Las vacaciones de los estadounidenses y europeos, frente a frente

Las publicaciones de Lonely Planet advierten a los lectores en su guía sobre Francia: Prácticamente todo este país cierra durante el mes de agosto. En particular, en París las tiendas tienen echadas las contraventanas e incluso algunos museos tan sólo abren unas pocas horas. Los residentes parecen migrar en masa a pueblos y villas de la Costa Atlántica y la Riviera Francesa.

Según la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) los franceses, y en general la mayoría de los europeos occidentales, pueden irse de vacaciones un mes porque disfrutan por término medio -combinando vacaciones y fiestas nacionales-, de dos meses pagados sin trabajar. Esto les distingue significativamente de los estadounidenses, quienes a pesar de poseer una economía igualmente productiva y niveles de vida equiparables, tienen más o menos la mitad de vacaciones pagadas. El estadounidense típico disfruta aproximadamente de cuatro semanas pagadas al año, mientras un francés tiene siete y un alemán ocho.

Son muchos los estadounidenses que cogen vacaciones durante este mes de agosto. Si alguna vez ha perdido horas haciendo colas en Disney Work o ha quedado atrapado en la autopista Long Island Expressway de Nueva York, sabe de qué estamos hablando. Pero los europeos, con sus generosos periodos de inactividad, pueden permitirse estar de vacaciones durante todo el mes, no sólo una semana, que es lo habitual en Estados Unidos.

Los hábitos laborales y vacacionales en las regiones económicamente más avanzadas del mundo no siempre han seguido este patrón. Según un estudio de Bruce Sacerdote -de la Universidad de Dartmouth-, y de Alberto Alesina y Ed Glaser –ambos de la Universidad de Harvard-, no hace relativamente mucho tiempo, en los años 60, los europeos trabajaban más que los estadounidenses. No obstante, desde entonces en estas dos regiones el “apetito” por el ocio ha seguido una trayectoria divergente: los estadounidenses dedicaron cada vez más horas a la oficina y los europeos se tomaban más tiempo libre para saborear la dolce vita. En la actualidad Estados Unidos incluso supera en jornada laboral a la laboriosa Japón.

La maldición del Blackberry

¿Qué ha cambiado? Las explicaciones son tan variadas como los posibles lugares a los que irse de vacaciones. Algunos expertos de Wharton consideran muy importante el peso de la cultura y la historia. Sin embargo, el Premio Nobel de Economía de 2004 afirma que las diferencias observadas se explican por los impuestos. Y Sacerdote, Alesina y Glaeser aluden a los diferentes grados de sindicalización.

Las diferencias culturales suele ser un motivo bastante popular en los medios. En Estados Unidos, publicaciones como Wall Street Journal alardean de la productividad y ética laboral de la sólida economía estadounidense, mientras los comentaristas europeos escriben sobre lo aburridos que se han vuelto los estadounidenses. Obviamente en ambos casos se describen caricaturas, pero en opinión de expertos de Wharton, bajo ellas existe cierta dosis de realismo. Los europeos parecen conceder un mayor valor al ocio mientras los estadounidenses suelen preferir el gasto y ganar mucho dinero. En consecuencia, por término medio los estadounidenses tienen coches más grandes, casas más grandes y muchos disponen de segundas residencias, explica Witold Rybczynski, profesor de Wharton especializado en el mercado inmobiliario.

Por el contrario, la autoestima de los europeos a menudo está asociada con la capacidad para disfrutar de unas buenas vacaciones, no con el hecho de conducir un Lexus o un Porsche, afirma Mauro Guillen, profesor de Gestión y Sociología de Wharton oriundo de España. “En Europa es una señal de estatus social pasar unas largas vacaciones fuera de casa. El dinero no lo es todo en Europa; el estatus no sólo está asociado al dinero. Divertirse o poder divertirse también es una señal de éxito y fuente de estima social”.

Asimismo, Christian Schneider, director de gestión del Wharton Center for Human Resources señala que los directivos europeos normalmente utilizan sus vacaciones, incluso si sus homólogos estadounidenses presumen de su adicción al trabajo. “En Europa la gente realmente se relaja, desconecta del trabajo”, dice Schneider, que nació en Alemania. “Cuando al final un estadounidense coge esos pocos días de vacaciones que tiene al año, posiblemente esté constantemente en contacto con la oficina”. Llamémoslo la maldición del Blackberry.

