezas pesa la idea de que cualquier cosa que sea social es minúscula; así, el mercado del capital social está tremendamente fragmentado, infra-financiado y totalmente personalizado”.

 

Tiempo de héroes

Al igual que el resto de empresarios, los empresarios sociales se encuentran sometidos a la influencia de los ciclos, y en estos momentos están de moda. La explosión de la burbuja tecnológica en Estados Unidos ha dejado tras de sí a muchos jóvenes con talento en busca de trabajo y de un medio para ganarse la vida.

 

“Realmente creo que ahora hay mucha más gente interesada en los servicios social, sobre todo en su mercado laboral”, dice Kuraishi. “También creo que desde el 11 de septiembre ha aumentado el interés por el mundo en general. La gente ahora sabe donde está Afganistán. Sabe donde está Irak. El hecho de que estas cosas salgan en las noticias contribuye a aumentar la conciencia de la gente”.

 

Después de trabajar en África durante más de 15 años, Fisher encuentra sorprendente haberse convertido en uno de los iconos de este movimiento. Él y Nick Moon, cofundador, acaban de aparecer en la revista Time, la cual los ha declarado “héroes”.

 

“Es algo extraño”, dice. “Hemos estado en África pensando en el trabajo y en cómo mejorar el modelo. No esperas aparecer en la revista Time”.

 

“En general la ayuda al desarrollo tiene mala reputación; se han destinado literalmente millones y miles de millones de dólares sin, según parece, lograrn grandes resultados”, añade. “La gente se da cuenta de que hay muchos problemas ahí fuera, y de hecho quiere encontrar nuevas caminos que nos conduzcan hacia las soluciones”.

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