Las dos caras de la propiedad intelectual en Brasil

Poco después de la cumbre de las Américas en Mar del Plata, Argentina, el pasado mes de octubre, Kenneth Adelman, ex embajador de Estados Unidos en las Naciones Unidas, escribió una crítica contundente del Gobierno brasileño en el Miami Herald. “Brasil es un miembro destacado del eje del mal de la propiedad intelectual”, escribió Adelman, utilizando intencionadamente la metáfora reservada generalmente a los parias globales como Corea del norte e Irán.  Según Adelman, Brasil es uno de los pocos países que “ha desatendido flagrantemente los derechos de propiedad intelectual”.

 

La controversia fue a parar por primera vez a la plana de los periódicos el pasado mes de marzo, cuando el Gobierno brasileño amenazó públicamente con romper las patentes de cuatro medicamentos antiretrovirales — Efavirenz de Merck, Lopinavir y Ritonavir de los laboratorios Abbott, y Tenofovir de Gilead — si las compañías internacionales que fabricaron esas drogas no acordaban permitir a Brasil producir equivalentes genéricos o comprar esos medicamentos patentados a precios de descuento [vea el artículo relacionado en esta sección].  Eventualmente, Brasil alcanzó un acuerdo con Abbott para bajar el coste de Lopinavir, también conocido como Kaletra, de 1,17 dólares a 63 centavos el comprimido, y conseguía así proteger la patente de la droga.  Bajo los términos de ese acuerdo, los fabricantes brasileños no pueden producir una versión genérica de la droga para su mercado interno.  A pesar de ese compromiso, Adelman escribió en octubre que la estrategia de Brasil no está diseñada, “para salvar vidas brasileñas, sino para estimular el negocio brasileño”.  Brasil, continúo, ahora es la décima economía del mundo, y esto se debe, en parte, a esta “captura ilegal” de la tecnología y la información de Estados Unidos.

 

El sector farmacéutico no es el único ámbito de la propiedad intelectual donde los Estados Unidos y Brasil han chocado recientemente.  El pasado mes de abril, el Gobierno de Estados Unidos dio un ultimátum a Brasil para que el país tomara medidas contra la extensa piratería de discos compactos, videos, software y otros productos protegidos por la propiedad intelectual o podría perder su estatus comercial como nación más favorecida. Los funcionarios de Estados Unidos se quejaron de que el país perdió cerca de 1.000 millones de dólares en ingresos en Brasil, en 2004, debido a las violaciones brasileñas de la protección de la propiedad intelectual.  Por su parte, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva declaró que pretende sustituir todos los ordenadores personales de las oficinas gubernamentales brasileñas con máquinas que utilicen la plataforma de código abierto Linux. Solo el año pasado, esta estrategia ha supuesto un ahorro para el Gobierno brasileño de cerca de 10 millones de dólares en licencias.  El Gobierno brasileño también distribuyó ordenadores personales equipados con el sistema operativo Linux a un millón brasileños de baja renta que no podrían comprar máquinas más caras con el sistema Windows.

 

¿Brasil tiene el derecho moral de distribuir medicamentos, software y otros productos de gran valor protegidos con patente a la gente pobre que no puede permitirse su compra, incluso si esa postura significa la violación de las obligaciones de PI de Brasil como miembro de la Organización Mundial del Comercio?  “La gran pregunta sobre propiedad intelectual es, ‘¿Se puede utilizar el mismo patrón para todos los casos?'” dice Heather Berry, profesora de Gestión de Wharton, especialista en investigación sobre estrategias de inversión globales de las grandes empresas.  “El asunto es, necesitas a alguien dispuesto a arriesgarse en invertir en I+D.  Pero si no les proporcionas ciertos derechos, no se animarán a investigar.  Cuando tienes gente muriendo, es duro escoger entre un lado u otro;  no queremos que la gente sufra, pero queremos que las empresas tengan incentivos para innovar”.

