“Necesitamos una nueva generación para cambiar el mundo”

James D. Wolfensohn no tiene escrúpulos a la hora de adquirir nuevas habilidades a partir de determinadas edades. Siendo ya un cuarentón, y además presidente del Carnegie Hall de Nueva York, empezó a aficionarse al violonchelo -ese a menudo olvidado instrumento que se podría situar entre el violín y el bajo-, y se convirtió en prácticamente un virtuoso.

Cuando ya superaba los sesenta años, Wolfensohn se enfrentó al reto de ocupar el puesto de presidente del Banco Mundial. Al igual que cuando se toca el violonchelo, a menudo el asiento del Banco es incómodo, ya que en su misión de apoyo a los países en desarrollo suele al mismo tiempo recibir golpes que proceden de todos los frentes, tanto de la derecha como de la izquierda.

Wolfensohn aún toca el violonchelo es su tiempo libre, pero en los últimos ocho años ha viajado por todo el mundo con la esperanza de lograr disminuir la pobreza de los países en desarrollo e intentando complacer a sus detractores, situados en ambos extremos del espectro político. “Soy consciente de mi propia incapacidad para evaluar el impacto de lo que está ocurriendo en estos momentos en el entorno multinacional”, decía Wolfensohn en la conferencia que ofreció en el Annenberg Center de la Universidad de Pennsylvania durante la celebración del foro 2003 Granoff Forum on International Development and the Global Economy. “Pero las cosas siguen siendo ahora como eran antes del conflicto. La pobreza es un tema preocupante haya conflicto o no. Hay conflictos en Cachemira, guerras en África, tensiones en múltiples lugares del mundo y todo sigue la normalidad”, explicaba. “Pero nuestra preocupación en el Banco Mundial es qué pasará con nuestro planeta en los próximos 25 o 50 años”.

Cuando Wolfensohn tomó posesión de su puesto en el Banco Mundial en 1995, se veía a sí mismo como un sucesor espiritual de su antiguo presidente, Robert McNamara, el cual según los críticos había utilizado el poder de concesión de préstamos del Banco Mundial para mitigar su sentimiento de culpabilidad por sus promociones durante la guerra de Vietman mientras era Secretario de Defensa. La opinión de Wolfensohn sobre McNamara era, no obstante, menos cínica; creía que McNamara había conseguido que los países desarrollados se fijasen en la terrible pobreza del mundo en desarrollo y en su difícil situación cultural.

En los años de intervención –básicamente a finales de los 80 y durante los noventa-, el Banco Mundial solía conceder préstamos para infraestructuras, para proyectos de construcción y carreteras donde los resultados fuesen tangibles. Wolfensohn ha presionado para que los objetivos de la organización sean más de largo plazo –proyectos sanitarios, agrarios y de educación-, los cuales, a pesar de que sus resultados son más difíciles de cuantificar que en el caso de una carretera de A a B, en su opinión tienen una mayor capacidad para reducir la pobreza en el largo plazo.

Esto ha provocado que Wolfensohn tenga que soportar críticas procedentes de la derecha. El ataque más duro fue un artículo de Stephen Fiedler publicado en Foreign Policy a finales de 2001. Fiedler sostenía que las inocentes iniciativas de Wolfesohn -como el respeto medioambiental, las campañas anticorrupción o las iniciativas sobre libertad de opinión- no tenían ningún sentido en países en desarrollo, y que el Banco Mundial debería seguir construyendo presas y carreteras o bien desaparecer. El antiguo secretario del Tesoro Paul O´Neill afirmaba que los créditos del Banco Mundial en realidad dañaban a los países en desarrollo al restringir su libertad e impedir la elección de otras opciones disponibles en el libre mercado. Incluso personas que trabajan en el Banco Mundial, como William Easterly, creían que el Banco debería considerar el convertirse en simplemente un órgano de consulta y asesoramiento, señalando que toda la ayuda prestada en el África sub-sahariana no ha logrado incrementar la renta per cápita desde 1980.

