Perspectivas de corto y largo plazo para las acciones

La generación del baby boom está amasando billones de dólares en acciones, bonos y fondos de inversión para su jubilación. Pero cuando dejen de trabajar y vendan esos activos, ¿habrá suficientes compradores? ¿O será la oferta mayor que la demanda, causando una caída de los precios y dejando a los jubilados con mucho menos de lo que esperaban? Jeremy Siegel, profesor de Finanzas de Wharton, trataba todos estos temas durante una presentación en Wharton, el 15 de mayo, en la que también hablaba sobre los actuales mercados financieros, la productividad de los trabajadores y el crecimiento en los países en desarrollo.

Algunos de estos temas serán tratados en el libro de Siegel, que se pondrá a la venta a principios de 2005, titulado The Future of Investing (El futuro de la inversión). Será una continuación de su best-seller, Stocks for the Long Run (Acciones para el largo plazo), publicado en 1994 y reeditado posteriormente. Este libro sostenía que las acciones eran la inversión más rentable en el largo plazo –proporcionando primas que contrarrestaban con creces el mayor riesgo a corto plazo de las acciones en comparación con los bonos o el dinero en efectivo. Desde 1802 hasta 2003, los mercados de valores han proporcionado un rendimiento real medio -ajustado por la inflación-, del 6,8% anual. “En la bolsa habrías duplicado tu poder de compra cada década”, afirmaba durante su presentación, añadiendo que a pesar de que durante largos periodos las acciones no han sido capaces de alcanzar dicho rendimiento medio, sus resultados siempre han sido muy consistentes.

Tras la caída en picado, que daba comienzo en el año 2000 con la explosión de la burbuja de las empresas tecnológicas, el mercado de valores no pudo volver a la situación de la que disfrutaba entre 1981 y 1999, periodo en el que los rendimientos fueron del 13,6% anual. “Vamos por buen camino”, decía.

Siegel defiende que las acciones deberían ser la base en la mayoría de las carteras de los pequeños inversores, ya que los bonos a largo plazo tan sólo han proporcionado rendimientos reales medios del 3,5%. Los bonos mostraron un mejor comportamiento en la década de los 80 y de los 90, con una media del 8,4% anual. Pero eso se debió al aumento del precio de los bonos como consecuencia de la caída de los tipos de interés; pero ahora, y para un futuro inmediato, se prevé que aumenten los tipos de interés, y por tanto disminuya el valor de los bonos. “Creo que el mercado alcista de los bonos tiene los días contados”, decía Siegel. Millones de inversores comparten el mismo punto de vista que Siegel, y amasan casi 3,9 billones de dólares en fondos de inversión que incluyen acciones.

El nuevo libro de Siegel intentará contestar a la pregunta que a menudo se preguntan los lectores de su primer libro: “¿Qué acciones elegir para el largo plazo?” Para responder a esa cuestión, Siegel estudiaba los resultados de las 50 acciones estadounidenses más valorizadas desde 1950. A pesar de que muchos inversores pensarían que las empresas más punteras -como IBM-, ocuparían los primeros puestos de las listas, Siegel explicaba que las mejores empresas eran las más prosaicas, como Kraft Foods, Standard Oil de Nueva Jersey (que más tarde se convertiría en Exxon-Mobil), y Coca-Cola. Todas ellas hacen, hoy en día, prácticamente los mismos productos que hacían en 1950. “Creo que lo que esto demuestra es que si te va bien con un producto, no cambies nada”, sostenía. Una de las empresas con mejores resultados a largo plazo ha sido Philip Morris, la empresa tabacalera. Sus rendimientos superaron el 17% anual para el periodo 1925-2003, mientras que el Standard&Poor´s 500 tan sólo alcanzaba el 9%. La clave de esta empresa es que reparte buenos dividendos, algo común entre las acciones más importantes.

Siegel encontraba que las empresas que se acababan de incorporar al S&P 500 no obtenían tan buenos resultados como las veteranas. El entusiasmo de los inversores por las nuevas ofertas a menudo causa que la cotización de esas acciones sea demasiado alta al principio, y los resultados a largo plazo sean menos optimistas cuando los precios se vuelven más racionales y se estabilizan. Sería inteligente, por tanto, que los inversores a largo plazo tuviesen acciones de empresas con productos establecidos que repartiesen dividendos.

