El impacto desigual de la globalización

En la conferencia con la que daba comienzo el Wharton Global Alumni Forum 2005 celebrado en Londres a principios del mes de junio, Stephane Garelli, profesor del International Institute for Management Development, y Paul Judge, presidente de la Royal Society of Arts, Manufacturers and Commerce, hablaron sobre el impacto de la globalización en el crecimiento económico y la prosperidad de diferentes regiones del mundo. Su conclusión: la globalización efectivamente ha cambiado las condiciones sociales y económicas, pero no siempre para mejor.

En su vertiginoso repaso a los mercados internacionales, Garelli señalaba que los negocios tienen dos funciones: gestionar la eficiencia, esto es, cuánto dinero se gana; y gestionar los cambios, es decir, cómo nos adaptamos al mundo que nos rodea. En estos momentos resulta imposible evitar dicha comunidad global, a pesar de que nuestra vida “posiblemente sería más fácil si el mundo dejase de manipular nuestra estrategia”. Pero como ese no es el caso, esto significa “mayores riesgos operativos y para el mercado que nunca, y altas probabilidades de que algo salga mal en alguna parte del mundo”.

La economía global está pasando por dificultades, explicaba. Europa ha experimentado un crecimiento del 1,4% en el primer trimestre, una tasa “no tan buena como se esperaba”, aunque el crecimiento del Reino Unido fue del 2,8%. Europa Central “está mejorando”: Polonia creció un 2,1% en el primer trimestre y Hungría y la República Checa un 3,8% y 4,3%, respectivamente, en el último trimestre.

En Latinoamérica, Venezuela “mostraba buenas cifras” –tasas de crecimiento del 7,9% en el primer trimestre-, gracias al precio del petróleo. “Argentina se está recuperando” (8,4% en el último trimestre) y el crecimiento de Brasil es algo decepcionante (2,9% el primer trimestre). “Las cifras en Asia son buenas”, con tasas de crecimiento del 6,2% en India, 5,1% en Tailandia o 9,4% en China para el último trimestre. En Estados Unidos, en 2003, se experimentó una “buena recuperación económica, y 2004 fue el año de la consolidación”. Concretamente, el crecimiento en el segundo, tercer y último trimestre de 2004 fue 4,8%, 3,9% y 3,9%. El crecimiento en el primer trimestre de 2005 fue 3,6%.

En la economía mundial hay dos variables clave: el déficit de la balanza comercial y el déficit presupuestario de Estados Unidos. El déficit comercial estadounidense ahora alcanza los 644.000 millones de dólares, esto es, el 5,5% de su PIB. “Lo que ha cambiado son las importaciones”, decía Garelli señalando que el 20% de los productos importados no son en realidad productos extranjeros; son de empresas estadounidenses que producen en terceros países y luego reenvían los productos a Estados Unidos, donde son vendidos en el mercado como marcas estadounidenses.

“El déficit presupuestario es más preocupante”, decía. Bajo la presidencia de Clinton, había un superávit presupuestario el 1,4%; bajo la presidencia de Bush hay un déficit presupuestario del 4%. Además, en estos momentos los bonos del Tesoro e institucionales en manos de holdings extranjeros superan en estos momentos los 1,6 billones de dólares, cifra que en 2002 tan sólo era 850.000 millones. “George Washington afirmaba que no había cosa más peligrosa que pedir prestado dinero. Gracias a Dios ya nadie piensa en George Washington”, ironizaba Garelli, que también es profesor en la Universidad de Lausanne. Garelli espera observar dos estrategias diferenciadas: un aumento gradual de los tipos de interés en Estados Unidos para atraer inversores, y una bajada paulatina de los tipos de interés para sustentar el crecimiento en Europa, donde la deuda corporativa también es significativa.

¿Realmente están tan mal las cosas? El mismo Garelli respondía con una cita de Mark Twain. Cuando se le preguntó sobre su opinión acerca de la música de Richard Wagner, Twain contestó: “No es tan mala como suena”. La economía, sugería Garelli, “tampoco está tan mal como parece … Como canta Madonna, we are living in a material world (vivimos en un mundo materialista)”. O en términos económicos, los que ganaron dinero el año pasado son lo que estaban en el negocio de las materias primas. “Los precios de las materias primas y mercancías están creciendo muchísimo … El precio del petróleo se ha disparado”, decía señalando que, en enero de 2004, el precio por tonelada del acero era 300 dólares, y en diciembre 590 dólares. El precio de un barril de petróleo superaba el mes pasado los 60 dólares, precio superior en un 58% al de hace un año.

“¿Por qué ha subido el precio de las materias primas? Debido al voraz apetito de China por materias primas y mercancías”. China consume el 31% del carbón mundial, 27% del acero, 19% del aluminio, 33% del pescado, 35% de los cigarrillos, 20% de los teléfonos móviles, 23% de las televisiones y 19% de los helados, pero sólo el 7,7% del petróleo mundial.

