El multimillonario sector de las partes del cuerpo humano

Como culto presentador de la serie “Masterpiece Theater” de la cadena PBS, en Estados Unidos Alistair Cooke fue emblema de refinamiento y buen gusto. Desde su fallecimiento en 2004, desafortunadamente Cooke también es el emblema de un macabro y apenas conocido mercado en Estados Unidos: el turbio comercio de las partes del cuerpo humano. Ante la perplejidad y desconocimiento de su familia, los huesos de Cooke se cortaron antes de incinerar su cuerpo y se vendieron por 7.000 dólares a dos empresas que preparan tejidos humanos para ser trasplantados. El destino de Cooke fue morboso hasta llegar al extremo, pero lo que resulta aún más desconcertante es que esta situación no es nada inusual.

Las partes del cuerpo humano son un gran negocio en Estados Unidos. Tejidos, órganos, tendones, huesos, miembros, apéndices, manos, pies, torsos y cabezas extraídos de cuerpos sin vida constituyen la piedra angular del lucrativo e importante negocio del avance del conocimiento científico y la mejora de las técnicas médicas. Las partes del cuerpo constituyen un sector valorado en miles de millones de dólares, e intervienen tanto en las investigaciones punteras como en los procedimientos médicos rutinarios. Grandes corporaciones como Johnson & Johnson, Bristol-Myers Squibb y Medtronic emplean partes del cuerpo humano para poder desarrollar equipos médicos. Los investigadores dependen de ellas para perfeccionar las técnicas quirúrgicas e incluso crear cosméticos. Los médicos las utilizan para sustituir válvulas cardíacas, para tratar víctimas que sufren quemaduras, para reemplazar huesos, incluso para aumentar labios y eliminar arrugas.

Muy poca gente se detiene a pensar de dónde procede todo el material que sostiene este enorme sector. La periodista Annie Cheney es la excepción que confirma la regla. En el libro Body Brokers: Inside America’s Underground Trade in Human Remains (Brokers de los cuerpos: dentro del comercio clandestino de partes del cuerpo humano en Estados Unidos), Cheney desvela sus investigaciones sobre cómo se captan, procesan, comercializan y usan las diversas partes del cuerpo humano. Sus descubrimientos constituyen la complicada historia de un negocio que prospera y donde no hay predicciones; de una oferta limitada y una demanda interminable; de brokers sin escrúpulos y generosos donantes, científicos y médicos a los que explotan sin compasión; de violaciones indescriptibles de los cadáveres para que puedan producirse maravillosos avances científicos.

El gobierno regula la obtención de órganos y tejidos trasplantables, pero no regula las partes del cuerpo humano empleadas con fines educativos e investigadores. Según la ley de 1968 llamada Uniform Anatomical Gift Act es ilegal comprar y vender cadáveres, explica Cheney. Pero de acuerdo con esta misma ley, es legal recuperar los costes incurridos al obtener, transportar, almacenar y procesar los cadáveres. “Costes” es un término muy extenso y recurrente, señala Cheney. Puede significar todo aquello que los proveedores y brokers quieran que signifique.

En la práctica, esta laguna jurídica en la ley Uniform Anatomical Gift Act significa que los huesos, tejidos, órganos, articulaciones, miembros, cabezas e incluso todo el torso son bienes altamente comercializables en un mercado en que la demanda de los investigadores, especialistas en el desarrollo de productos y médicos supera con creces la oferta. Las cabezas de hecho se venden en la actualidad por más de 900 dólares, las piernas por cerca de 1.000 dólares, las manos, pies y brazos por varios cientos de dólares la unidad. Desprovisto de miembros y de vísceras, un cadáver humano puede generar cerca de 10.000 dólares en el mercado abierto. Para los “brokers de cuerpos” que suministran materiales a las corporaciones, centros de investigación, bancos de tejidos y otros clientes, la obtención de beneficios es su principal fin, la supervisión es inexistente y prolifera la corrupción.

Mutilación y malversación

Cheney identifica dos formas diferentes de actos ilícitos en el mercado de las partes del cuerpo humano.

La primera es el suministro ilegal y venta de partes procedentes de individuos que nunca dieron su consentimiento para ser donantes. Únicamente el 10% de los estados inspeccionan los crematorios u obligan a realizar certificaciones a sus trabajadores, señala Cheney mientras cuenta la historia del propietario de un crematorio en California que ganó cientos de miles de dólares desmembrando cadáveres que supuestamente tendrían que haberse quemado y vendiendo sus diferentes partes a la corporación que más pujase. Dicho propietario está ahora en la cárcel por haber mutilado restos humanos y por malversación. Los asistentes que ayudan a los patólogos con las autopsias y los que dirigen los depósitos de cadáveres también tienen una posición privilegiada para vender algunas partes cuando nadie mira, algo que han venido haciendo con demasiada frecuencia. También las funerarias.

