Tú dices que el IASB y yo digo que el FASB…

Recientemente miembros del Financial Accounting Standards Board, FASB (Consejo de normas financieras) con sede en Estados Unidos y del International Accounting Standards Board, IASB (Consejo de normas internacionales de contabilidad) del Reino Unido se reunieron en la oficina del FASB en Connecticut con el fin de diseñar el plan de actuación para alcanzar un ambicioso objetivo: armonizar las normas de contabilidad estadounidenses y europeas para 2005. (Este año se corresponde también con la fecha límite para que todas las empresas de la Unión Europea que cotizan en Bolsa adopten las normas internacionales de contabilidad, conocidas como NIC, o bien NIIF según la nueva denominación). Al mismo tiempo, el FASB está sacando adelante un proyecto entre cuyos objetivos está “mejorar la calidad de la información suministrada por los informes financieros para que los inversores, acreedores, y demás interesados puedan evaluar adecuadamente los resultados financieros de las empresas”. ¿Qué es lo que está pasando? ¿Estará por fin la profesión contable encaminándose hacia la introducción de los tan necesitados cambios en la contabilidad, o todo seguirá rigiéndose bajo la misma batuta? Estas cuestiones se tratarán ampliamente el 18 de octubre en un congreso en Wharton bajo el título New American Rules for Business? Post-Scandal Directions for Policy and Governance (¿Nuevas normas para los negocios estadounidenses? Guía para las políticas y la gobernabilidad tras los escándalos financieros). El congreso, que será patrocinado conjuntamente por dos centros de investigación de Wharton –el Reginald H. Jones Center for Management Policy, Strategy, and Organization y el Financial Institutions Center– proporcionará un foro de discusión sobre las cuestiones críticas que las empresas tienen que resolver ahora como consecuencia de los muchos temas sobre políticas y gobernabilidad que los recientes escándalos financieros han puesto sobre la mesa.

Desde que se empezaron a destapar una larga lista de escándalos empresariales y quiebras que han contribuido a lograr pérdidas récord en la Bolsa, políticos y organismos reguladores han señalado con el dedo acusador -justa o injustamente- a los contables. Así, denuncian que los guardianes de los estados financieros fueron -cuando menos-, complacientes en los casos de fraude corporativo masivo de compañías como Enron y Worldcom. Ahora la propia independencia de la profesión está siendo cuestionada, tal y como demuestra la aprobación este verano de la legislación que crea un nuevo comité de cinco miembros que supervise y sancione a los contables. La ley obliga a la Securities and Exchange Commission, SEC (Comisión nacional del mercado de valores) a elegir a los miembros del comité antes del 28 de octubre.

Una de las sesiones del congreso del 18 de octubre explorará el papel de las normas de contabilidad y de auditoría y cómo pueden haberse visto afectadas tras el caso Enron. La sesión denominada What Rules, Who Enforces? Accounting Standards and Auditing Practice (¿Qué normas? ¿Quién hará que se cumplan? Normas contables y prácticas de auditoría) contará con el profesor de Contabilidad de Wharton David Larcker; James J. Leisenring, miembro del IASB y del comité “puente” para Estados Unidos; Gunther Gebhardt, profesor del departamento de contabilidad de la Johan Wolfgang Goethe – Universität Frankfurt am Main; y Robert G. Eccles, presidente de Advisory Capital Partners y miembro senior de PricewaterhouseCoopers.

“Dadas las recientes controversias sobre la profesión contable y auditora, es probable que prácticamente cualquier debate serio entre expertos en contabilidad genere nuevas ideas relevantes sobre cuál será la dirección a tomar en el futuro”, afirma Larcker. Una de las preocupaciones se refiere a las normas internacionales de contabilidad (NIC/NIIF), las cuales pueden variar respecto a los principios contables generalmente aceptados (GAAP) de Estados Unidos. “Las normas estadounidenses son más específicas y con vocación reguladora, mientras que los pronunciamientos del IASB tienden a ofrecer unos principios generales”, dice. “Aunque el FASB y el IASB -con sede en Londres- han intentado armonizar sus normas durante años, todavía sigue vigente el debate sobre el grado de integración entre normas que es realmente necesario”.

