La creciente complejidad de la mano de obra en Brasil

Brasil se enfrenta a una paradoja. Los rápidos aumentos de los salarios y el nivel bajísimo de desempleo —un récord histórico— han fortalecido la clase media y han hecho que se disparara el consumo. Pero esos factores son también los principales responsables de los daños causados al sector manufacturero. La reducción de la base industrial de Brasil ha llevado a algunos analistas a preguntarse si el país no estaría enfrentándose al "mal holandés", en que la economía se desequilibra debido a las exportaciones de commodities, que aprecian la moneda local y reducen la competitividad. Según Felipe Monteiro, profesor de Gestión de Wharton, todavía es pronto para sacar esta conclusión, aunque no descarta esa posibilidad.

Las quejas de los líderes de las industrias locales son contundentes. Benjamin Steinbruch, presidente de la Compañía Siderúrgica Nacional (CSN) y ex presidente de la poderosa Federación de las Industrias del Estado de São Paulo (FIESP), dijo recientemente que es más barato fabricar acero en Alemania, donde los costes son altísimos, que en Brasil.

La contribución de la industria al PIB se ha desinflado: representa actualmente el 14,6% de la economía, el menor índice desde 1956, frente a un 30% a mediados de los años 80, según datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), órgano que integra el ministerio de Planificación, Presupuesto y Gestión. En otras palabras, la industria brasileña no se ha beneficiado de la expansión del consumo que ha aumentado los gastos del consumidor.

Son varios los problemas que afectan a la industria brasileña, pero la cuestión salarial es una de las áreas donde los industriales tienen mayor control. La FIESP señala la apreciación del real, las tasas de interés considerables, una débil logística y una carga fiscal elevada, principalmente los impuestos a la mano de obra, como los principales obstáculos.

El lobby de la industria ha cosechado resultados en las dos primeras áreas, y ahora el Gobierno está intentando mejorar la logística, pero eso lleva tiempo. El Banco Central redujo las tasas de interés en un 4% desde agosto del año pasado —actualmente están en un 8,5%— y señaló que podría haber más recortes. Las tasas reales están descendiendo y pueden llegar al porcentaje razonable del 3%. Los recortes en las tasas de interés además de una serie de medidas de control de capitales han ayudado a frenar la moneda brasileña desincentivando las inversiones en los mercados de renta fija. El real se ha depreciado cerca de un 30% en los últimos 12 meses, pasando de R$ 1,60, hace un año, a R$ 2,06 actualmente respecto al dólar. La presidente Dilma Rousseff también ha recurrido cada vez más a adoptar medidas proteccionistas. Ella está renegociando, por ejemplo, un acuerdo de libre comercio con México en el sector de automóviles y piezas.

Salario mínimo y fuerzas de mercado

Aunque esas áreas estén recibiendo atención, los salarios y los costes relacionados con ellos están subiendo. Los costes de mano de obra están siendo impulsados por dos factores: fuerzas de mercado y políticas gubernamentales.

Brasil necesitaba aumentar de forma urgente el salario mínimo para corregir la distribución de riqueza en una de las sociedades que es de las más desiguales del mundo. El salario mínimo se ha elevado ocho veces en los últimos 16 años, de 1994 a 2010, observa José Márcio Camargo, profesor de la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro. Los aumentos ahora son obligatorios tras una decisión del ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva. Hay un mecanismo que indexa el salario mínimo a la inflación sumándose a continuación a ese índice el crecimiento del PIB en los dos años anteriores, dijo Camargo. Eso sella de forma permanente e irreversible las ganancias obtenidas, dejando poca cosa sobre la mesa para los dueños del capital, observan los analistas. A principios de año hubo un aumento sustancial (un 13%), elevando el mínimo hasta los R$ 622,00 gracias al aumento del 7,5% del PIB en 2010.