La segunda forma de acto ilícito, más complicada, implica la comercialización de algunas partes del cuerpo de personas que habían decidido donarlos a la ciencia.

Los donantes y sus familias esperan que sus cuerpos acaben en laboratorios anatómicos de facultades de medicina, y contribuir así en la educación y formación de la siguiente generación de médicos. La mayoría de hecho siguen esta ruta. Pero no todos. Facultades de medicina a lo largo y ancho del país han estado implicadas en el tráfico clandestino de restos humanos, vendiendo cadáveres y partes de los mismos a brokers que luego revenden dichos “bienes” a compradores independientes. Durante el trayecto recorrido por los cadáveres, los suministradores, brokers y vendedores ganan mucho dinero. Sobra decir que las familias de los donantes no son informados de dichos beneficios ni se les invita a participar en ellos.

Estas dos clases de actos ilícitos simultáneos se convierten según Cheney en un problema de proporciones extraordinarias. Michael Mastromarino, antiguo consejero delegado de Biomedical Tissue Services, con sede en New Jersey, es un claro ejemplo. Cuando Cheney le entrevistó era el principal suministrador de tejidos de Regeneration Technologies -una empresa con sede en Florida que procesa tejidos y en 2003 facturaba 75 millones de dólares -, y líder en la sombra de un negocio de suministro ilegal de diferentes partes del cuerpo. Delante de las narices de la Federal Drug Administration (FDA), que había inspeccionado su empresa y sabía en qué consistía su negocio, Mastromarino estaba consiguiendo tejidos de manera ilegal, procesándolos de forma inadecuada y luego vendiéndolos obteniendo enormes beneficios. De hecho, tal y como revelaban el pasado invierno las investigaciones policiales, fue el propio Mastromarino el que pagó miles de dólares por los huesos de Alistair Cooke.

La ley Uniform Anatomical Gift Act de 1987 prohíbe la venta de tejidos para transplante, y la FDA prohíbe el trasplante de tejidos cancerígenos (el cáncer de pulmón que sufría Cooke ya se había trasladado a los huesos). Pero esto no hizo que Mastromarino se detuviese en su empeño, y declaró que el motivo del fallecimiento de Cooke había sido un ataque al corazón para así sortear una de las restricciones. La otra simplemente la ignoró. El tejido óseo de Cooke fue adquirido por las empresas Regeneration Technologies y Tutogen Medical -con sede en Nueva Jersey-, que lo procesaron para ser trasplantado.

En Estados Unidos la ciencia médica siempre ha tenido dificultades para conseguir suficientes cuerpos para la investigación y la educación. Desde finales del siglo XVIII, cuando la disección pasó a ser un componente esencial de la formación médica, la demanda de cadáveres ha sido siempre con creces superior a la oferta. Por aquél entonces la solución era saquear tumbas; los “emprendedores” podían obtener beneficios limpios desenterrando cadáveres recientes y suministrándolos en la oscuridad de la noche a médicos dispuestos a pagar maravillosamente por ellos.

Hoy en día no saqueamos tumbas, pero estamos quebrantando cadáveres; hemos sido incapaces de respetar los últimos deseos de los donantes, y estamos poniendo en peligro a los pacientes; todo ello porque no hemos mostrado interés alguno por saber lo que de verdad ocurre con los cuerpos de la gente después de su muerte, y porque hemos olvidado que la codicia conduce a que personas que están en el lugar adecuado exploten la muerte poniendo en peligro la vida. Cada año un millón de estadounidenses se someten a tratamientos que emplean tejidos o huesos extraídos de cadáveres. Un tejido contaminado puede dañar, infectar e incluso matar, y Cheney consigue documentar cómo este corrupto mundo de brokers de cuerpos está amenazando la salud de todo aquél que reciba dichos trasplantes.

Body Brokers es una buena lectura, pero también una llamada de advertencia a la que todo estadounidense debería prestar atención. El verdadero éxito del libro de Cheney no se cuantificará en el número de ejemplares vendidos -una cifra no obstante bastante elevada-, sino en los cambios que se introduzcan en las políticas para aquellos que tengan que tratar con restos humanos, para las empresas que procesan tejidos y partes del cuerpo para su venta, para los hospitales que negocian con estas empresas y para los médicos y dentistas que tratan a sus pacientes con productos fabricados con partes procedentes de cuerpos inertes.     

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