Un artículo de Christian Leuz, profesor de contabilidad en Wharton, trata esta cuestión y concluye que las normas internacionales de contabilidad y los principios contables generalmente aceptados son comparables en cuanto a su capacidad para proporcionar información. Sin embargo, Leuz señala que su investigación se limitó a una muestra de empresas que cotizan en el New Market alemán, donde las empresas deben elegir entre las normas internacionales de contabilidad y los principios contables generalmente aceptados a la hora de elaborar sus informes anuales. “A pesar de que centrarse en empresas del New Market sea una de las principales ventajas (del estudio), también es una limitación”, advierte Leuz. “La muestra seleccionada podría reducir la fiabilidad del cuestionario y los resultados no se pueden extrapolar a otras empresas y escenarios. Por último, se debería tener en cuenta que el artículo no aborda directamente asuntos de política a los que se enfrentan los organismos reguladores nacionales”.

En la actualidad hay diferencias significativas entre las normas internacionales de contabilidad y los principios contables generalmente aceptados, reconoce Leisenring del IASB. Así, señala que las empresas están incurriendo en costes significativos para cumplir en primer lugar con los requisitos contables de su país de origen, y después para conciliarlos con los principios contables generalmente aceptados con el fin de acceder al mercado estadounidense. “Pero son los inversores los que pagan el precio más alto al intentar comparar alternativas de inversión utilizando información financiera que no es comparable”, afirma Leisenring.

Gebhardt señala que cuando las empresas europeas cotizan en Estados Unidos pueden aplicar los principios contables generalmente aceptados o bien facilitar informes de conciliación de sus estados financieros que no proporcionan demasiada información. “Generar dicha información supone un coste”, dice. “Se puede dar un mejor uso a los recursos utilizados en estas operaciones. Además, también existe el coste que soportan los usuarios de los informes financieros”.

Gebhardt cree que las normas internacionales de contabilidad, que serán obligatorias en Europa y en otras partes del mundo a partir de 2005, constituirán un gran incentivo para que las empresas internacionales con sede en EE.UU. presionen para conseguir la convergencia entre los principios contables generalmente aceptados y las normas internacionales de contabilidad. “Tal petición también podría proceder de los inversores estadounidenses con carteras diversificadas internacionalmente”, señala. “Ojalá las diferencias entre los principios contables generalmente aceptados de Estados Unidos y las normas internacionales de contabilidad desaparezcan. El IASB y el FASB están cooperando estrechamente y han diseñado una agenda para la convergencia”.

La convergencia de Estados Unidos con las normas internacionales de contabilidad es tan sólo uno de los muchos cambios que se esperan en el ámbito de la contabilidad y la auditoría. Se esperan cambios -en opinión de Larcker- en el modelo de auditoría, el cual probablemente se alejará del estilo de pregunta “¿Cumplió la empresa las normas?”, para acercarse a valoraciones de carácter más global sobre cuales podrían ser los resultados futuros de la empresa. “La auditoría posiblemente evolucionará desde el actual estilo de “lista de control” hacia un modelo estratégico que también identificará fuentes de valor como la fidelidad de los clientes y la innovación”, explica Larcker. “Un enfoque como éste podría dar lugar a un compromiso más relevante”.

Otro tema que ha sido foco de muchas discusiones tiene que ver con la responsabilidad del auditor en cuanto a la precisión de los informes financieros auditados, un asunto que contribuyó la destrucción de Arthur Andersen, una de las cinco grandes firmas de auditoría. Sin embargo, Eccles señala que “las auditorías no están diseñadas para detectar fraudes empresariales. Esto podría hacerse, pero se trata de un proceso más caro y que requiere más tiempo”. Así, añade que las auditorías no son “una especie de sello que garantiza la salud del negocio. Dicho esto, sería deseable que las auditorías abarcaran una mayor variedad de aspectos que de hecho ofrecen una mejor descripción de la salud subyacente del negocio”. Eccles también señala que para lograr una mayor transparencia por parte de las empresas, y una opinión más extensa del auditor respecto de la información presentada, será necesario abordar temas de responsabilidades legales tanto para las empresas como para las auditoras.

En opinión de Gebhardt, los inversores y la SEC deberían estar interesados en información sobre los aspectos económicos de las transacciones y de los acontecimientos. “A menudo esto significa que la SEC necesita más información sobre flujos de caja, sobre el valor de mercado y sobre los cambios en el valor de mercado, datos que son la base para la toma de decisiones de la directiva y que están a su disposición”, dice Gebhardt. “Lo que se necesita es más contabilidad relevante y más coincidencia entre contabilidad interna y externa, aunque no con el mismo grado de detalle”.