Los grandes

La otra noticia relevante para el año 2005, decía Garelli, es que “Rusia está despegando, con una tasa de crecimiento de 6% de 1999 a 2004 y tiene la mayor oferta de recursos naturales del mundo”. Japón, segunda economía del mundo, cuyo crecimiento en el primer trimestre fue del 1,2%, debería “volver a tener presencia entre los primeros”. En opinión de Garelli, “los grandes” serán Rusia ofreciendo las materias primas, Japón la tecnología, China la producción e India los servicios. “Se avecina un nuevo mundo”.

En este nuevo mundo, en los próximos diez años veremos como 700 millones de personas se incorporan al mercado de trabajo en países en desarrollo; para 2030 el 60% de la población mundial vivirá en áreas urbanas. Además, el mundo está envejeciendo. En 1950 en Francia había seis trabajadores por cada jubilado; en 2050 habrá dos trabajadores por jubilado. En Italia, el 62% de los trabajadores se retiran a los 55 años. En los países de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), una de cada tres personas tendrá más de 60 años en 2050.

La acción, predecía Garelli, estará en el Este, con bajos costes de producción; aumentará su poder adquisitivo, que a su vez provocará que países como India o China se conviertan en “proveedores de marcas”, un proceso que ya está en marcha. Por ejemplo, en India ya existen marcas conocidas como Infosys, Wipor, Reliance, Tata y TransWorks; en China están las marcas Haier, Konka, Lenovo, TCL y Skyworth.

¿Cuál ha influido este nuevo orden en los negocios? Una revolución en tres etapas, contestaba Garelli. En los 80 lo importante era trabajar mejor gracias a las reestructuraciones, con las que se conseguía una mayor eficiencia para los productos pero no grandes mejoras para los servicios. “En los 90 todo consistía en trabajar más barato haciendo subcontrataciones u outsourcing, con las que se lograba una mayor eficiencia en costes pero mayor complejidad. Y en 2000 lo importante era trabajar en cualquier otra parte del mundo, lo cual nos trajo el offshoring o externalización”.

La eficiencia en costes “es una buena noticia”, sugería Garelli. “La mala noticia es la complejidad. La cadena de valor en un mundo global es más fina pero más larga, ya que en la actualidad hay más socios que hace diez años”. El coste de añadir nuevos socios es que tenemos que gestionarlos. Más socios implican más operaciones secundarias”. Garelli recordaba una cita de Jeff Immelt, consejero delegado de General Electric, que recientemente afirmaba que “, en estos momentos, el 40% de la empresa es administración, finanzas y tareas secundarias. A lo largo de los próximos tres años quiero que se reduzca en un 75%”.

La consecuencia de todo esto es que “vivimos en un mundo donde hay más transacciones, mayor vulnerabilidad” y muchísima más complejidad. “Necesitamos simplificar las cosas”, decía Garelli recordando la cita de Albert Einstein. “Las cosas deberían hacerse del modo más sencillo posible, pero no más sencillas”. Por ejemplo, el impacto de la complejidad sobre los clientes puede ser muy profundo, incluyendo el riesgo de que las empresas empiecen a ser inaccesibles y a estar demasiado alejadas de los clientes debido a procesos cada vez más intrincados y, en última instancia, ineficientes. Tal y como le comentaba un trabajador a otro en unos dibujos animados: “el nuevo sistema automatizado de pedidos realmente ha acelerado nuestro negocio. Estamos perdiendo clientes más rápido que nunca”. La verdadera cuestión, decía Garelli, “es la gestión y los servicios relacionados con el producto, no el producto en sí mismo. De ahí procede el descontento de los clientes”.

Los clientes están empezando a formar parte de la cadena de valor, añadía Garelli. “En easyJet se hace la reserva del vuelo en Internet, se factura automáticamente y no te encuentras con un empleado de la empresa hasta que llegas al avión. Ikea ha subcontratado todo a los clientes, incluyendo el montaje”. Otras empresas con modelos empresariales similares son Dell, Amazon.com y eBay. En lugar de ser “empresas que lo hacen todo”, ahora nos encontramos con “clientes que lo hacen todo”, sugería Garelli.

¿Qué competencias y habilidades se necesitan para sobrevivir? “Tenemos que desafiar los convencionalismos”, señalaba. “Siempre se dice La gente es nuestro activo más valioso. Falso. Sólo algunas personas son valiosas. Siempre se dice Necesitamos gente competente. Falso. Necesitamos gente competitiva”. ¿Quién es esa gente competitiva? Aquellos con “determinación, energía y que toman decisiones”. Además, la gente “adecuada” luchará por conseguir objetivos, liderará el camino (incluso estando perdido), tendrá una mentalidad abierta, gestionará ambiciones y cambiará el mundo”.