 

Aunque la postura del Gobierno brasileño contra la propiedad intelectual cuenta con la simpatía de los críticos de la globalización y de Estados Unidos, los expertos de propiedad intelectual argumentan que esta estrategia desincentiva a las empresas multinacionales a invertir en Brasil en segmentos que podrían explotar el extenso potencial de biodiversidad del país y el know-how del sector brasileño de la biociencia en franca ascensión.  Sin embargo, afortunadamente para Brasil, no todo el mundo ha estado siguiendo la línea adoptada por el Gobierno Federal, dice Michael Ryan, director del Centro de Economía Creativa e Innovadora de la Facultad de Derecho de George Washington.

 

Según Ryan, Brasil se ha estado moviendo en dos direcciones en la política de PI.  Aunque el Gobierno federal ha seguido una línea dura en público contra los derechos de PI, “se ha estado produciendo una tranquila y discreta revolución durante la última década”, dice Ryan, que ha estudiado la protección de la PI y cuestiones asociadas con la innovación en Brasil, Jordania y en otros lugares del mundo en desarrollo.  “Con el objetivo de aumentar la innovación tecnológica en el mercado y superar los problemas institucionales básicos, el sistema de innovación biomédico brasileño y su régimen de propiedad intelectual se ha reformado sustancialmente”.  La muestra más tangible de este progreso es Achéflan — una nueva medicina que fue desarrollada en Brasil y que contará con la completa protección de la ley de propiedad intelectual.

 

‘Maria-Milagrosa’

 

En junio de 2005, la compañía brasileña Aché anunció el lanzamiento de Achéflan, la primera droga antiinflamatoria basada en un compuesto químico único de una planta nativa conocida como ‘Maria-Milagrosa’. Se espera que la droga -en forma de crema – reciba la aprobación de la agencia brasileña responsable de supervisar la seguridad y eficacia de los medicamentos, y se ponga a la venta en farmacias de todo Brasil dentro de algunos meses.

 

El desarrollo de Achéflan recibió el fuerte apoyo de la Fundación de Investigación del Estado de São Paulo (FAPESP), que proporciona ayuda financiera para la comercialización de las nuevas tecnologías desarrolladas en el Estado, que es el motor económico de Brasil.  “Los programas de financiación de FAPESP ayudan a corregir los fallos del mercado brasileño de capitales, donde los problemas macroeconómicos hace mucho tiempo encarecieron los costes de capital, y donde el capital riesgo es escaso”, dice Ryan.

 

Con poco o ningún alarde público, las instituciones del Estado también han apoyado cada vez más a las empresas innovadoras de todo Brasil, poniendo de manifiesto la naturaleza descentralizadora del dinero y del poder en país.  “La política industrial es siempre de ámbito provincial, y hay mucho dinero a ese nivel”, dice Gerald A. McDermott, profesor de Gestión de Wharton, que estudia las estrategias utilizadas por los países emergentes para el desarrollo de nuevos productos y modernización de la industria.

 

Incluso a nivel federal, Brasil ha tomando medidas para fortalecer la protección de la PI.  En diciembre de 2004, el Gobierno Federal aprobó la ley Número. 10.973, que “introduce dispositivos legales sobre incentivos para la innovación, la investigación científica y tecnológica en el segmento de la producción”, dice Ryan, añadiendo que esta ley incentiva las sociedades público-privadas de I+D y permite la concesión de subsidios públicos para las iniciativas privadas de comercialización de la tecnología.  “Con esta ley, el legislativo y el ejecutivo trataron los principales obstáculos a la innovación tecnológica y su comercialización en Brasil”.

 

Un área particularmente prometedora en Brasil es el desarrollo de los productos bio-farmacéuticos que tienen a su disposición la extensa biodiversidad de la región amazónica.  Aunque, desde hace mucho tiempo se sabía el enorme potencial de desarrollo de la selva del Amazonas, la mayoría de los esfuerzos para desarrollar la región se han centrado en la extracción del petróleo y del gas natural, además de la minería, la tala de árboles y la actividad agrícola.  Irónicamente, la Amazonía posee “la mayor fuente del mundo de biodiversidad, pero su flora y fauna generalmente no han sido tenidas en cuenta por los líderes de opinión como recursos naturales que son capaces de proporcionar oportunidades de investigación y desarrollo en el área biomédicas”, dice Ryan.