Este abismo cultural puede sorprender a los europeos que van a trabajar a Estados Unidos. Dense Dahlhoff, directora del programa de educación de ejecutivos de Wharton, recuerda cómo sus vacaciones se vieron recortadas prácticamente a la mitad cuando aceptó un empleo en la oficina de ACNielsen –una firma de investigación de mercados-, en Nueva Jersey. La consultora en la que trabajaba previamente en Bonn, Alemania, le concedía 25 días de vacaciones al año, cinco días más que el periodo mínimo obligatorio fijado por la legislación alemana, pero en AC Nielsen al principio sólo le daban 10 días. (En Estados Unidos legalmente no se establece ningún periodo mínimo). Dahlhoff también aprendió que, a diferencia de muchos alemanes, los estadounidenses normalmente comprueban su correo electrónico incluso cuando no están en la oficina durante un par de días. “Definitivamente es socialmente más aceptable coger vacaciones en Alemania”, dice. “No pasa nada si no estás en contacto durante dos o tres semanas”.

Sin lugar a dudas existen diferencias culturales, pero para Ed Prescott, economista de la Universidad del Estado de Arizona y Premio Nobel en 2004, estas diferencias no explican algo tan fundamental como son los hábitos laborales. Para Prescott la explicación radica en los impuestos. En un estudio de 2003 señalaba que las tasas impositivas marginales de los países europeos eran mucho más altas que en Estados Unidos. En consecuencia, este investigador sostiene que los europeos tienen muchos menos incentivos a trabajar horas extra. ¿Por qué trabajar 45 horas en lugar de 37,5 cuando el gobierno acaba quedándose con una gran parte de tus ingresos adicionales?

Peter Cappelli, profesor de Gestión de Wharton y director del Centro de Recursos Humanos, no parece estar del todo de acuerdo con dicha argumentación. Las tasas impositivas marginales no tienen sentido para los trabajadores que cobran un salario fijo, ya que se les paga determinada cantidad independientemente del número de horas que hayan trabajado y sobre dicha cantidad se aplican los impuestos correspondientes. Y son precisamente estas personas, no los empleados que cobran por horas, las que se observa han empezado recientemente a trabajar más horas, explica Cappelli.

Además, muchos informes han demostrado que los estadounidenses están dispuestos a aceptar menos dinero a cambio de más vacaciones, señala. Es más, en Estados Unidos el horario laboral sigue ampliándose. “La gente en Estados Unidos está trabajando más de lo que quiere porque para los empleadores es mucho más barato hacer eso que contratar a nuevos empleados”, añade. “No hay mucho que los empleados puedan hacer para rebelarse. Los sindicatos tan sólo representan a una pequeña proporción de trabajadores y normalmente son trabajadores de cuello azul”.

La influencia de los sindicatos

Las investigaciones de Sacerdote, Alesina y Glaeser reflejan las ideas de Cappelli. Estos investigadores también creen que los diferentes niveles de sindicalización explican por qué los europeos trabajan en la actualidad mucho menos que los estadounidenses. En pocas palabras, los fuertes sindicatos europeos han negociado para poder tener más vacaciones. Casi 9 de cada 10 trabajadores en Alemania y Francia están cubiertos por acuerdos de negociación colectiva, mientras en Estados Unidos dicha cifra es 2 de cada 10. Debido a su tamaño los sindicatos europeos tienen más poder e influencia en la vida política y en los consejos de administración y por tanto suelen tener bastante éxito presionando para conseguir aprobar políticas que beneficien a sus miembros y empleados en general. Por el contrario, las decisiones políticas en Estados Unidos suelen favorecer a los empleadores.

No obstante, este argumento sigue sin explicar por qué los europeos muestran una mayor preferencia por el ocio; después de todo, los sindicatos europeos podrían haber luchado por conseguir subidas salariales, no más vacaciones. Sacerdote, Alesina y Glaeser creen que es la conveniencia, y no cierta predisposición cultural, la que explica dicho comportamiento.

En los años 70 del siglo pasado, las economías de Europa Occidental sufrieron una serie de shocks, incluyendo varias crisis del petróleo. En respuesta –explican estos profesores-, los empleadores insistieron en que era necesario despedir a trabajadores, pero los sindicatos propusieron mantener el mismo número de trabajadores pero recortar las horas trabajadas por cada uno de ellos. El resultado era equivalente para el empresa –reducción en el número total de horas trabajadas y por tanto de costes-, pero se lograría sin practicar despidos. Era frecuente promover estos acuerdos para “compartir el trabajo” con eslóganes como “trabaja menos y así trabajaremos todos”.

