El sistema de cuotas textiles, ¿una moda pasajera?

Cuando el 1 de enero de 2005 expiró el sistema de cuotas a la importación de productos textiles, firmado hace diez años en el marco de los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio y aplicado por Estados Unidos y otros países industrializados, la entrada inmediata de textiles procedentes de China no se hizo esperar. En cuestión de meses, Estados Unidos y la Unión Europea respondían a tal invasión aplicando restricciones a las importaciones textiles procedentes de dicho país. Sin embargo, en opinión de algunos profesores de Wharton y ejecutivos del sector, con estas restricciones tan sólo se conseguirá ganar algo de tiempo, ya que el movimiento global a favor de la desaparición de las cuotas textiles es una realidad incuestionable.

A pesar de que algunos grandes fabricantes textiles estadounidenses y europeos son contrarios a la eliminación de las cuotas, la gran mayoría de fabricantes y minoristas producen la mayor parte de sus productos en terceros países y son partidarios de la desaparición de toda restricción a la importación. Este grupo preveía que el final del sistema de cuotas vigente en los últimos 30 años no iba a ser del todo tranquilo, y efectivamente fue anticipándose a su fin aplicando restricciones, conocidas como cláusulas de salvaguarda, permitidas bajo los acuerdos de la OMC. De hecho en este momento se espera la aprobación de más salvaguardas, explica William Cody, director gerente de Jay H. Baker Retailing Initiative de Wharton.

“Hay mucha incertidumbre”, señala Cody. “Los minoristas y fabricantes no saben cuáles serán las próximas salvaguardas, así que supongo que las próximas semanas las cosas se van a acelerar”, ya que los importadores se darán prisa para comprar todos los productos textiles de China que puedan antes de que entren en vigor las nuevas restricciones.

Según datos de comercio exterior de Estados Unidos, desde el 1 de enero hasta abril de este año las importaciones de pantalones y camisas de algodón procedentes de China aumentaron un 1.500% y 1.300%, respectivamente. Las exportaciones chinas de ropa y textiles con destino a Estados Unidos alcanzaban un valor total de 24.400 millones de dólares desde enero hasta mayo de este mismo año, una cifra un 17,2% superior para ese mismo periodo un año antes.

En mayo, Estados Unidos establecía nuevos límites cuantitativos a las importaciones para siete categorías de textiles, incluyendo camisetas, pantalones de algodón y ropa interior. Esta salvaguarda permite que las importaciones chinas aumenten en dichas categorías únicamente un 7,5% este año. Los fabricantes esperan que dicho límite se alcance a finales de este verano, y a partir de ese momento Estados Unidos no podrá importar más bienes procedentes de China este año, obligando a los importadores a buscar otras fuentes que posiblemente no produzcan bienes de la misma calidad o tan baratos como los productores chinos.

El nacimiento de la Supply-chain City

Las cuotas a la importación de textiles vigentes en Estados Unidos y otros países desarrollados se aprobaron para proteger a los productores domésticos de la oleada de bienes fabricados por nuevas economías productores emergentes como Hong Kong o Taiwán. Para muchos países la producción de bienes textiles es el primer paso en su desarrollo económico, ya que precisa una pequeña inversión de capital y genera beneficios gracias a la abundancia de trabajadores de escasa cualificación y bajos salarios. Como parte del acuerdo firmado en 1995, gracias al cual China pasaba a formar parte de la Organización Mundial de Comercio, los representantes estadounidenses y europeos acordaban poner fin al sistema de cuotas en 2005, pero también se reservaban el derecho a hacer uso de las salvaguardas que acababan de aprobar.

Rick Helfenbein, presidente para las operaciones en Estados Unidos de la empresa manufacturera Luen Thai, con sede en Hong Kong, que este otoño presentará un caso de estudio en gestión de proveedores en Wharton, afirma que su empresa estaba preparada para las salvaguardas, pero no obstante espera el fin de las cuotas textiles para China. “Cuando los burócratas de la OMC ponen en marcha todas estas normas, todo el mundo está nervioso. Estos burócratas querían que las salvaguardas ralentizasen el proceso”, dice. Durante 10 años estuvimos sobre aviso y “nadie debería en el fondo sorprenderse, pero obviamente hay ciertas facciones en Estados Unidos que creen que necesitan más tiempo para poder reaccionar. Las salvaguardas están ralentizando el proceso, pero no van a poner fin al mismo”.

Para prepararse para la desaparición de las cuotas, Luen Thai -entre cuyos clientes podríamos destacar Polo Ralph Lauren, Liz Claiborne, Dillard’s y Limited Brands-, ha creado un gran complejo textil en China, a una hora al norte de Hong Kong, conocido como Supply-chain City (Ciudad-cadena de suministros). Esta fábrica emplea más de 14.000 trabajadores.

Con las últimas restricciones, Helfenbein cree que Luen Thai diversificará su producción utilizando otras fábricas de la empresa localizadas en otras partes del mundo. Mientras, para los próximos años y hasta que las salvaguardas se extingan, ha adaptado su producción china para mercados de Japón y Europa. “Cuando estábamos construyendo la Supply-chain City como parte de nuestra estrategia, la intención era dirigirnos a Japón y Europa, y con el tiempo a Estados Unidos”, dice Helfenbein.