 

Achéflan podría marcar un momento crucial en los esfuerzos brasileños para comercializar un medicamento con propiedad intelectual protegida basada en la riqueza de la Amazonía.  Hasta el surgimiento de Achéflan, otras drogas antiinflamatorias basadas en plantas disponibles en el mercado brasileño recurrían a plantas importadas, algunas, inclusive, de origen africano.  La planta utilizada en Achéflan ha sido utilizada tradicionalmente por los brasileños para hacer infusiones medicinales, a menudo vendidas en ferias.  “Achéflan ratifica la utilidad de las reformas políticas en el área tecnológica implementadas por el Gobierno brasileño”, dice Ryan.  “También demuestra que las sociedades público-privadas de I+D pueden proporcionar a los consumidores brasileños e internacionales nuevas y valiosas terapias”.  Los ensayos clínicos han demostrado que Achéflan es eficaz y seguro cuando se utiliza para tratar tendinitis crónica y dolores musculares persistentes.  Los estudios también han demostrado que Achéflan produce menos efectos secundarios que otros medicamentos.

 

Muchos biocientíficos creen que Brasil podría beneficiarse enormemente si el Gobierno se posicionase de forma inequívoca a favor de los derechos de propiedad intelectual.  El país ha avanzado mucho en la capacidad para la innovación en las biociencias, dice John Kilama, presidente del Instituto de Biociencia Global, de Delaware.  “En los últimos 15 años, las universidades brasileñas han mejorado su nivel de competencia.  Hay diversas investigaciones innovadoras en el desarrollo de las biociencias, incluyendo el segmento de la biotecnología, en universidades como la Universidad de São Paulo”.

 

A pesar de este progreso, “cuando se trata de PI, el sector privado brasileño cuenta con más puntos a favor que el Gobierno”, dice Kilama, que ha dado una serie de seminarios en la Universidad de São Paulo sobre cómo los brasileños pueden participar en la bioeconomía global.  “El sector privado tiene una conducta ejemplar respecto a la propiedad intelectual, y el Gobierno se preocupa sobre todo de descubrir medios que le garanticen un mayor acceso a los productos farmacéuticos y a de otras áreas”.  Más que centrarnos en las ventajas que suavizar la protección intelectual podría proporcionar a los pobres a corto plazo, Kilama urge al Gobierno brasileño a que considere el impacto positivo de una protección más fuerte de la PI podría proporcionar a toda la población del país a largo plazo.  “El problema no es la PI en sí misma; el problema es cómo conseguir que Brasil utilice su enorme sector privado, que es muy innovador, de modo que genere la riqueza que permita a los pobres el acceso a los medicamentos, en vez de asumir una postura de obstrucción de la competitividad de las empresas brasileñas”.

 

Mientras Brasil adopte una línea dura contra la PI en confrontaciones públicas de gran repercusión, dice Kilama, “desalentará la inversión en el país con consecuencias dolorosas para el sector privado.  En lugar de eso, Lula necesita explicar a la izquierda política que la mejor forma de atender sus propios intereses es incentivar a que aumente el pastel por medio de las nuevas tecnologías, que gozan de PI, en lugar de intentar tomar una parte más grande del pastel actualmente disponible.  Las buenas noticias son que los brasileños tienen la capacidad tecnológica para ampliar el pastel”.

 

Mauro Guillén, profesor de Gestión Internacional de Wharton, ve cierto espacio para un posible compromiso con la política de Estados Unidos.  “Los EEUU tienen razón en decir que proteger la propiedad intelectual es muy importante, y se está robando si se utiliza sin proporcionar ninguna remuneración a cambio”, señala.  “Pero el Gobierno de EEUU quizá podría ser un poco más pragmático… A fin de cuentas, si las empresas de otros países utilizan su tecnología, te conviertes en el patrón de la industria.  Tal vez, lo mejor sería colaborar con ellos, y ver cuánto estarían dispuestos a pagar por el uso de la tecnología americana”.

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