Una oportunidad al comercio

En su intervención sobre los 250 años de globalización –el tema de la conferencia-, Paul Judge comparaba la Inglaterra de hace 250 años con la Inglaterra actual y el resto de países del mundo. En el siglo XVIII la economía inglesa se basaba en los bienes fabricados en pequeñas granjas; las tareas eran intensivas en trabajo, la productividad era baja y no existía maquinaria, así que no se necesitaba capital financiero. Cuando a principios del siglo XVIII daba comienzo la revolución agrícola –precursora de la revolución industrial-, la creciente mecanización implicó la necesidad de menos trabajadores en las granjas de tal modo que el desempleo rural aumentó. La gente que buscaba trabajo se fue a las ciudades. Las disparidades en riqueza y bienestar se acentuaron. Entre 1750 y 1774 cerca del 34% de los niños morían en su primer año de vida; otro 9% fallecía antes de llegar a los cuatro años y el 49,7% moría antes de los veinte.

Gracias a la globalización, hoy en día la gente de los países ricos disfruta de grandes ventajas, decía Judge, pero fuera de ese mundo desarrollado el panorama es menos alentador. “En el mundo en desarrollo se puede observar lo mismo que en la Inglaterra de 1750; no hay viviendas, ni condiciones sanitarias mínimas ni asistencia médica”.

Las personas con altos niveles de ingresos tan sólo representan el 16% de la población mundial; el resto son pobres, tal y como ocurría en Inglaterra en 1750, explicaba Judge mencionando cifras del Banco Mundial. El PIB per cápita de los países de renta alta es 27.000 dólares; en los países pobres es 3.700 dólares. El consumo per cápita de electricidad es 8.615 kilovatios-hora en países de renta alta versus 913 en países de renta baja. Se gastan 2.700 dólares por persona en servicios sanitarios versus 71 dólares en los países pobres. La falta de higiene y servicios médicos –dos mil millones de personas no tienen agua, 11 millones de niños mueren al año por enfermedades que tienen cura-, se agrava con los cambios culturales, situación que también se produjo en Londres a mediados del siglo XVIII.

¿Cómo se puede redistribuir la renta desde los países ricos hacia los pobres?, preguntaba Judge. La respuesta es “a través de la caridad, la ayuda y el comercio”. En lo que respecta a la caridad, explicaba Judge, la experiencia del Reino Unido en los últimos 250 años es que las cantidades de dinero que los ricos dan voluntariamente a los pobres suelen ser bajas. (En Estados Unidos la cifra total asciende a 15.000 millones de dólares; en el Reino Unido 1.000 millones de dólares). “Los proyectos individuales pueden funcionar, pero siempre tienen un efecto global limitado”. La ayuda supone el 1,8% de la renta mundial, esto es, 80.000 millones de dólares al año o 10-15 dólares por persona. Estados Unidos concede cerca de 19.000 millones de dólares en ayuda (0,16% de su PIB), Japón 8.850 millones (0,19% de su PIB), Francia 8.470 millones (0,42% de su PIB), el Reino Unido 7.830 millones (0,36% de su PIB), Alemania 7.490 millones (0,28% de su PIB), Holanda 4.230 millones (0,74% de su PIB), Suecia 2.700 millones (0,77% de su PIB), España 2.550 millones (0,26% de su PIB), Canadá 2.530 millones(0,26% de su PIB), e Italia 2.500 millones (0,15%).

El tercer medio a través del cuál se puede redistribuir la renta es el comercio, esto es, con “transacciones interfronterizas entre individuos u organizaciones guiadas por la mano invisible de Adam Smith”, explicaba Judge. “Los flujos comerciales son la respuesta para conseguir hacer algo significativo. Pero a menudo a los países en desarrollo no les damos demasiadas oportunidades comerciales. Occidente está pagando subvenciones de bastante cuantía a sus agricultores, comparativamente poco numerosos, lo cual presiona los precios mundiales a la baja. Occidente también aplica extensamente aranceles a la entrada de materias primas y productos manufacturados básicos, bienes que precisamente los países en desarrollo pueden exportar”.

Judge recordaba una cita de Oxfam: “Si África, Asia Oriental y del Sur, y Latinoamérica lograsen incrementar su participación en las exportaciones mundiales en un 1%, la renta en estos países aumentaría y 128 millones de personas saldrían de la pobreza. Tan sólo en África se generarían 70.000 millones de dólares, aproximadamente cinco veces la cantidad que dicho continente recibe en ayuda”.

En comercio, afirmaba Judge, “no juegan todos con las mismas reglas”. Pongamos por ejemplo los subsidios a la agricultura: los países ricos gastan 1.000 millones de dólares cada día en subvenciones a la agricultura, esto es, cerca de 350.000 millones de dólares al año. En Europa, en promedio cada vaca recibe 2 dólares al día en subvenciones. Mientras, 800 millones de personas viven con menos de un dólar al día. En lo que respecta a las barreras arancelarias, explicaba, “la importación de mercancías, textiles y otros bienes exportables soportan restricciones o aranceles. Estas barreras cuestan a los países en desarrollo unos 100.000 millones de dólares al año, más de lo que reciben en ayuda”.

El mundo, añadía Judge, ha avanzado mucho desde mediados del siglo XVIII, pero “los más beneficiados han sido Norteamérica y Europa. Los cinco millones de personas que viven en el resto del mundo aún están en una situación” similar a la de Londres en el siglo XVIII. “La mayor esperanza para la gente en países de renta baja y media sería que les permitiesen comerciar en condiciones justas”.

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