El mecanismo de aumento del salario mínimo tiene un efecto desproporcionado sobre la economía, ya que es utilizado como parámetro para una serie de otros pagos. Según Marcelo Neri, profesor de la Fundación Getúlio Vargas (FGV), el salario mínimo afecta de forma significativa a los municipios, donde los salarios son bajos, ya que es la base de cálculo para cerca de un 60% del valor de la seguridad social, del seguro social privado y pensiones no contributivas, inclusive para los pobres incapacitados y ancianos.

Los aumentos del salario mínimo también tienen un efecto cultural, en la medida en que los brasileños de clase media tienden a medir su salario respecto al número de salarios mínimos que reciben, en un esfuerzo por preservar sus ganancias respecto a los aumentos concedidos. Este año, los salarios nominales medios deberían aumentar un 7,4%, o un 2,2% por encima de la inflación del 5,2% prevista por el FMI, según una investigación de la empresa de servicios de consultoría ECA International. Los salarios más elevados son responsables de la expansión de la clase C en Brasil, es decir, aquella franja de la población que gana entre R$ 1.064 y R$ 4.561 al mes, y que hoy incluye a 105,5 millones de brasileños, según datos de la FGV, que recoge datos estadísticos sobre gastos por clase social. El salario medio en Brasil fue de R$ 1.202 el año pasado, según informaciones del IBGE.

Dentro de algunos años, 13 millones más de brasileños deberían incorporarse a la clase C, lo que corresponde a un aumento del 12% de esa franja de la población. La industria necesita vender a esos consumidores. Los trabajadores de ese segmento también están, cada vez más, obteniendo beneficios adicionales como planes de salud y financiación para la educación, dicen los empresarios, aumentado la presión existente.

Mientras, Brasil se ha convertido en uno de los lugares más atractivos del mundo para el empleo a nivel ejecutivo. En la encuesta de comparación de salarios hecha por Mercer y que sirve de referencia mundial, se analizan los salarios de 807 ejecutivos de 40 países empleados en empresas de gran tamaño con ingresos de, como mínimo, US$ 1.000 millones. Los ejecutivos brasileños aparecen entre los mejor pagados en ese ranking. Los presidentes de las empresas brasileñas que trabajan para grandes empresas internacionales reciben, de media, R$ 5,16 millones, frente a una media global de R$ 2,17 millones. Los presidentes de las principales empresas brasileñas ganan R$ 6,81 millones frente a una media de R$ 5,18 millones en el resto de países, lo que corresponde a un 68% de la remuneración total frente a un 55% de la media mundial.

Dificultades para contratar buenos profesionales

Hay pocas señales de que esa época de salarios elevados esté llegando a su fin, ya que persiste la presión sobre los salarios tanto en lo alto como en la base de la pirámide jerárquica.

En los niveles medios y más altos, la falta significativa de profesionales explica, en parte, los aumentos de salarios. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), Brasil tiene uno de los niveles más bajos de educación superior del mundo industrializado: sólo un 11% de los adultos tienen formación universitaria. No es una sorpresa, por tanto, que encuentren trabajo fácilmente. En ese grupo, un 86% están empleados, un porcentaje bastante más elevado que la media de la OCDE.

En la base de la pirámide salarial, el mecanismo de aumento del salario mínimo permanecerá inalterable hasta 2015, dice Alessandra Ribeiro, jefe de análisis económico de Tendencias Consultoría de São Paulo. El ministerio de Planificación prevé más aumentos elevados de salarios: en su última Ley de Directrices Presupuestarias, que trata de los gastos estimados, se prevé que el salario mínimo llegue a R$ 803,93 en 2015, es decir, un aumento del 29,4% respecto al salario actual.

Inmiscuirse en los aumentos del salario mínimo es veneno político, y no hay prácticamente oposición política al mecanismo de aumento, cuyos efectos son muy positivos, como la disminución de la desigualdad y el estímulo al consumo, dice Camargo. En vez de oposición, hay presión para que haya flexibilidad en la realización de reajustes ocasionales.