Por otro lado y por contradictorio que parezca, la izquierda acusa al Banco Mundial de obligar a sociedades que aún no están preparadas a adoptar el capitalismo y a firmar acuerdos con multinacionales para que se instalen en estos países, utilicen sus recursos y obtengan beneficios a costa de los pobres.

Sin embargo, Wolfensohn no parece estar defendiendo las acciones emprendidas por el Banco Mundial durante sus ocho años de mandato. Así, subraya la necesidad moral y práctica que tienen los países desarrollados de hacer desaparecer la pobreza del tercer mundo. “Tres mil millones de personas viven con menos de dos dólares al día, mil millones no tienen acceso a agua limpia. Si se analiza el acceso a servicios sanitarios, educación o lo que sea, se ve que se encuentran en una situación muy desfavorable”, decía Wolfensohn durante su intervención.

“Estados Unidos posee cerca de 10 billones de dólares de los 31 billones de dólares de la renta mundial, mientras que su población tan sólo supone el 4%. El 50% de la población tan sólo tiene el 7% del PIB mundial”, explicaba. “A medida que nos movemos por el mundo, la escala relativa de las peticiones cambia. Es necesario modificar las prioridades y preferencias”.

A Wolfensohn le gusta decir a sus detractores, cualquiera que sea su ideología, que ya no viven separados por un gran muro. Así, alude a su niñez en Australia –ahora tiene la nacionalidad estadounidense-, donde surgió su interés por ayudar a los países pobres cercanos del sureste asiático. “La gente decía Oh! Qué bien lo que está haciendo Jim, pero un día volverá y será banquero de inversión, abogado o médico. Si consigue tener éxito viajará a Londres, París o Nueva York. La acción no se encuentra en Nueva Delhi o Yakarta o Johannesburgo”.

“Pero si alguna vez dicho muro existió, los acontecimientos del 11 de septiembre lo han derribado”, afirmaba Wolfensohn. “La gente estaba preocupada por la globalización; bueno, está presente entre nosotros de múltiples formas. No sólo nos une el dinero, sino los temas medioambientales, el comercio, el crimen, la emigración, la sanidad, las comunicaciones. Estamos interrelacionados a través de un montón de cosas, incluso del miedo. Debemos cambiar nuestras creencias”.

Wolfensohn mostraba un montón de estadísticas siniestras. Por ejemplo, cinco de los seis mil millones de personas del mundo se encuentran en países en desarrollo, y dada la proporción de jóvenes existente en estos países, dentro de 20 años las estimaciones indican que en el mundo siete de los ocho millones de personas estarán localizadas allí. “Los países ricos ignoran el riesgo al que están expuestos”, decía. Es más, la ignorancia del público en general es enorme. Las encuestas muestran que la gente cree que en Estados Unidos el estado gasta entre el 10 y el 15% de su presupuesto en ayuda al exterior. “Pero se trata del 0,10%, no del 1,0%. Simplemente no es suficiente”, afirmaba. Más estadísticas: la ayuda total que los países desarrollados prestan a los países en desarrollo alcanza los 52.000 millones de dólares, mientras que los presupuestos para defensa suponen 900.000 millones de dólares. En Japón en promedio cada vaca reciba un subsidio de 7,5 dólares diarios, mientras que la mitad de la población mundial vive con menos de dos dólares al día.

El Banco Mundial concede créditos por valor de 20.000 millones de dólares a más de 180 países cada año, cifra que Wolfensohn considera una bagatela mientras sus detractores la consideran una pérdida de recursos. En la mayoría de los casos de todas formas los préstamos no llegan a devolverse –dicen-, así pues, ¿por qué no conceder simplemente ayudas o dejar todo en manos del sector privado? No obstante, el Banco Mundial presiona a los países desarrollados para que incrementen sus contribuciones. Wolfensohn afirma que la administración Bush le prometió aumentar su ayuda (en la actualidad 10.000 millones de dólares) el próximo año hasta alcanzar los 15.000 millones, y que la Unión Europea añadiría otros 7.000 millones de dólares a este concepto para 2006.