Pero el valor de cualquier activo depende de la demanda de los compradores, y el envejecimiento de la población estadounidense significa que podría haber más vendedores que compradores, lo cual suele presionar a la baja el precio de las acciones. Esto provocaría un efecto contrario al causado por la generación del baby boom: un grupo insólitamente grande de compradores que empujaron al alza la demanda y dispararon los precios.

La insuficiente financiación para la jubilación de la generación del baby boom se verá agravada por una mayor esperanza de vida. En 1950 el estadounidense medio disfrutaba por término medio de unos 1,6 años de retiro. Hoy en día son 14,4 años, y esa cifra seguirá aumentando a no ser que la gente se jubile más tarde. También habrá menos personas en edad de trabajar para mantener a los jubilados gracias a sus contribuciones a la Seguridad Social y adquiriendo las inversiones de los mayores. En 1950 había siete trabajadores por cada persona jubilada, pero hoy en día tan sólo hay cinco. En 2050 es posible que tan sólo sean 2,6 explicaba Siegel. La situación en otros países desarrollados incluso será peor. Por ejemplo, en Italia se predice que a mitad de siglo tan sólo habrá un trabajador por jubilado. “Esto significa que los que pertenecemos al mundo desarrollado nos enfrentamos a algunos problemas serios”, decía Siegel.

A medida que aumenta la esperanza de vida –situándose alrededor de los 85 años de edad-, es posible que se tenga que aumentar la edad de jubilación hasta los 72 años, aunque probablemente no sea una propuesta muy popular. “Si preguntas al estadounidense medio a qué edad se quiere jubilar, la respuesta es ayer”, comentaba Siegel.

Las ganancias en la productividad por trabajador pueden ayudar a contrarrestar la reducción en el número de trabajadores por jubilado. Pero incluso si el crecimiento anual de la productividad alcanzase un 3,5% –en el largo plazo la media es del 2,2%-, tan sólo se podrían cubrir las necesidades adicionales de financiación de otro par de años, afirmaba Siegel, añadiendo además que un crecimiento sostenido del 3,5% es un escenario muy poco probable. A través de la inmigración se pueden conseguir más trabajadores, añadía, aunque serían necesarios cientos de millones de inmigrantes para resolver la divergencia entre trabajadores y jubilados que se producirá a lo largo de la próxima mitad del siglo XXI.

“Pero aún hay esperanza”, sostenía, afirmando que un crecimiento económico continuado en los países en desarrollo podría resolver el problema al proporcionar trabajadores jóvenes. “A lo largo de la historia, las personas mayores han vendido sus activos a los jóvenes. Hace algunos siglos esto se hacía en el seno de las familias o del clan. Ahora es entre países … Venderemos nuestros activos al mundo en desarrollo”.

A mediados de este siglo los países en desarrollo deberían representar el 75% del PIB mundial, porcentaje que en la actualidad tan sólo es del 25%. Entre los países con mayor crecimiento económico, la población de la India o de China será ocho veces superior a la de Estados Unidos. Esas poblaciones fabricarán los productos que Estados Unidos dejará de producir y consumirán los productos que Estados Unidos continúe fabricando. Estados Unidos –decía Siegel-, debería seguir disfrutando de ventajas comparativas en servicios sanitarios, educación, construcción de infraestructuras, servicios financieros e innovación tecnológica.

La creciente y sana población joven de los países en desarrollo estará deseando quitarles de las manos a la generación del baby boom sus activos, contribuyendo a invertir la tendencia a la baja de las cotizaciones, explicaba Siegel señalando que a largo plazo probablemente las acciones proporcionen rendimientos reales del 6%, un porcentaje ligeramente inferior a la media histórica.

Aunque el ratio precio-beneficios de las empresas S&P 500 es ahora cercano a 20 –mientras su media a largo plazo es de 15-, Siegel no cree que las acciones estén hoy en día sobrevaloradas. Algunos factores como una mayor liquidez de las acciones, cambios en la normativa fiscal o el “adiestramiento” del ciclo económico han logrado que las acciones tengan asociados menores riesgos, y que un ratio precios-beneficios de 20 se considere la norma. 

Si los beneficios corporativos son los esperados, dados los ratios precio-beneficios actuales el índice S&P 500 debería situarse entre 1000 y 1250 puntos. Ahora el índice está en 1100 puntos, y si al final del año alcanzase los 1250 supondría una ganancia del 12%. “Soy consciente de que existen grandes incertidumbres; siempre las hay en el mercado”, decía Siegel. “[Pero] no debemos preocuparnos por la cuestión del envejecimiento”.

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