El mercado de trabajo es muy competitivo, según muestra el bajo índice de desempleo y los niveles elevados de rotación, dice Ribeiro. El desempleo ha caído de forma sistemática desde hace algún tiempo: en febrero de este año, estaba en un 5,6% frente a un 12,2% a finales de 2002, aunque haya aumentado un poco desde el final del año, cuando alcanzó la baja histórica del 4,7%. "El desempleo está próximo a su nivel natural. Eso presiona los salarios y obliga a las empresas a pagar caro por contratar y conservar a sus profesionales", dice Ribeiro. Otra característica de ese mercado de trabajo sobrecalentado es el elevado índice de rotación.

En el sector de la construcción, por ejemplo, uno de los más calientes de la economía, hay historias de empresas que van a buscar profesionales a la competencia, dice Monteiro. Los camiones de una constructora van a las obras de la competencia y ofrecen empleo a las personas proponiéndoles aumentos y seguro inmediatos, dice.

Los salarios elevados traen consigo costes sociales excesivos e impuestos elevados. Impuestos directos e indirectos, inclusive contribuciones sociales e impuestos industriales que pueden incidir sobre toda la cadena de producción convierten a Brasil en un mercado complejo de negociación para las empresas. Dependiendo de la industria y del tamaño de la empresa, los beneficios pueden prácticamente duplicar el coste de cada trabajador, observa Luiz Cláudio, socio del área de financiación de proyectos de Ernst & Young Terco, en Río de Janeiro.

Monteiro, que se reúne de forma frecuente con muchos consejeros delegados brasileños y altos directivos, dice que la cuestión salarial y la escasez de profesionales se han vuelto una prioridad en la agenda de esos empresarios. "En el pasado, nosotros nos preocupábamos de la situación macroeconómica y la inflación. Hoy, todo gira en torno a salarios y la búsqueda de buenos profesionales".

El coste de la mano de obra es un factor significativo en las esferas inferiores de la competencia de la industria manufacturera de Brasil, añade Ribeiro. El aumento elevado de los salarios no se ha visto acompañado por mejoras de productividad, y la industria no puede pasar el aumento de los costes al consumidor, porque las importaciones no lo permiten. Esa exposición a la competencia de los productos externos es típica de los bienes manufacturados. El sector de servicios no negociables continúa creciendo rápidamente, dice Ribeiro.

La explosión en el sector servicios

El crecimiento de la clase media ha contribuido al aumento de las empresas de servicios, cuyo porcentaje en la economía crece de forma rápida. Los brasileños están comenzando a abrir negocios en las áreas de belleza (Brasil es el tercer país del mundo que más gasta en cosméticos después de EEUU y Japón), establecimientos de comida rápida y mantenimiento de coches para atender al crecimiento exponencial de la flota brasileña. Las ventas de automóviles en Brasil crecieron un 2,9% alcanzando el récord de 3,4 millones de unidades en 2011, según datos de la Federación Nacional de la Distribución de Vehículos Automotores (Fenabrave).

De igual manera, el negocio agrícola brasileño, en franca expansión, también cuenta con salarios elevados. Aunque los costes salariales hayan aumentado de forma sustancial, la industria ha conseguido compensarlos elevando rápidamente la producción por medio, por ejemplo, de la mecanización del cultivo. Eso ha permitido al sector suplantar el aumento de salarios, dice Ribeiro.

La industria manufacturera, sin embargo, está soportando todo el peso de los salarios más altos y la apreciación de la moneda, y está a merced de la globalización. Según el Instituto de Investigación Económica Aplicada (IPEA), que integra al Secretariado de Asuntos Estratégicos de la presidencia, la industria manufacturera de Brasil ha perdido parte significativa de su productividad calculada de la siguiente forma: se divide el número de horas trabajadas por el número de trabajadores. En el transcurso de los últimos 30 años, la productividad en Brasil cayó un 15%. Mientras en China ha habido un aumento del 808% en el mismo periodo.