“Pero si tenemos que conseguir objetivos mínimos, es necesario disponer de más fondos, al menos 50.000 millones de dólares; mejor aún, 60.000 o 70.000 millones”, sugería. “Si consideramos las necesidades en materia de sanidad, educación, o la lucha contra el SIDA, nos encontramos con que es muy difícil incrementar los fondos dedicados a estas partidas”.

Además de las cuestiones monetarias, el deseo de Wolfensohn es que los países desarrollados entiendan los aspectos prácticos de estos temas de financiación. A pesar de que los líderes mundiales efectivamente reconocen que no habrá paz mundial “hasta que no luchemos contra la pobreza” –decía-, “encuentro que la retórica va muy por delante de la acción. Es necesario comprender que lo que ocurra en este mundo globalizado tarde o temprano va a acabar afectándote”.

Wolfensohn disfruta con su vida profesional tan variada. Cuando trabajaba para la banca de inversión en Salomón Smith Barney, fue una pieza clave a la hora de diseñar la tabla de salvación de Chrysler para salir de la suspensión de pagos. Mas tarde creó su propia entidad inversora y dedico parte de sus esfuerzos a la promoción de las artes, ocupando durante 11 años el puesto de presidente del Carnegie Hall, supervisando la reconstrucción del edificio, y después fue durante cinco años presidente del Kennedy Center de Washington antes de aceptar su puesto en el Banco Mundial.

Cuando empezaba su vida adulta –confesaba Wolfensohn-, nunca hubiese soñado con ser una personalidad. Sus días de manifestaciones le dan la capacidad de comprender a los anti-globalización que en sus múltiples viajes echan pestes contra él. Así, contaba como en su juventud él mismo luchaba para que en Australia las instituciones tuviesen una mayor conciencia social, y espera que aún lo esté haciendo desde su actual puesto. Puede que incluso haga un quiebro para despistar a la vieja guardia y lograr sus objetivos, añadía.

“Necesitamos que una nueva generación tome las riendas y se enfrente a los desequilibrios con la convicción de que logrará cambiar el mundo y conseguir su protección medioambiental”, decía. “Pronto tendremos un planeta con nueve mil millones de habitantes y debemos empezar a prepararlo desde ahora. Es un tema que habitualmente no aparece en las noticias, pero es algo a lo que inevitablemente nadie va a poder permanecer ajeno”.

Cómo citar a Universia Knowledge@Wharton

Close


Para uso personal:

Por favor, utilice las siguientes citas para las referencias de uso personal:

MLA

"“Necesitamos una nueva generación para cambiar el mundo”." Universia Knowledge@Wharton. The Wharton School, University of Pennsylvania, [16 julio, 2003]. Web. [13 August, 2020] <https://www.knowledgeatwharton.com.es/article/necesitamos-una-nueva-generacion-para-cambiar-el-mundo/>

APA

“Necesitamos una nueva generación para cambiar el mundo”. Universia Knowledge@Wharton (2003, julio 16). Retrieved from https://www.knowledgeatwharton.com.es/article/necesitamos-una-nueva-generacion-para-cambiar-el-mundo/

Chicago

"“Necesitamos una nueva generación para cambiar el mundo”" Universia Knowledge@Wharton, [julio 16, 2003].
Accessed [August 13, 2020]. [https://www.knowledgeatwharton.com.es/article/necesitamos-una-nueva-generacion-para-cambiar-el-mundo/]


Para fines educativos/empresariales, utilice:

Por favor, póngase en contacto con nosotros para utilizar con otros propósitos artículos, podcast o videos a través de nuestro formulario de contacto para licencia de uso de contenido .

 

Join The Discussion

No Comments So Far