Bob Zane, vicepresidente senior de Liz Claiborne, afirma que China acabará fabricando el 50-80% de los productos textiles estadounidenses. A igualdad de precios, “China fabrica productos textiles de mucha mayor calidad que cualquier otro país”, dice Zane. “Así pues, es normal que cuando las cuotas con China desaparecieron la gente corriese para conseguir la mejor producción. Fue así como se produjo la enorme oleada de entrada de productos textiles, la cual a su vez provocó la aprobación de salvaguardas”.

Las empresas que adquieren productos textiles a nivel internacional están muy decepcionadas con las recientes limitaciones a la importación de productos procedentes de China, dice Zane, pero se están beneficiando del fin del sistema de cuotas que entraba en vigor el 1 de enero porque otros países de la OMC han rebajado sus precios para competir con China. “Cuando hablamos de fabricantes y proveedores en China, no podemos mirar tan sólo al presente o futuro inmediato”, dice Zane. “Debemos comprender que, cuando toda esta locura acabe, las cosas acabarán siendo como al final de la década. No habrá cuotas en China ni en cualquier otra parte del mundo, y los acuerdos vigentes beneficiarán a empresas como la nuestra que buscan el mejor producto”.

En opinión de Wesley Card, director operativo de Jones Apparel, otra empresa importadora de textiles, el precio es tan sólo uno de los factores decisivos. Las cuotas dificultan que una empresa que diseña colecciones decida dónde puede fabricar ciertas piezas debido al complicado sistema de cuotas, que limita la producción por país y tipo de producto. “En 2005 no apostamos mucho por China”, dice Card.

Sin embargo, para el futuro Jones quiere contratar proveedores de China y otros países que puedan proporcionar un conjunto de servicios que vayan más allá de simplemente cortar y coser. Los grandes diseñadores siempre estarán en Nueva York o Europa, afirma Card, pero muchas tareas relacionadas con el diseño probablemente acaben realizándose en terceros países. “Nos estamos centrando en fábricas con buena tecnología y capacidad para prestar esa clase de servicios en el mismo sitio donde tiene lugar la producción, con lo que se gana en eficiencia”.

Marshall Fisher, profesor de Gestión de las operaciones y la información de Wharton, explica que en los últimos años los fabricantes de textiles han fragmentado la producción de las diferentes piezas de ropa entre varias ubicaciones situadas alrededor del mundo, buscando los especialistas que pudiesen realizar cada una de las funciones del modo más eficiente. En el negocio textil se suele denominar “persecución de la aguja más barata”, dice Fisher. “Lo habitual en Asia era poder adquirir una camisa elaborada en seis países diferentes, donde cada país estaba especializado en una parte de la misma. Las empresas estaban orgullosas del proceso pero obviamente era muy complejo”.

En opinión de Fisher, Luen Thai representa un nuevo modelo de integración, no sólo en diseño y producción sino también en temas de embalaje y distribución directa a las tiendas. La producción integrada recortará costes y tiempo hasta llegar al mercado, algo que en el mercado de la moda es clave para conseguir rentabilidad. Por ejemplo, Fisher afirma que, al trabajar con socios fabricantes en Asia, ahora los diseñadores de Nueva York necesitan varias semanas hasta conseguir las primeras pruebas. Utilizando un sistema integrado, los diseñadores podrían reunirse en una fábrica totalmente integrada de Asia y volver a casa en cuestión de horas con pruebas finalizadas.

El profesor de Gestión de Wharton Marshall Meyer añade que la crisis sobre las cuotas textiles está teniendo lugar en medio de un ambiente hostil generado por otras tensiones políticas entre Estados Unidos y China. La economía china ya no crece al ritmo al que estaba acostumbrada y existe la posibilidad de que aumenten las tasas de desempleo. Millones de campesinos han dejado el ámbito rural para instalarse en suburbios urbanos y buscar trabajo en las fábricas, y a los líderes chinos les preocupa que un incremento significativo del desempleo pueda causar tensiones sociales.

Pérdida de un instrumento de Política Exterior

Durante las semanas previas a la aprobación de las salvaguardas, China intentaba aplacar los ánimos de los burócratas estadounidenses con una oferta que consistía en incrementar los impuestos que gravan sus exportaciones. En última instancia China retiraba dicha propuesta cuando Estados Unidos se mantuvo firme en su decisión de aprobar las cláusulas de salvaguarda. China conseguía evitar las salvaguardas de la Unión Europea comprometiéndose voluntariamente a limitar sus exportaciones textiles de determinadas categorías de bienes a cambio de poder incrementar dichos límites en un 10% durante el pasado año.