Cerca del 20% de los bienes industriales consumidos en Brasil son producidos fuera del país, según un estudio hecho por la Confederación Nacional de la Industria (CNI). Se trata de un récord, así como un 21,7% de insumos externos incorporados a los bienes producidos en el país en 2010. Los salarios están subiendo aún más rápidamente en dólares, gracias a la apreciación prolongada del real, que puede estar menos apreciado desde hace un año, pero que ha estado al alza en periodos de cinco y diez años. Además, la inflación brasileña es más elevada que en buena parte del mundo desarrollado. El índice Big Mac de Economist muestra que un Big Mac cuesta hoy en Brasil US$ 5,68, o sea, es un 32% más caro que la media de US$ 4,20 en EEUU.

Las inversiones externas directas (IED) continúan siendo fuertes y alcanzaron la cifra récord de US$ 66.700 millones en 2011, según datos del Banco Central de Brasil, lo que representa un aumento de US$ 48.500 millones respecto al año anterior. Para algunos, sin embargo, está teniendo lugar una desaceleración. Ribeiro cree que algunas empresas internacionales, sobre todo del sector de manufactura, se lo están empezando a pensar dos veces antes de venir a Brasil. "La apreciación del real, impuestos elevados, infraestructura frágil, salarios altos y los costes de mano de obra asociados están encareciendo la producción en el país. Eso ha llevado a las empresas extranjeras a pensar en invertir en otros países de la región", dice ella.

Mirada puesta en el extranjero

¿Anta la falta de una profunda reforma estructural tributaria, de las leyes laborales y de la logística, qué puede hacer Brasil para aumentar su productividad?

Una manera sería aliviar la escasez de mano de obra permitiendo la entrada de inmigrantes preparados. Los reclutadores señalan que reciben una avalancha de currículos de españoles y portugueses, pero raramente los contratan debido a las restricciones para obtener un visado. El Gobierno piensa emitir un volumen mayor de visados de trabajo temporal para extranjeros, pero esa es otra patata caliente, y los analistas discrepan en cuanto a la posibilidad de que eso suceda de verdad.

"Podríamos aumentar la oferta de mano de obra permitiendo la entrada de más trabajadores de Europa y de EEUU. Eso ayudaría a este mercado escaso. Pero no hay voluntad política en ese sentido", dice Ribeiro. Monteiro también cree que, a corto plazo, será difícil vislumbrar alguna flexibilidad por parte del Gobierno en ese sentido, sin embargo considera los cambios ineludibles a largo plazo, ya que la enseñanza del país necesitará años para producir los ingenieros, los profesionales de TI y de administración que Brasil necesita.

La culpa del estado lamentable de la industria no es sólo del Gobierno. Las empresas brasileñas han dejado de buscar y adoptar mejores prácticas en el extranjero, y muchas están muy por detrás en benchmarking, dice Monteiro. Sus pares coreanos, japoneses y chinos conocedores de las tendencias internacionales se esfuerzan para adaptarse a ellas, mientras que las empresas de São Paulo tienden a mirar hacia dentro del país, resalta.

Dadas la falta de flexibilidad observada en Brasil, así como la tendencia de mirar siempre hacia dentro, la industria brasileña ha reaccionado a su decadencia buscando protección y exenciones fiscales especiales, y ha recibido respuesta en ese sentido. La utilización de exenciones fiscales especiales en varios sectores proseguirá, pero todo indica que el ritmo estará fragmentado, prevé Ribeiro. "En nuestra evaluación, no hay voluntad política de llevar adelante una reforma fiscal más profunda, esa idea no está sobre la mesa. Las políticas son muy específicas", dice ella. Además, no se puede hacer mucho con las tasas de interés sin el riesgo de que la inflación reaparezca.

Aún es muy pronto para decretar el fin de la industria brasileña, porque el país continúa siendo uno de los destinos de inversión más alabados de entre los mercados emergentes, dicen los analistas. Sin embargo, persiste el temor de que el retroceso continuo de la industria pueda culminar con una economía desequilibrada, es decir, una economía dominada por minerales, petróleo y gas y que importa bienes de consumo. "No hemos venido a Brasil para tener pérdidas", dijo en marzo el gerente de producción de BMW, dejando caer con eso que la empresa puede no concretar la instalación de una nueva fábrica en el país. Esa observación puede ser una señal de lo que puede deparar el futuro.

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