“Tal vez compartir el trabajo no tenga mucho sentido cuando se trata de una respuesta a nivel nacional ante un shock económico negativo”, añaden. “Pero en determinada firma, compartir el trabajo puede ser una política muy atractiva para un sindicato cuyo objetivo sea maximizar su nivel de asociación”.

En cuando la jornada laboral empezó a reducirse para gran cantidad de europeos, se puso automáticamente en marcha el “efecto multiplicador social”; más gente quería más vacaciones porque su familia y amigos también las tenían. A la gente le gusta irse de vacaciones junta, a pesar de todos los inconvenientes que ello conlleva. “Nos sometemos a grandes penurias para poder disfrutar de los fines de semana o de nuestras vacaciones porque consideramos que son un complemento fundamental de nuestro trabajo”, dice Sacerdote. Incluso en Estados Unidos se pueden observar todas las molestias que provoca esta tendencia: las tiendas Home Depot no estarían tan abarrotadas los sábados por la mañana si la mayoría de la gente no trabajase exactamente los mismos días de la semana.

Independientemente de quién tenga razón en este debate, estas diferencias en hábitos laborales tal vez no perduren con el paso del tiempo. Debido al lento crecimiento económico y al descontento social causado por el alto desempleo entre los jóvenes, algunos políticos europeos ya han empezado a hablar de cambios. Y los directores de las corporaciones han empezado a pedir a los sindicatos leyes laborales más flexibles -incluyendo trabajar más horas y contar con menos restricciones en los despidos- amenazándoles con trasladar sus fábricas a otros países. Hace algunas semanas y en respuesta a este tipo de cambios, el Wall Street Journal documentaba que algunas empresas alemanas habían empezado a contratar más trabajadores dentro del territorio nacional. Si dicha tendencia continúa, las economías europeas no sólo recibirían un gran impulso sino que podríamos empezar a observar algunos incrementos en las jornadas laborales y reducciones en las vacaciones pagadas en Europa.

Sacerdote cree que en Europa las restricciones laborales juegan un papel relevante en los altos niveles de desempleo. Las políticas que hacen que el empleo sea costoso –como por ejemplo las compensaciones por despido o las restricciones a la contratación-, también podrían reducir la predisposición de los empleadores a contratar. Pero Sacerdote también considera que existe cierto “problema estructural” imposible de resolver por mucho que se negocie. “La movilidad del trabajo es muchísimo menor en Europa”, señala. “Cuando el crecimiento en Irlanda es extraordinario, la gente con pocos recursos de Francia no se va a Irlanda. Incluso dentro de la propia Alemania el desempleo es muy elevado en el Este pero la gente no se traslada al Oeste. En Estados Unidos la movilidad laboral está muy presente en el mercado de trabajo. Pero en Europa uno no hace simplemente la maleta y se va a otra parte”.

En todo este debate sobre las vacaciones subyace la premisa de que “más es mejor”. A todo el mundo le gustan las vacaciones –o al menos dicen que les gustan- y subrayan su utilidad como modo efectivo para recargar las pilas.

Pero la profesora de Gestión de Wharton, Nancy Rothbard, es escéptica al respecto. Diversas investigaciones han demostrado que el “efecto recarga” permanece durante unos tres días. Y para mucha gente esos tres días acarrean un precio demasiado alto, y no sólo en términos monetarios. “¿Más vacaciones es mejor para nosotros?”, se pregunta. “Depende de a lo que tengas que renunciar”. Si implica ganar menos dinero, tal vez alguna gente preferiría ahorrar para la universidad de sus hijos, su jubilación o incluso una casa en la playa –a pesar de no tener apenas tiempo para usarla-.  

Estudios también muestran que algunas personas acumulan semanas y semanas de vacaciones, señala Rothbard. Los analistas suelen suponer que sus jefes no les animan a irse de vacaciones o que temen encontrarse a su vuelta con una enorme pila de trabajo atrasado. Pero tal vez simplemente no quieran dejar de trabajar.

Pongamos por caso los padres de familia. Tener que hacer un viaje largo con niños puede ser más estresante que quedarse en casa. Si se pueden permitir llevar también a los abuelos o a una niñera, entonces tal vez podrían relajarse y descansar. Si no pueden, trabajar tal vez sea mejor que soportar batallas en el asiento de atrás de la mini-caravana. Además las vacaciones no son baratas, en especial con el precio del petróleo y de los billetes de avión subiendo. “Se necesita mucho dinero para ir de vacaciones con la familia. No todo el mundo puede permitirse ir a París”.

Además, si van en agosto posiblemente se encuentren todas las tiendas cerradas.

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