El profesor de Derecho de Wharton Phil Nichols sugiere que el conflicto concierne a más países que simplemente Estados Unidos y China. Los más perjudicados con la eliminación de las cuotas textiles no son los trabajadores estadounidenses del sector–que al menos se benefician de los menores precios de los productos textiles-, sino los de países como India, Pakistán, Turquía y Egipto. “El problema es que los que sufren los efectos negativos no son los que disfrutan de los beneficios”, dice Nichols. Los países antes mencionados “no tienen capacidad institucional para hacer frente a estos cambios, contrarrestar los perjuicios y redistribuir los beneficios”.

En el sur de Estados Unidos, donde aún siguen operando grandes empresas textiles, todavía se escuchan voces contrarias a la eliminación de las cuotas. Lloyd Wood, portavoz de American Manufacturing Trade Action Coalition (AMTAC), que representa a cerca de 150 fabricantes de ropa y textiles, sostiene que los fabricantes estadounidenses tan sólo esperan competir en igualdad de condiciones con sus rivales chinos. Wood sostiene que los fabricantes chinos se benefician de subvenciones del Gobierno –incluyendo menores tarifas de electricidad, tipo de cambio favorable y tolerancia ante préstamos bancarios que no se devuelven-, lo cual va en contra de los acuerdos de la OMC. Según datos de AMTAC, desde que en 1993 se firmaba el Tratado NAFTA o TLC (Tratado de Libre Comercio de Norteamérica), el número de trabajadores empleados en el sector textil y de ropa en Estados Unidos pasó de un millón y medio de trabajadores a 666.500, esto es, cayó un 57%.

Si estamos de acuerdo en que con la eliminación de las cuotas desaparece un instrumento efectivo de política exterior, no sólo a la hora de negociar con China sino con el resto de países del mundo –dice Wood-, y si además China consigue evadirse de responsabilidades por subvencionar sus exportaciones textiles a Estados Unidos, otros países podrían intentar hacer lo mismo en otros sectores. Wood pone como ejemplo los fabricantes de automóviles brasileños. “Si para China se facilita el acceso a los mercados, veremos como un país tras otro imita el modelo chino, que consiste en coger un producto y ofrecerlo a un precio inferior al de los demás hasta deshacerte de todos los competidores”.

Perdedores resentidos

Bajo las normas de la OMC, las salvaguardas textiles seguirán vigentes hasta 2008. Card y otros expertos no esperan que después de esta fecha Estados Unidos acuda de nuevo a otro plan para prolongar la vida del sistema de cuotas, ya que correría el riesgo de ofender a la OMC. “Realmente me sorprendería que Estados Unidos se volviese tan proteccionista”, dice Card. Por su parte Zane, de Liz Claiborne, afirma que las nuevas restricciones dañan la credibilidad de Estados Unidos como defensor del sistema de libre mercado. “Tan sólo muestra que somos unos perdedores resentidos. No creo que estemos dando una buena imagen”. Los fabricantes de ropa se quejan de que las cuotas añaden costes y complejidad a una producción que en última instancia van a pagar los consumidores. Zane estima que los costes totales adicionales se acercan al 15%.

En lo que respecta a los minoristas y sus clientes, cuando finalmente desaparezcan las cuotas para ellos el efecto será mínimo, dice el profesor de Marketing de Wharton Stephen Hoch, ya que otros países habrán bajado sus precios para competir con China. “No creo que los consumidores se den cuenta porque desde hace bastante tiempo la ropa ha sido y es muy barata”. Hoch señala que los importadores de ropa apenas tienen ventaja competitiva entre ellos, ya que todos recurren a los grandes fabricantes de China. La constante caída de los precios de la ropa –gracias a los cada vez menores costes de producción y la intensa competencia desatada entre minoristas como Wal-Mart- realmente complica que año tras año los minoristas mejoren sus cifras de venta. El reto para los minoristas es conseguir que los consumidores compren más ropa, dice Hoch.

En opinión de Cody, es muy probable que los minoristas sigan manteniendo esa línea de precios. “Para los minoristas es muy difícil mantener los precios. Si un consumidor está acostumbrado a pagar 29,99 dólares por un par de pantalones caquis, el minorista mantendrá ese precio y competirá en calidad. Lo último que necesita el sector de la ropa es una guerra de precios”. Cody señala el caso del minorista europeo H&M, que vende ropa de moda tan barata que puede considerase desechable. “La ropa no permanece mucho tiempo en el armario. La llevas una temporada y ya está, pero el precio es tan bajo que te brinda la oportunidad de comprar más”.

Es necesario que los minoristas que quieren emplear esta estrategia cambien su inventario con más frecuencia de lo habitual para fomentar la adquisición de grandes volúmenes, dice Cody. Los productos que se ofrecen en las tiendas de H&M y Zara, otro minorista europeo, se renuevan unas 12 a 20 veces al año, mientras los minoristas tradicionales tan sólo los renuevan 4 o 6 veces. Cody sugiere que esta tendencia hacia la ropa barata y desechable también se superpone en algún momento con el potente mercado de lujo. “Si tienes determinada cantidad de dinero, puedes comprarte una camiseta en Target, un bolso en Coach o unos zapatos en Neiman Marcus”.

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