Gebhardt señala que hoy en día es “muy cómodo para los auditores limitarse a decir que se han cumplido las normas. Pero las expectativas de los usuarios de los informes financieros incluyen algo más y los auditores deberían dar una respuesta a esas expectativas. La conformidad con las normas contables no debería ser una excusa aceptable en caso de que no se reflejen los aspectos económicos. La maraña de sociedades filiales de Enron es un claro ejemplo. Las actuales normas de contabilidad estadounidenses para retribuciones a los directivos o para los instrumentos financieros serían otras áreas en las tampoco se reflejan los aspectos económicos”.

Locker señala que los principios y las normas son importantes, pero igual de importante –o más- es la dureza con la que se hacen cumplir. “Es un tema básico de incentivos”, dice. “Cuando la gente tiene algo que ocultar suele manipular los números con ciertos propósitos, sin importarle las normas de contabilidad. Así, los organismos reguladores deben asegurarse de que esas normas se cumplan, de forma que se desincente (miedo a las sanciones) que la gente oculte o manipule la información”.

Por ejemplo, tomemos el caso de Tyco International, cuyos altos ejecutivos supuestamente robaron unos 600 millones de dólares en efectivo y en acciones de la empresa. Uno de los interrogantes del caso (el antiguo presidente y vicepresidente ejecutivo Dennis Kozlowski ha sido acusado de cargos de evasión de impuestos, hurto a gran escala, corrupción empresarial; falsificación de documentos y fraude con acciones) es si el consejo de administración de Tyco estaba al tanto de los excesivos paquetes de retribuciones que Kozlowski ordenó. Otro tema relevante es el propio grado de independencia del consejo.

Aún presentes en la mente de todo el mundo los muchos casos de supuestos abusos empresariales, los expertos que participaron en las sesiones del congreso en general coinciden en señalar que es necesario mejorar la transparencia de los informes financieros y reforzar el cumplimiento de las normas. Sin embargo, Eccles y otros autores señalan que esto tiene un precio. “Iniciativas como la ley Sarbanes-Oxley de 2002, la cual establece límites a la capacidad que tienen las firmas de auditoría de ofrecer servicios de consultoría a los clientes que a su vez auditan, reduce la elección de clientes, lo cual, unido al mayor grado de detalle de las auditorías, podrían conducir a un incremento de sus honorarios”, explica. “La desaparición de Andersen también puede contribuir a una subida de las tarifas. Pero quizás el asunto más importante es el futuro del sector. Si el Congreso y los medios de comunicación demonizan la profesión, los estudiantes pueden dejar de estudiar contabilidad, causando una sequía en la cantera de futuros profesionales”.

Algunos observadores se han preguntado si los escándalos -y la desaparición de Andersen-, se traducirán en más oportunidades para las auditoras de segunda fila a la hora de captar empresas de clase “A”, las cuales antes sólo habrían tenido en consideración a las cinco grandes firmas de auditoría. No obstante Gebhardt no cree que esto vaya a ocurrir. “Ahora mismo sólo las cuatro grandes tienen capacidad para atender a estos clientes globales y de gran tamaño, los cuales de hecho no serían correctamente atendidos por empresas auditoras más pequeñas y carentes de una red internacional”, explica. “Dudo que incluso aquellas empresas que no necesitan una firma auditora internacional se pasen a auditoras de menor tamaño, ya que el mercado sigue valorando la reputación de las cuatro grandes que quedan”. Sin embargo, mirando hacia el futuro, Gebhardt apunta que se pueden formar nuevas redes internacionales para retar la supremacía de las cuatro grandes.

Parece que nadie se libra de aparecer en la lista de empresas y altos ejecutivos involucrados en los recientes escándalos empresariales en Estados Unidos. La magnitud de los supuestos abusos, junto con el debilitamiento general de la economía, parece haber despertado la adormecida ética de los contables y la determinación de los reguladores.

Pero, ¿hasta qué punto es auténtico este compromiso de cambio? Robert E. Verrecchia, profesor de contabilidad de Wharton tiene sus dudas. “No estoy seguro del grado de sinceridad de los organismos reguladores, ya que estos deseos de cambio coinciden con una caída del valor de las acciones”, dice. “Si los precios de las acciones fuesen altos, me pregunto si alguien se preocuparía entonces por asuntos como la contabilización de las stock options (opciones sobre acciones) como un gasto. En ese caso posiblemente se hubieran limitado a hacer reformas superficiales”.

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